Por Isabel Rosas Martín del Campo

¿Es que somos tan sólo una apariencia digital? ¿Un lugar infinito e insondable de pixeles?

Somos una imagen impuesta por una pantalla que nos dicta de qué manera ser perfectos.

Que nos endiosa con la belleza a la carta. Somos al mismo tiempo tan efímeros como distantes de nosotros mismos. Cada vez nos alejamos más de nuestra realidad.

Aparentamos ser otros que quisiéramos, pero no alcanzamos a construir en la realidad verdadera, llena de situaciones incómodas y fastidiosas, que nos carcomen de certezas o de dudas, lo que en nuestra mente navega como ideales.

Mundo digital y el poder

En efecto, somos una apariencia digital. Hoy, si se está obeso se puede ser delgado, si se es blanco se puede ser negro, si se es trigueño se puede ser rubio. Porque la idea del hoy impuesto ya no es el querer algo ni siquiera el desearlo.

Hoy es el poder, el que gana las batallas. Hoy, es una guerra de egos resueltos mediante la apariencia de que todo lo podemos lograr, a través de una noble y empática tecnología dispuesta para todos democráticamente a transformarnos virtualmente en lo que se nos dé la gana.

Pensar para todos

La inteligencia artificial está siendo sobre utilizada para la conmoción de masas dopadas. Pues no importa lo que la gente piense, reflexione o diserte, está allí una pantalla digital que ofrece pensar por todos, sentir por todos, desear por todos, de tal suerte que cada deseo, sentimiento y o pensamiento se transforme en uno solo global.

El mundo feliz que describía Aldous Huxley en su novela distópica —publicada por primera vez en 1932— es hoy una realidad. Un mundo de sociedades somatizadas. En donde sentir emociones conceptualizadas como negativas son un estorbo para la idea de éxito o de felicidad, valores significados como trascendentales para el estilo de vida del siglo XXI. ¿Acaso un tipo de sociedad idiota?

Quizá si entendemos que el concepto se refiere a una persona que está extinta de sus facultades mentales, o es corta de pensamiento o, al contrario, es engreída de ello. Sociedad idiota es el título del reciente libro publicado del politólogo Agustín Lage, en el que su argumento se extiende hacia todas aquellas circunstancias que hoy van perfilando sociedades que engendran, al por mayor, ídolos sostenidos por el espectáculo dramático de sus propias vidas: El fenómeno, Bad Bunny, Shakira, johnny Deep.

Famosos que muy oportunamente insertan en la conciencia de sus seguidores la suya para trasminarse en su organismo a través de la pantalla digital transfundida.

Adoctrinamiento y manipulación

El auto engaño del siglo XXI nos aleja de tomar las riendas de nuestra responsabilidad como seres humanos ante la humanidad. Y esto aplica a todos los estratos sociales. Los primeros ¬─los pobres, los iletrados, los jóvenes─ son los más vulnerables y aptos para someterse sin chistar a los acondicionamientos y manipulaciones que dicta la moda aventuresca y experiencial.

Porque sale de inmediato en nuestra defensa haciéndonos creer que tal cual somos debemos amarnos, sin esperar que nadie más lo haga si a cambio poseemos nuestro propio entresijo en dónde la libertad impera e invade nuestra mente para que pensemos que sí somos libres.

Aplicaciones opresivas

¿A qué me refiero? Al cúmulo de aplicaciones opresivas que tenemos a la mano en tan sólo un aparatejo llamado celular. Su pequeño tamaño es su mayor ventaja sobre la conciencia de cada uno. Como su nombre lo indica, nos trasciende, se convierte y se transforma en una célula más de nuestro cuerpo. Se totaliza hasta desprendernos de nuestro libre albedrío.

Ahora, ya no importa nada si tenemos a nuestro lado una aplicación que puede leer nuestra mente para convertirnos en un holograma transformado en perfección. ¿La realidad es ya muy complicada para ser vivida y por eso es mejor imaginarla perfecta?…

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