Este columnista está sumamente agradecido con Cliserio Eleazar Cedillo y Nicolás Durán de la Sierra, a quienes conozco desde que llegue a Cancún. Además, estoy emocionado porque ambos recibirán el Premio México de Periodismo Ricardo Flores Magón, el cual, fue otorgado sólo a veinte periodistas de todo el país por más de 50 años de ejercicio.

 

 

Luciano Núñez

Dice el doctor Joe Dispensa que, según las últimas investigaciones sobre la vibración de la energía, la que lo hace en una frecuencia más elevada es la gratitud, ni siquiera el amor. Vaya sorpresa.

Y días atrás pensé en aprovechar este espacio, que no siempre es de política, en agradecer a dos grandes amigos y colegas que México me regaló.

Y estoy sumamente agradecido con ellos. Y estoy emocionado, además, porque ambos van a recibir el Premio México de Periodismo Ricardo Flores Magón, el cual, fue otorgado sólo a veinte periodistas de todo el país por más de 50 años de ejercicio. Y ahí están mis amigos Cliserio Eleazar Cedillo y Nicolás Durán de la Sierra, «Nico», destacado columnista y parte de la familia de Grupo Pirámide.

La distinción la hizo nada menos que la Federación de Asociaciones de Periodistas Mexicanos y el Colegio Nacional de Licenciados en Periodismo.

Dos historias

Y quiero contarles dos breves lazos que me unen con ellos.

Cliserio tenía un viejo auto blanco marfil, grande como un barco, en el que cuando llegué a México pasaba por mi casa a buscarme y a dejarme porque yo no conocía ni dónde tomar el camión. Lo hacía aún cuando vivía —y sigue viviendo— en Leona Vicario, un pequeño pueblo campestre a diez kilómetros de Cancún, donde cultiva mameyes, aguacates y solía tener un caballo manso que montaban sus hijos. No sólo me enseñó a andar y desandar la ciudad, sino que me dio una cátedra de generosidad y humildad.

Su forma de ser también me ayudó a configurar a mi personaje Héctor, de mi novela Magnificens Cancún, aunque abrevaba también de otros colegas, algunos ya en otro plano. “Clise” solía leer mucha literatura de Argentina en la infinita Ciudad de México desde donde vino y, quizás por ello, nos acercamos más a las pláticas de Pliglia y Manuel Puig.

Hicimos varios reportajes juntos y aprendí de él el trato que debe tener un reportero con sus fuentes y sus entrevistados: comíamos con ellos y no pocas veces compartimos cantina.

De Nico qué puedo decir. Gracias por publicar mi primer libro en México: Tan Lejos y otra vez en casa, que lo hizo a través de su meritoria editorial Gaceta del Pensamiento, que debería también ser reconocida por su gran aporte a la cultura de Quintana Roo y, sobre todo, a las letras. Supe tomar café con su madre, Doña Zita Finol, una mujer sumamente culta y de un garbo que todavía recuerdo. Nico me dijo una vez que estaba en el lugar equivocado cuando pasé por el gobierno. Cuánta razón tenía, pero también el gobierno ha sido mi maestro y allí conocí a personas maravillosas con las que todavía mantengo lazos que trascendieron la burocracia. “Muchacho” suele decirme cada vez que lo veo, aunque no ha advertido que peino canas y que hace ratote nos conocemos. Fue jurado del concurso de cuento que organicé, Rafael del Pozo y Alcalá y cada semana me maravilla con sus razonamientos y visiones sobre la política local, nacional y mundial.

Vaya hoy este espacio para reconocerles su valía, amistad y el haberme hecho ver el mejor México que conozco: el de su gente generosa y capaz, alegre y valiente.

No es este país sólo su belleza natural: es más que nada su gente. Y uno se queda donde se siente querido y acunado, como lo hicieron estos dos cuates conmigo.

En este día de reposo, dejaré descansar mi letra en un abrazo para felicitarlos. ¡Enhorabuena!

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