
Isabel Rosas Martín del Campo
Los cincuenta años de Cancún se planearon desde hace un año para su celebración con bombo y platillo. Pero tanto el bombo como el platillo fueron secuestrados por un virus que ya no sabemos qué tan cierto es en su origen y qué tan graves serán sus consecuencias. Sin embargo, ningún acontecimiento por más grave y global que sea en el presente podrá nunca alcanzar a cubrir la historia con el pasado que la abraza.
Se había pensado y planeado celebrar el aniversario de oro de Cancún inundando el espacio público de color y algarabía; de música y de cantos; haciendo eco con ellos en cada rincón. Hoy se llegó el día esperado y Cancún y su gente se encuentran guarecidos en sus casas para festejarlo de ventana a ventana —las físicas y las digitales— haciendo cada quien su propia fiesta a la manera de cada uno; para cantar al unísono las mañanitas y celebrar. Mientras, el espacio público permanece quieto y en silencio, como si su voz quisiera susurrarnos “¡cuánto lo siento!” o como si hubiese olvidado que hoy cumple cincuenta años de cambio, tradición, identidad y, sobre todo, trascendencia. Hoy, el espacio público de Cancún se encuentra absolutamente vacío.
El significado de lo público

Celebrar cincuenta años, una ciudad como Cancún contemplando el espacio público aislado de nuestra existencia es una gran paradoja para valorar el pasado inmediato donde no alcanzamos a valorar lo qué es realmente el significado del espacio público que ciñe las calles, las fachadas, los semáforos, las lámparas urbanas encendidas y también las fundidas, las jardineras sin plantas convertidas en basureros, los camellones sin pasto, la iglesia vacía, las plazas, los parques, la escuela, las oficinas, los comercios, las tienditas de la esquina, los cafés y los restaurantes, el cine, los bares, las discotecas y todo lo que el vacío del espacio público tiende a nuestros pasos siempre con prisa, siempre indiferentes, caminando sin mirar a nadie o nada en especial.
O un caminar sujeto a una pequeña pantalla digital del tamaño de la palma de la mano donde se encuentra el todo para una sociedad que se inventó un mundo paralelo, y donde el espacio público se transforma en invisible y sus objetos en hitos y trayectos de ires y venires.
La ciudad como un sistema

“Toda ciudad es percibida recordada e imaginada” (Pallasmaa) esto exige reflexionar en qué es el espacio público más allá de lo evidente y aprender, ahora, desde la ventana donde tristeamos, por no poder pisarlo, porque es el lugar que organiza a toda una ciudad y por ende el de la universalidad que nos define. Es el lugar que define el domicilio de un mundo donde diariamente se realizan celebraciones, veneraciones, rutinas; en una palabra todas aquellas actividades sociales, que delinean un sistema.
¿Cuál es el sentido de una celebración de cincuenta años que le pertenece a una ciudad que se fundó mientras el mundo entero ya tenía vestigios que datan desde antes de Cristo? Su pujanza, su internacionalización, la ciudad que más fuerte entrada de divisas le supone al país. O es el que sea una ciudad a la que a una primera generación le tocó preparar el camino de la nada para hacerlo todo y así recibir a una segunda generación de inmigrantes (a la cual pertenezco yo) para que lo caminasen seguros de su trayectoria y de las metas que ahora han modelado a una tercera generación. Una ciudad completa que ya tiene abuelos, papás, hijos, nietos y bisnietos.
Tradición de tres generaciones

Una ciudad que tuvo que comenzar con familias de amigos, y desde luego, forjando un tipo de tradición original, una que perfiló nuevos paradigmas de socialización para poder evolucionar. Cancún siempre recibió con los brazos abiertos a toda su población. El término “población flotante” hoy es historia y recuerdo.
Cancún ya no es una ciudad nueva, sus cincuenta años representan la historia de tres generaciones que han construido una cultura, una tradición y una vanguardia constante de crecimiento y de evolución. Seguir afirmando que es una ciudad nueva en comparación con aquellas que tienen siglos es un gran error. La modernidad del hombre es una evidencia de que se pueden construir cimientos para edificar y habilitar una sociedad pujante que ha dado muestra de su arraigo y cohesión y, sobre todo, de su determinación antropológica para haber podido solventar el clima, la fauna, la distancia, su geografía, y, sobre todo, la osadía de desarrollar un asentamiento humano en pleno siglo XX.
Inmigrantes

Hoy la ciudad de Cancún tiene una tradición, extraída de cada una de las memorias experienciales de sus inmigrantes de ahí su original identidad. La cual ha logrado la trascendencia de un lugar cuya riqueza no estriba únicamente en su naturaleza sino en su propia estabilidad que refleja en su grandeza hasta la personalidad del mundo exterior.
Finalmente, quiero terminar estas ideas deseando vehementemente, que cuando el espacio público de Cancún vuelva a ser atestado por todos sus habitantes, deje de percibirse con la obsesión funcionalizada de la mecanización humana y se remodelen los pensamientos humanos a la víspera del final que hoy mantiene el distanciamiento social entre cada uno de sus habitantes, para que cuando se llegue ese momento, el espacio público recupere su misterio y su intimidad subyacente.
A la par, para cada habitante, cada trayecto sea un encuentro con la seducción y con la sensualidad que ofrece la hapticidad espacial y sus envolventes para recobrar el sentido de empatía social envuelto de emociones distintas y más sensibles. Esta estadía de alejamiento habrá de dar cuenta de cómo habitamos la ciudad del mismo modo que la ciudad nos habita.
Feliz cumpleaños Cancún y gracias por permitir la vida y el desarrollo de quienes te viven.
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(*) Isabel Rosas Martín del Campo es arquitecta, tiene una maestría en escritura creativa y actualmente estudia un doctorado en filosofía del pensamiento complejo. Su consigna es el estudio profundo del ser humano dentro del espacio arquitectónico como existencia. Es catedrática universitaria, capacitadora certificada, docente certificada para la asignatura de temas de arquitectura y es conferencista en Neuroarquitectura.
Vive en Cancún desde hace veintiocho años.




















