Mientras se sucedían los afectuosos saludos por el 48 aniversario de Cancún, me preguntaba en qué momento del día seríamos atacados nuevamente por la nota violenta del día: en la región 102 de Cancún fue balaceado un auto en el que circulaba una familia; el padre murió y la señora y su hija son atendidas en un hospital.

Son 48 años de una ciudad que se hizo el foro turístico más importante de México y Latinoamérica; también, una ciudad ganada por la violencia extrema. La coincidencia de los 8 me motiva a exponer la gravísima situación que aqueja a Cancún: 138 ejecutados.

En muchos casos nadie sabe de dónde vienen, por qué los matan, si alguno es reclamado por familiares, si alguna vez se resolverá el origen de estos centenares de crímenes que se suceden sin que las autoridades de los tres órdenes de gobierno pongan un algo.

El año pasado el número de ejecutados en Quintana Roo cerró en 363, de estos, 227 ocurrieron en Cancún. En su último informe Semáforo Delictivo ubicó a Quintana Roo en rojo.

Bajo esta sucesión tan violenta, pareciéremos estar bajo un anestésico que no nos abre los ojos; pareciera que es normal amanecer con ejecutados, escuchar sirenas todo el día y pensar que el problema es de otro México al que no pertenecemos.

¿Se puede festejar el progreso económico, el aumento de tarifas, los números de cuartos y la inversión en medio de calamitoso panorama? Pobre Cancún.

No hay mucho que festejar en este luctuoso aniversario.

 

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