Por Ignacio Alonso Velasco
En 1994 México ingresó a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Han pasado más de treinta años. Tres décadas en las que México ha cambiado profundamente, pero durante las cuales no ha conseguido cerrar suficientemente la distancia que lo separa de buena parte de los países con los que comparte membresía. La pregunta resulta inevitable: ¿qué ha pasado durante estos treinta años?
No es que México no haya avanzado. El problema es que no lo ha hecho con la velocidad, profundidad y distribución necesarias. Diversos estudios han documentado problemas persistentes de productividad, inversión, innovación, informalidad, desigualdad y calidad de las políticas públicas. La propia OCDE ha advertido que México continúa necesitando reformas estructurales para superar un crecimiento económico mediocre, una elevada informalidad, una inversión insuficiente y una desigualdad persistente. La fotografía resulta incómoda: México pertenece a la OCDE, pero todavía no converge suficientemente con ella.
Y la membresía, por sí misma, no transforma un país. No produce automáticamente mejores instituciones, mayores salarios ni más productividad. Lo que proporciona es, entre otras cosas, un espejo en el que podemos comparar nuestros resultados. Y cuando nos miramos en ese espejo, encontramos demasiadas diferencias.
Mientras otras economías han fortalecido su capacidad de innovación, México continúa destinando recursos insuficientes a investigación y desarrollo. Mientras las economías más competitivas incrementan su productividad mediante tecnología y capital humano, nuestro país sigue arrastrando una elevada informalidad y dificultades para vincular educación y empleo. Pero quizá una de las mayores paradojas mexicanas sea territorial.
México no solamente tiene problemas para converger con otros países de la OCDE. También tiene problemas para converger consigo mismo. Las diferencias entre el norte, el centro y el sur-sureste siguen siendo enormes. Infraestructura, inversión, productividad, conectividad y oportunidades económicas se distribuyen de manera profundamente desigual.
En pleno siglo XXI, la brecha digital ya no es solamente tecnológica. Es también educativa, económica y social. Quien tiene acceso a mejores tecnologías dispone de mayores posibilidades para estudiar, trabajar, emprender y competir. Quien no lo tiene comienza la carrera varios metros atrás.
Algo similar sucede con el gasto público. Si los recursos no contribuyen suficientemente a cerrar las diferencias territoriales, el presupuesto puede terminar reproduciendo las desigualdades que debería combatir. Por eso, el problema mexicano no puede resolverse únicamente con crecimiento económico. Necesitamos preguntarnos qué tipo de crecimiento queremos. Un crecimiento que beneficie principalmente a quienes ya tienen ventajas no será suficiente. Un crecimiento que genere empleos precarios tampoco. Y un crecimiento que concentre oportunidades en determinadas regiones difícilmente permitirá construir un país más equilibrado.
México necesita crecer, pero también necesita crecer mejor. Necesita invertir más en innovación, infraestructura y capital humano; reducir la informalidad; mejorar la productividad; cerrar las brechas regionales y fortalecer sus instituciones. Después de treinta años, seguir explicando los mismos rezagos ya no resulta suficiente.
La pertenencia a la OCDE debería servirnos para compararnos con quienes están obteniendo mejores resultados y aprender de ellos, no para presumir una membresía. México tiene talento, recursos, ubicación geográfica y enormes capacidades. Lo que sigue faltando es convertir esas capacidades en resultados que lleguen a todos.
Después de tres décadas, la pregunta ya no debería ser cuánto tiempo más necesitamos para converger. Deberíamos preguntarnos qué estamos dispuestos a cambiar para conseguirlo. Porque treinta años son suficientes para tener un diagnóstico. Lo que México necesita ahora es voluntad para actuar.




















