(Estudio sobre la obra narrativa de Cintio Vitier)
Tercera parte y final
Francisco López Sacha
La nota profunda trae a la superficie el oscuro misterio de la sangre, el conocimiento de tantos años acumulado en ambos por el amor filial que ahora puede verificarse en la sorpresa, en la absoluta imantación de un hecho. La otra acera, como ha descubierto el narrador, es el fin de un camino y el comienzo de otro, el encuentro definitivo con algo que nos sobrepasa y que está en la raíz de la existencia, en su humilde felicidad y su dolor. El autor ha logrado resumir en muy pocas páginas un tema que da cohesión a estos cuentos soñados, la idea de un camino seguro cuando se tiene a los dioses tutelares como protección, cuando el hogar se prolonga en la vida, en el sentido de la lumbre y del fuego. “El turco sentado” da cabida a ese sentimiento en la amistad al incluir en un inmenso collage una serie de variaciones narradas o escenificadas por los miembros de esa tertulia: los amigos Fina García Marruz, Julián Orbón, Agustín Pi, Octavio Smith, Eliseo Diego, Guillermo Sánchez Pérez, Bella García Marruz y Cintio Vitier. El ensamble va de un sueño de Cintio, que ocurre en un extraño pabellón de su casa, a su continuidad final, en la que ya están incluidos todos los motivos, incluso el conflicto e introito del cuento, el desafío de “El turco sentado” a Espuela de plata, que es el tema central. La amistad es el centro irresistible al que confluyen esos fragmentos a su imán. La proeza del relato está en darle coherencia y sentido a todos los géneros de la escritura (testimonio, poesía, relato, semblanza, viñeta, ensayo, drama, novela, epístola, almanaque, coloquio y discurso) unidos entre sí por ese raro contrapunto de un sueño.
En efecto, “El turco sentado” aparece como un divertimento, como ese juego de actores cantado o recitado que cubre el entreacto de una pieza mayor, es decir, un pasaje risueño entre dos actos, la discusión interna de Espuela de plata en 1941 y la respuesta de “El turco sentado”, un tiempo después. A su vez, este será el preámbulo de la fundación de Orígenes, en 1944, donde estarán todos.
En este juego, el ejercicio de la escritura pasa de un miembro a otro de la tertulia sin ningún ligamento causal y desemboca, por acumulación, en el final del sueño de Cintio Vitier. La tensión no está en los fragmentos escogidos o “seleccionados por el azar”, sino fuera del cuento, en los epígrafes que marcan el nacimiento de la tertulia y el editorial de la revista, firmado por Lezama. Este contraste entre el conflicto y la materia del cuento genera una gran libertad de movimiento interior, una especie de ondulación en interruptus que pasa por encima o a través de los géneros para destacar la posición de “El turco sentado” ante las normas, las falsedades y los criterios dogmáticos de la literatura.
Para el grupo que se reúne en los altos de Neptuno 308, en La Habana, la literatura es la libertad de elección, la gravedad que emerge de un tema o su infinita variación hacia lo alígero, lo inefable o lo desconocido, lo que puede ser trágico si el pathos lo demanda, o humorístico, lírico, fantástico. Literatura es sinónimo de libertad y, en su ejercicio, admite la total confluencia de estilos, opiniones, técnicas, greguerías, a la manera de una ópera bufa. Aunque el diseño del relato es todavía más audaz, su materia se mueve en un juego tonal entre la gravedad de ciertos pasajes y la absoluta levedad de otros. La ironía y el sarcasmo, por ejemplo, alcanzan el nivel de la parodia en el texto de Agustín Pi, en su hilarante versión del grupo literario de Jorge Luis Borges, quien ejerce allí una solemne y estirada vocación de juez supremo como si la literatura no fuera también ese espíritu juglar, travieso, que rinde culto al juego sin olvidar la intensidad de espíritu. Sin embargo, la broma deja espacio a lo largo del cuento al elemento de rigor, a esas evocaciones poéticas en personajes como Antonio Zizkay, Rainer María Rilke o los extraños músicos. El juego revela lo profundo antes y después de burlarse de los mandarines literarios de la calle Florida en Buenos Aires o de esos poetas retóricos que tartajean el agradecimiento. “El turco sentado” arremete contra todo intento de dogma y, afable, amigablemente, con la risa de la poesía, llega al último párrafo en la salita encendida de los altos de Neptuno 308, riendo por el número de Espuela de plata que ha salido sin ellos más “nítido y fragante”.
Música, poesía, humor, juego teatral, representan el rotundo rechazo del grupo al intento fallido de una dictadura literaria o, dicho de otro modo, de una imposición normativa. Al revisar en el tiempo este conflicto, Vitier construye otro cuento soñado con el mismo criterio de unidad y fortaleza de espíritu de sus evocaciones anteriores.

Después de “El turco sentado”, el libro no busca el sueño, sino la certidumbre. Ahora el placer de contar está delimitado por el suceso. Vitier elige una estructura más convencional, sin que intervengan en ella los meandros de la imaginación. Aquí el cuento se limita al contacto, al encuentro o la cita. Su argumento se ciñe a este recurso y reduce el espacio de la acción. El cuento es una cápsula en la que cabe un problema y a lo sumo dos personajes. La sostenida variación anecdótica es sustituida por una línea parca, escueta, y la abundancia de observaciones y descripciones del narrador por el diálogo. En “Historia de milicias”, salvo el breve paréntesis de la anagnórisis, la conversación lo es todo. Y dentro de la conversación, las confesiones. Lo que un personaje dice a otro, en el banco de un parque, o lo que un personaje dice al oído de un confesor en “La cita” es el magma de la historia y el cráter del cuento. El conflicto revelado así, por otra parte, adquiere una notoriedad manifiesta, deja de ser un enigma a descifrar para convertirse en una urgencia, como lo es para el autor la obsesión de trenzar, vertebrar e integrar la fe cristiana en la verdad revolucionaria.
Este es un tema constante de su novelística y ocupa un lugar cenital en su poesía. La fe en el mejoramiento humano, en la acción y en los cambios sociales, pero también la fe en el espíritu, en la posible redención de la especie, en ese otro sueño de hermandad, integridad y amor. Esas dos maneras de entender y participar del mundo parecen en estos relatos como nexo causal de ambas historias, aun cuando el tema específico de cada cuento las reduzca a una situación límite, en un caso, o a una decisión de conciencia en otro. Sin embargo, los cuentos muestran, en el envés de sus líneas de argumento, el trasunto de algo más valedero y trascendente aún; el destino de cada personaje arrebatado por esa dualidad, el destino en “Historia de milicias” torcido de pronto por un acto de fe, el nacimiento de un amor distinto a la revolución por su obra de regeneración moral, que culmina, no obstante, en un estado de crisis; y en “La cita”, el destino en conflicto con la Iglesia católica, intermediaria allí de una vocación espiritual más profunda, que es, en el fondo la misma que anima a la revolución, la entrega sin límites a la verdadera cáritas que está más allá de cualquier símbolo o tarea política, y que entra como un soplo en el relato a la manera de ese viento paráclito que sorprendió a los apóstoles en el desierto.
La maestría de Cintio Vitier se revela ahora en su escueta precisión. “Historia de milicias” la demuestra con un cuento dentro del cuento, un relato inicial que ubica la experiencia en el “ritmo seguro, compacto, unánime” de un batallón, donde el narrador descubre e identifica a un viejo miliciano como alguien que comparte con él “la paz de Cristo”. El batallón se dispersa y ambos, en el retorno a casa, se sientan en un parque a conversar. Ahora comienza la historia intercalada. El narrador que escucha le deja espacio al narrador que se confiesa, y la historia, contada así, se despoja de todo artificio.
Ese hombre ya viejo, que ocupa el foco de interés, se ha hecho miliciano como ofrenda a esa vida distinta que ha visto nacer en la mujer que ama, rescatada por la revolución de un pasado oprobioso. Acaso sin saberlo, ha sido el agente del cambio, la ha convertido en bibliotecaria, referencista, estudiante de Informática en la universidad, pero ese acto tan generoso abre una brecha peligrosa en su vida, por donde penetra el eros del amor. A partir de entonces, estalla la crisis. Los celos de su mujer lo llevan a la locura y el sentimiento de culpa se apodera del personaje, que no puede discernir dónde está su hamartia, si en el ejercicio de su deber cristiano o en su silencio. Cintio Vitier culmina la historia para demostrar que, aún sin solución, ese minúsculo héroe anónimo ha logrado la hazaña de sostener e integrar ese conflicto a un amor más profundo y ser uno más en las filas del batallón de milicias. El cuento se abre y se cierra en el mismo punto.
De manera todavía más sucinta, el narrador cuenta en “La cita” un episodio de pocos minutos de duración, a través del cual dos personajes se cruzan al entrar y salir de una iglesia. Las confesiones de ambos se intercalan en el relato y el minuto final produce un destello, la unión de dos seres en apariencia opuestos, pero animados por un mismo fervor. Las exigencias de uno y otro sólo encuentran respuesta en ese soplo que viene de afuera, de la revolución, y del espíritu, de la pureza de voluntad, como la que anima a la novicia sor Carmen, aparición sorpresiva en el cuento, que debe recordarle a la protagonista una decisión impostergable. El cambio de actitud obedece a ese sueño. La protagonista ha concluido su misión, deja de fingir y entra en la iglesia, al tiempo que el joven sale de ella, persuadido también de que su vida está determinada por una vocación similar. Más allá de la distancia crítica o de su cercanía espiritual con la Iglesia católica, el motivo de ambos es uno y el mismo.

Cuentos soñados (1988) cristaliza en sus breves narraciones lo que ya las novelas habían anunciado: la posibilidad de unir todos los géneros bajo la tutela de la memoria y hacerlos vibrar con la tonalidad, la intensidad y el valor de la nota profunda. Los seis cuentos de este curioso libro tienen la suficiente autonomía como para ser piezas sueltas, independientes y conclusivas, y el suficiente engarce como para considerar que todas juntas conceden un sentido mayor a la colección, la capacidad de un juicio que abarca la experiencia personal y la proyecta en una misteriosa, atractiva e intensa visión del mundo. En este punto, el libro constituye un cierre magnifico de esta idea de integración estética y abre un camino inusual dentro de la cuentística cubana.
Pero queda la música
Ya está Cintio Vitier, rodeado de libros, con su pelo completamente blanco, peinado al estilo de Hugo del Carril, que tanto se le parecía, en su viejo balance de madera, a solas, fumándose un tabaco. Ya está, despejado y risueño, en la íntima alegría de su casa, mientras suelta el humo azulado y gris, y medita en su obra, en ese enorme laboratorio de sus cuentos, y cierra los ojos, y ve a sus personajes en el sueño. Él, que lo ha creado todo, se mece levemente y levanta la mano y quiere decir algo que ahora es sólo música y no puede expresarse en palabras, sino en el gesto definitivo de su mano con el que dirige, una vez más, la hermosa sinfonía de su vida.
Francisco López Sacha (Manzanillo, Cuba, 1950). Catedrático y escritor. Sus numerosas obras publicadas y premiadas abarcan los géneros de cuento, ensayo y novela, entre las que destacan Variaciones al arte de la fuga, Descubrimiento del azul y Dorado mundo.
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