
Por Luciano Núñez
Siempre que llega el 15 de Septiembre pienso en las muchas razones para dar un grito. Seguramente, hay que recordar a los Héroes y Heroínas que nos dieron Patria, que se fajaron los pantalones y las faldas y dieron sangre y vida por tener un mejor país. Esto ha sucedido con toda nuestra América adolorida, donde dejamos de ser colonias invadidas y saqueadas, para erigirnos en pueblos soberanos e independientes.
Pero la soberanía, pienso, es un proceso inacabado cuando vemos la descarada intromisión de transnacionales que siguen imponiendo leyes de mercado, estilos de vida y precios de productos, como espejitos del pasado. Sobre todo, erosionando el suelo, las playas y los cielos, con exención de impuestos y bienvenidos a dar empleo con salarios de esclavitud.

Siempre es bueno recordar el pasado: de dónde venimos, para saber hacia dónde vamos y qué queremos. Pienso que el grito hay que darlo por ese obrero que se traslada en camión y no mide esfuerzos por acabar bien una obra; pienso en aquel abogado que lucha porque haya justicia; en esas manos que llevaron ayuda a los afectados por el terremoto que ha causado más daños de los muestran algunos medios. El grito hay que darlo fuerte para esos políticos que venden litros de menos o combustible robado, amparados por un presidente que vive en casas inmaculadas por fuera y oscuras por dentro. 43 gritos por esos jóvenes que no aparecen y cuyos padres siguen gritando fuerte en el mundo. Un grito por los socavones que quedan impunes y aquí no ha pasado nada.
Un grito no está mal por los Niños Héroes que siguen inspirando; pero también por los jóvenes que limpian vidrios en las calles cada vez más llenas los que tienen mucho que gritar.

Los gritos aislados se mueren en soledad. Los gritos colectivos reverberan en la historia. El grito también puede ser un sordo pensamiento que cambie lo que podemos cambiar, en un país que necesita coros y no mesiánicos alaridos para la nada.
México más que nunca necesita repensar el grito.



















