Cancún es el sueño de millones que llegan a sus playas de algodón, como dijo Ricardo Ceratto. Recién cumplió 55 años y continúa creciendo en número de viviendas, en población y en número de cuartos de hotel.

 

 

 

Luciano Núñez

Cancún cumplió 55 años. Llegué cuando iba a cumplir 36 años y yo 29. Mi mente -o mi imaginación- me aseguran que Cancún acababa más o menos por el sur en el Hospiten; al final de la avenida La Luna, en el residencial Santa Fe; en la 20 de noviembre y Rancho Viejo, por el otro extremo. Y Puerto Juárez y Corales al norte. Parecía que no había detrás de ello nada más que selva y misterio.

Fui descubriendo -encaramado en mi profesión de periodista- sus lugares, sus esquinas, su gente, sus tropiezos y triunfos.

Entrevista a albañiles y sus condiciones de trabajo.

Formé parte de un equipo de fútbol, integré filas en un gobierno y tuve la dicha de desarrollar, a la postre, varios emprendimientos, unos fallidos y fracasados, otros que se mantienen en pie hasta hoy.

Durante casi 20 años, he visto ir y venir a quienes llegan de todas partes del mundo. Unos se quedan, otros se van en esa marea que es esencia de esta vida ondulante. Siempre entre llegadas y partidas.

Siempre el mar

Mi primer hogar aquí fue un pequeño departamento en la SM 32 y, de a poco, me enamoré de la ciudad y su mar, porque siempre está el turquesa del mar a mano, un poco más atrás quizás, pero todos los pasos conducen a él.

Me tocó perder y sé lo que es meter la mano en los bolsillos y encontrar sólo las piernas, como decía Rocky en una de sus películas. Vinieron épocas de bonanza, de pérdidas y de renacer. Así es Cancún y los migrantes siempre damos la batalla. No nadamos tanto para morir en la arena. Eso sí: la ciudad te traga y te transforma, quieras o no y se queda con algo tuyo en ese tránsito.

Luciano Núñez. Año 2006

He visto cómo Cancún cayó de rodillas durante dos pandemias y cómo se ha levantado, aún con más ímpetu y fuerza. Es una ciudad resiliente que tiene la flexibilidad de los manglares y la dureza del tsalam para hacer frente a huracanes y malos gobiernos.

En su vocación turística, pocos en el mundo lo superan: recibe a 7.4 millones de turistas al año en más de 200 hoteles y el aeropuerto tiene un tránsito de 30 millones de pasajeros. Nada mal para sus 55.

Aquí he visto a alcaldes que prometieron y sucumbieron, que acabaron presos o perseguidos, y también, a una alcaldesa que, por primera vez, se convirtió en gobernadora (Mara Lezama) y a una sucesora (Ana Paty Peralta) que dejan en claro que ellas han sido más amorosas con la ciudad y su gente.

En las riberas, están las historias de los pescadores y los fundadores y, siempre detrás de todo aquello, nos queda el mar. He visto florecer los flamboyanes y negocios de la nada como Chester y Mercedes Silvia, y otros, que desaparecieron inexplicablemente, algunos bajo la sombra de la violencia.

Violencia

Apenas llegué vi cómo el secretario de Seguridad Pública era atacado por una ráfaga de balas. Vi cuerpos apilados en una camioneta sobre la avenida La Luna y el ascenso de la violencia organizada que acabó con la zona fundacional: el cobro de derecho de piso y las extorsiones. Hoy existe allí, por la Yaxchilán, una incipiente recuperación. Vi y supe de miles de balseros que han llegado a esta costa buscando libertad y una nueva oportunidad desde Cuba y hoy la ciudad convive con miles de refugiados de Haití y Venezuela, de Argentina y Colombia y de toda Centroamérica. Aquí conviven más de 100 nacionalidades del mundo entero. Eso es Cancún: una ciudad multicultural y diversa, cuya fusión algún día nos ofrecerá una descendencia fascinante como lo es Nueva York, crisol de razas.

Preguntas

Desde que he pisado esta tierra he pensado que sería sólo un tránsito. Unos años. Cuando he pensado en tomar otro rumbo, la ciudad misma me retiene como si me jalara con un imán de los talones o de las vísceras. Aquí, cuando pensaba en irme, apareció como un milagro el amor desde la nada. Aquí escribí una novela y otros libros que dan cuenta de este tiempo compartido con una ciudad que, a veces, creo entender de repente se me escapa como las utopías de Galeano.

Entrevistando a una niña que fue operada de columna gracias a los reportajes publicados en el Quequi.

Cancún va siempre mutando como su fisonomía, creando luces y dejando sectores en penumbras. Hay zonas que desconozco. Me ha ganado su fuerza, su destreza para ocupar espacios y seguir sorprendiéndome. Desapareces dos meses y al regreso hay nuevos hoteles, otras personas que se suman a las que van echando raíces.

Hoy, entrar a la ciudad, es contemplar una silueta de edificios que se erigen donde antes habitaba una manada de coatíes y se perdían en las profundidades los manglares: Puerto Cancún, y una ciudad que quiere ser elegante y moderna, pero que tiene a un 40 por ciento de pobres que tejen y destejen sus vidas en la periferia, que toman dos camiones para que un cisne -hecho de toallas- se erija entre las sábanas blancas que ocuparán los turistas.

Tengo en esta ciudad algunos muertos por los que encender una veladora el Día de Muertos y nuevos amigos y algunos territorios y calles que amo sin entender.

Cancún es el sueño de millones que llegan a sus playas de algodón, como dijo Ricardo Ceratto. A veces me pregunto: ¿hasta dónde llegará su mapa en los próximos 50 años? ¿Seguiré hipnotizado por las olas de su mar?

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