Por Pedro Flota Alcocer

 

Hoy despedimos a Rubén Vizcaíno Aguilar, otra muerte inesperada en medio de la tragedia que nos rodea y esta más dolorosa porque se va alguien que con sus luces nos hacía más claro el camino.

Conocí a Rubén Vizcaíno como corresponsal de Excélsior hace, quizá, 40 años, él era un reportero de altos vuelos y yo un muchacho que iniciaba un camino empujado por una vocación.

Él era un reportero hecho a la antigua, habituado a perseguir la nota, a investigarla con ánimo crítico, sin conceder revisiones ni pedir favores. Su corresponsalía la asumió con la responsabilidad del que se sabe ojos y opinión de muchos y por años fue quien marcó la pauta y se constituyó en una voz diferente y veraz.

Luego pasó a la radio y a muchos otros medios más desarrollando una carrera periodística que le granjeó el respeto del medio y de la sociedad chetumaleña y del Estado. Su pluma nunca declinó su servicio al análisis y la verdad hasta que la muerte lo alcanzó esta mañana.

Y, sin duda, habrá quienes puedan ser o creerse mejores reporteros que Rubén, pero pocos con su trayectoria; habrá quizá quienes escriban mejor y más bonito, pero pocos con su sentido crítico; habrá quienes publiquen en más medios y acaso hasta los nacionales, pero pocos con su humor irónico y mordaz.

Sus compañeros de oficio lo recordarán porque estuvo a su lado siempre, porque los procuró, los aconsejó y a algunos los formó. Durante más de 25 años organizó o participó en la celebración del Día de la Libertad de Expresión pero la extraoficial, la de los reporteros, ajena a la del Gobierno, como su reiterada forma de manifestar su independencia personal y, quizá, hasta su desprecio por el evento oficial.

Nunca reculó en su trabajo ni se desdijo de alguna información dada. Siempre riguroso verificaba antes de publicar y por eso se sostenía firme ante las polémicas y los revires airados. Su amistad la reservaba al tiempo pero cuando la otorgaba era para siempre y yo doy fe de ello. En los tiempos duros siempre estuvo ahí, conmigo, y prestó su voz y su prestigio en la denuncia de los hechos que pasaron y de alguno de los cuales él también fue víctima en su casa.

Fue siempre vertical y libre.

Pero su mejor tarea en la vida fue la crianza de su familia al lado de su esposa Angélica. Sus dos hijos, Beatriz y Rubén, son seres humanos plenos y buenos, hijos amorosos a quienes hoy bate el infortunio. Sin lujos ni excesos siempre les dio la mejor educación posible y los preparó para la vida que habrán de vivir. Su ausencia se les hará difícil pero Rubén se aseguró que tuvieran las armas intelectuales para no sentir miedo y les dio todo su amor en vida para que no quedaran pendientes de cariño, enmedio de lo doloroso de esta circunstancia sé que su propio recuerdo les dará consuelo.

Rubén marcó a muchos en su paso por la vida, Carlos Pérez Zafra, Julio Villeda, Javier Chávez, Julian Santiesteban, deja gran cantidad de amigos, múltiples compadres, compañeros de oficio, pero, sobre todo, deja el testimonio de su familia buena y su nombre honorable como su mejor legado. Abrazo con respeto a Angélica, a Beatriz y a Rubén sumando mi duelo al suyo y me despido de él con la esperanza de que al volver la vista atrás en el tiempo veré el rostro barbado y serio de Rubén observándonos con aire crítico mientras se apresta a teclear la columna infinita de la eternidad. QDEP

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