Por Isabel Rosas Martín del Campo

Pensamos que somos buenos y pacíficos porque no matamos, no violamos, no robamos, o no realizamos cualquier acto condenable. Es ver los actos literalmente lo que nos permite estar equivocados. Pues se mata, se viola y se roba no solo físicamente. En esencia somos violentos. Basta entender la premisa de Maquiavelo quien afirma que: “El hombre es malo por naturaleza, a menos que le precisen ser bueno» en cuyo caso, nos convendría tomar por válida la de Rousseau que es más benévola con nuestra naturaleza: “el hombre es naturalmente bueno, es la sociedad la que lo corrompe” pues supone una buena excusa.

La violencia va más allá de la maldad misma

No obstante, la violencia va más allá de la maldad misma. Para comer, el hombre primitivo tuvo que ser tan violento en la lucha por la vida igual que el animal que le suponía alimento. Como en contraste, mujeres toman la propia violencia como defensa, para ser legitimados sus manifiestos.

Recientemente llegó a mí un libro: Topología de la violencia de Byung-Chul Han. En realidad, yo me encontraba leyendo, “Más allá del bien y del mal” de F. Nietzsche. Quizá por eso llamó mi atención dejar a Nietzche un momento. La violencia está inmersa dentro del bien y del mal inevitablemente. El concepto “violencia” es un fenómeno que hoy está presente con una mixtura de hechos y causalidades que bien merecía la pena detenerse a indagar en ello.

En la antigüedad se torturaba y castigaba para imponer poder y voluntad

Resulta que en la antigüedad los griegos la juzgaban indispensable. Se pensaría, en tal caso, en una sociedad sangrienta y perturbadora que castigaba y torturaba para imponer su poder y voluntad. A mí me parece que hoy no es muy diferente de aquella Grecia que se juzga, ya que, la omnipresencia de la violencia ha estado latente a lo largo de nuestra histórica humanidad.

Como así, el teatro de la crueldad, en la antigua Grecia, en el presente se manifiesta en el espacio público y, tras sus bambalinas también. Mueren diariamente sus habitantes, actores principales de una ciudad de escenarios donde lo violento no se oculta. Este hecho elocuente y sustancial, como lo refiere Chul Han, es un elemento central y constitutivo comunicacional de las pulsiones de una sociedad que se auto-violenta.

En la modernidad, la violencia se disfraza de buena

En la modernidad, la violencia se disfraza de buena cuando se aplica desde el silencio, desde la frialdad de un abandono, o desde la indiferencia. Aunque ya no existe un patíbulo al centro de una plaza, lo hay cuando individuos se suicidan con la valentía de un héroe en el medio de su sala pendiendo de una cuerda o vaciándose de sus fluidos sanguíneos. Hoy no hay campo de concentración ni guetos, pero si hay casas de encierro y tortura para personas que se convierten en un intercambio económico y o político. Sustrayéndose la inmensidad de los campos de concentración a un lugar de secuestro donde toda una sociedad es suprimida y despojada, en casos dramáticos, hasta de su propia humanidad. Entre tanto, en los ambientes áulicos el conocimiento se inyecta como vacuna para que a todos rinda el mismo efecto.

Este siglo de rupturas ha transformado los niveles de significación de la violencia

Ha de suponerse que este siglo de rupturas y de una lucha constante por obtener una libertad que ha perdido definición, haya transformado, igualmente, los niveles de significación de la violencia en un constructo mental de intimidad extrínseca y multiforme; “cuasi forme”, tal vez, para el ángulo visual de cada individuo. El terrorismo, por ejemplo, se ejecuta en la intimidad del anonimato y se proyecta en el extimismo frontal con ansias virales: invisible pero implacable. Lo cierto es que, no importando los niveles todos somos sujetos aplicadores de violencia.

Hay una peligrosa inclinación del hombre a someter a los demás en su radio de influencia

Las agrupaciones civiles, de pronto, son vehículos transformadores de tránsitos que obligan al asociado psicológicamente a la obediencia, a partir de incentivos, premios y castigos, como si de pronto se estuvieran domesticando las mentes para internalizar una dominación intrínseca a su ser. Es una violencia simbólica pero sustanciosa, que se sirve del “automatismo del hábito” para penetrar en el sistema mental del sujeto y que Chul-Han tan acertadamente denomina: “la violencia de la decapitación”. Aunque cada vez se modelan más seres in-pensantes que creen pensar y, en efecto, lo hacen por el medio de otros; el hecho es que, se delinean sociedades de rendimiento, (sujetos de violencia). Mientras, por otro lado, están los que se sublevan pretendiendo ganar cancha. En cuyo caso, la topología de la violencia incrementa su exponente numérico, lo cual abraza otro conjunto de mentes: los inadaptados. El modernismo subyacente a las pulsiones del ser humano que se piensa omnipotente está condenado hasta el final a ser para sí un continuo y constante proyectil.

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