«…Luego convirtieron en polvo los restos de sus huesos y los esparcieron sobre las flores.
« ¿Dónde está, oh sepulcro, tu victoria?».
Bernard Shaw

Por Luciano Núñez
Haces tu vida: vas a pagar un impuesto, al supermercado, a estacionar el auto y suena un teléfono: alguien acaba de morir. Y aparece de nuevo esa sensación de lo efímero que somos y que todo es hoy. Nadie es dueño ni de ayer ni de mañana. Siempre es hoy.
Murió el sábado el ex diputado federal Luis Alegre Salazar y no tengo hoy reflexiones sobre los entresijos de la política, los laberintos que la atraviesan con sus vanos argumentos, sobre lealtades y rancias traiciones. Una vez más llega la loza de la muerte y todo regresa a un plano primario, en ese volver a las básicas y siempre inquietantes preguntas que la filosofía: ¿para qué estamos aquí?, ¿qué sentido tiene el haber nacido?, ¿qué queda después de la muerte?
Lo que nubla y excluye

Para quienes conocieron a profundidad al ex diputado quedan un cúmulo de experiencias compartidas, se borrarán o avivarán las revanchas tejidas en su contra, y otros protegerán su legado de cada molino construido contra el viento. Los proyectos tomarán otro curso ante la silla vacía de quien ondeaba una y otra bandera y será, para un grupo humano, una época de pensar y repensar los pasos a seguir, acaso volver a mirar donde se había dejado de ver y estrechar esos lazos que, la febril vida económica y política, nublan y excluyen de nuestras vidas.
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He querido comentarlo hace tiempo, más no dispongo de los datos oficiales que tardarán en llegar, sino las experiencias de decenas de personas que me lo han contado de vida voz. La pandemia ha marchitado a un Cancún resiliente de gente valiosa. No sólo los que fallecieron víctimas directas del flagelo mundial, sino por ese necesario retorno de quienes han marchado a sus casas en sus pueblos o a sus ciudades a cuidar lo que aman: sus padres o madres, a atender a las familias diezmadas por la enfermedad, quienes han dicho basta al viaje y han optado por abrazar lo que más aman: el presente y la vida, lo que todavía no ha tocado la muerte. Cancún resistirá, como siempre lo hecho, pero está herido en una capa social profunda: la de su gente.
Como dice un tango: “siempre se vuelve al primer amor”, muchas buenas personas que sostenían el corazón de una cocina en un restaurante, quienes hacían patria en este Quintana Roo maravilloso desde la capitanía de un bar y en los talleres mecánicos, en las bibliotecas y en los consultorios, han emprendido el regreso. A unos los ha espantado la muerte, a otros, los ha corrido la delincuencia más organizada que el Estado mexicano. Y porque siempre será mejor defender el sueño propio.
No hay argumentos frente a la muerte, menos la repentina y sigilosa como la de Luis, que pesará en muchos espacios más que en otros, pero que sí ha llegado a dejar un mensaje: nada vale más que la vida, que sucede mientras nos cepillamos los dientes o vamos al cine, abrimos un cajón o un caramelo, abrazamos a un ser querido; esa vida que sentimos latir en un corazón que todavía la anima y nos alienta a vivir y a recordar y volver a llamar o visitar a quienes, la corriente extraña del día a día, nos ha dejado en otra orilla.
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* Luciano Núñez Es técnico en Periodismo y licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Catamarca, Argentina. Postgrado de Opinión Pública por FLACSO y diplomado en géneros periodísticos en La Salle, Cancún, e Historia de Quintana Roo en la Universidad del Caribe y Sociedad Andrés Quintana Roo.
Trabajó en medios de comunicación de Argentina y México y publicó los libros Voces que Vuelven, Tan Lejos y Otra Vez en Casa y la novela Magnificens Cancún, editada por Miguel Ángel Porrúa.
Fue director de Comunicación Social en Benito Juárez, Cancún y Solidaridad, Playa del Carmen.
Actualmente es director general de Grupo Pirámide y Vértice.
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