Cuento

Cuento | «Vuelve a la vida», de Lil Fernández Osorio

 

Vuelve a la vida

Lil Fernández Osorio

 

Estoy solo en la isla. Al fin se fueron todos. He caminado sin rumbo fijo por más de una hora. Hago una pausa. Miro la pantalla del móvil porque ha sonado más de ocho veces con el mismo mensaje: “¿sí o no?”. Llevo la cabeza hacia atrás para estirar el cuello. La luna se parece a la manicura francesa de mi prima Blanca. La extraño. La tensión baja hacia mis hombros. Continúo caminando hasta el borde del acantilado donde permanezco de pie sin moverme. Cierro los ojos para recordar mentalmente todo lo ocurrido desde que Sagisi llegó a mi vida:

Fue a mediados de noviembre de 2019; mi prima Blanca y yo cenábamos en el restaurante La Perla mientras observábamos el show de clavadistas de La Quebrada. Ahí supe que existía otra vida. Quedamos en silencio por unos segundos mirando al niño aventándose desde el risco: “vuelo de ángel”. Pensé en mi vida amorosa: nunca me ha faltado impulso para lanzarme, pero nomás no le atino y siempre acabo estrellado.

—¿Sabías que yo también puedo volar? —Presumió Blanca abriendo los brazos. Pensé que mentía—. ¡Me encanta volar en SecondLife! —exclamó para luego continuar saboreando el pescado a la talla.

Se acercaron a la mesa un par de adolescentes y pidieron tomarse una selfie con ella.

Blanca accedió preparando su pose favorita: simular un beso hacia la cámara.

—No entiendo, ¿qué es eso de Secondlife? —retomé el tema.

—Es un mundo digital donde eliges tu avatar, ahí puedes ser y hacer lo que quieras. Así fue como empecé a relacionarme internacionalmente. Conocí a mucha gente. Ni te imaginas todo lo que puedes encontrar ahí: hay ciudades, clubes, lugares increíbles a los que te puedes teleportar. Solo tienes que bajar el programa, crearte un nombre, una contraseña y listo. ¡En ese lugar de mentira se vive de verdad!

Blanca siguió platicando los detalles del programa mientras cenábamos. Sentí curiosidad. ¿Será que podría ser feliz en ese otro mundo? Esa noche llovió como si el cielo se desplomara en ráfagas intermitentes. No acepté que Blanca me llevara a casa. Necesitaba caminar. Me quité los mocasines y fui a paso lento cuesta arriba sintiendo en mis pies el masaje producido por la fuerza del agua que descendía por las calles. Al llegar, mamá me abrazó; no porque me quisiera, sino para catar mi aliento.

—¡Alfonso!, ¿Estuviste bebiendo? —preguntó molesta mientras se quitaba el delantal dejando ver su camisón floreado al que le faltaban dos botones.

—Fui a cenar con Blanca y solo tomé dos cervezas. Tengo 35 años mamá, ¡me tratas como adolescente!

—Pues mientras no seas independiente y vivas aquí, yo te trato como me dé la gana. No me gusta que veas a Blanquita. Nadie puede hacer tanto dinero así nomás, de la noche a la mañana; y esa niña ni terminó la secundaria, ¿de dónde crees que lo ha ganado? Es obvio que usa lo que tiene entre las piernas. Pero, qué podemos hacer, ¡salió igualita a mi hermana! Te hice unos tamales de frijol, pero como ni me avisaste ya hasta los guardé —dijo torciendo la vista, y frunciendo la boca.

—No seas mal pensada mamá; si Blanca tiene dinero es por la herencia de mi tía y por sus videos. Para tu información, ella es una de las youtubers más famosas de Acapulco. Tiene cientos de miles de seguidores.

—Pues yo no quiero que la andes siguiendo; y sí, soy una mal pensada. ¡Piensa mal y acertarás! Así que por favor, ¡aléjate de ella!

Mamá siempre envidió a mi tía Lupita. Mi prima dejó de estudiar para dedicarse a buscar a su madre, quien desapareció sin dejar rastro. Nunca la encontraron. Dijeron que se la tragó el mar en Playa Revolcadero, pero a nadie le consta. Mamá me dijo que se había fugado con su amante. No le creo. Mi tía no sería capaz de dejar a su hija por nadie. La tía Lupita me quiso mucho.

Todas las monedas que gané en mi infancia “moviendo la pancita” para los turistas en Caleta y Caletilla se las di a mi madre; y su respuesta siempre fue: ¿esto es todo? En cambio, los elogios eran para mi hermano Santiago: ¡qué listo es!, ¡mira sus calificaciones!, ¡tiene talento para el baile!

Yo era: “el prieto”, “el gordito” y “el inútil”. Le daba a mamá la mitad del salario que ganaba trabajando en el hotel como “encargado de sistemas” pero para ella, eso no era trabajo; pasó lo mismo cuando fui guía en los tours de esnórquel: decía que eran solo “chambitas”.

Mi hermano Santiago es “gerente de recepción”, y el título: “gerente” sí era importante aunque ganaba lo mismo que yo. Mi hermano es idéntico a mi padre: es güero, güero casi pelirrojo. Siempre me molestaron diciéndome que yo era el hijo del lanchero.

—Yo ya no quería otro hijo, pero por más que me lancé de sentón por las escaleras tú de necio no te saliste y te aferraste a nacer —me dijo mamá en estado de ebriedad la noche de año nuevo. Me dolió un buen. Nomás porque no me alcanzaba para pagar una renta decente; en ocasiones pensé seriamente en largarme a vivir a un cuartito.

Al día siguiente de la cena con Blanca me encerré en la oficina de la encargada de Ama de llaves con el pretexto de arreglar la base de datos. Quería ver de qué se trataba el programa ese de la segunda vida. Generé mi avatar y estuve ahí entretenido como dos horas que se me pasaron como agua. Me acordé de Blanca porque volé muy alto y hasta me sumergí en el mar. En cuestión de minutos pude controlar todos los movimientos. Todo el inglés que aprendí con los turistas me sirvió para darme a entender en Secondlife. Es que ahí casi todos hablan y escriben en inglés.

Mi primer avatar no tenía nada en especial, pero con el tiempo me fui comprando un mejor cuerpo, ropa y accesorios. Blanca tenía razón. En ese mundo empecé a sentirme más vivo que en éste. Visitar Secondlife se volvió una adicción. A las pocas semanas ya formaba parte de varios clubes y no dejaba de bailar; la música me atrapó, era buenísima. Me teleporté a casi todos los destinos posibles y empecé a hablar con otros. En el mundo real no me sentía cómodo hablando con desconocidos, sobre todo con los extranjeros a quienes percibía como si fueran de otro mundo; pero en mi segunda vida “PonchoPapagayo” (mi avatar) era totalmente desinhibido: platicaba con todos, la gente me buscaba, hacíamos bromas, incluso con algunos hasta discutía temas filosóficos.

Como al mes de frecuentar “SecondLife”, me teleporté a los destinos de “amor” y “adultos”. Todas querían tener onda conmigo. Empecé a sentirme más seguro y confiado. Hasta en mi trabajo lo notaron.

—¿Estás enamorado? —me preguntó Vane, la secretaria de Gerencia General—. Te veo muy contento. En ese entonces estaba feliz, pero no enamorado.

Me enamoré poco después cuando conocí a Sagisi en uno de los clubes de Secondlife. No puedo decir que fue amor a primera vista, aunque su avatar era el de una mujer muy atractiva: casi desnuda, con botas altas, alas negras y cadenas alrededor del cuerpo. En realidad me conquistaron sus palabras, no solo porque hablaba español, sino por su forma de ver la vida y de cuestionar los paradigmas obsoletos que mantienen al mundo dividido. La llegué a admirar al punto que pensé que no me importaría su apariencia en la vida real.

Un día se me ocurrió platicarle a mamá sobre Sagisi; y para variar, lo tomó mal:

—¿Cómo sabes si realmente Sagisi no es un viejo calvo de sesenta años que se hace pasar por ella para ligar contigo? —La impresión por esa pregunta y la canela del chilate me hicieron toser.

Por supuesto que ya lo había pensado, pero quise creer todo lo que Sagisi me dijo: mujer, veintiocho años, soltera, hija de española con filipino, asistente de logística para Wasco Energy en Kuala Lumpur; todo sonaba tan real que hasta pena me daba preguntarle más detalles.

Aproveché que Blanca me había pedido actualizar la computadora de su casa mientras ella viajaba a la Ciudad de México. Aunque me encantaba su residencia en Las Brisas, me quedé solo un par de noches.

—Quédate los días que quieras, y por favor, no te olvides de alimentar a mis gatitos.

—suplicó mi prima minutos antes de pasar a la sala de abordaje mostrándome su lengua enrojecida por comer pulpa de tamarindo enchilada.

Le escribí esa noche a Sagisi y le dije que había llegado el momento de que dejar atrás la dimensión digital y probar nuestra existencia física con una fotografía reciente. Eran las 7:27 de la mañana y yo ya me había bebido tres caballitos de tequila para darme valor. Estuve sin parpadear durante un minuto casi eterno observando cómo la bahía se llenaba de luz. Respiré profundo y le pedí a la Virgencita de Santa María de Guía que me diera fuerza para mostrarle a Sagisi que “PonchoPapagayo” de Secondlife no se parecía físicamente en nada a Alfonso Smith Ramírez de Acapulco.

Justo a la hora que acordamos recibí en mi celular una foto donde Sagisi sonreía. Tenía un casco en la cabeza bajo el cual brillaban sus lindos ojos rasgados de color negro; detrás de ella se veía un camión cargado con enormes tubos metálicos. Hermosa.

Era mi turno. Pensé en tomarle una foto a la imagen de la credencial del trabajo, pero me arrepentí porque iba a pensar que la foto estaba en blanco y negro: mis dientes y yo. Elegí otra que encontré en el carrete del móvil en la que me veo manejando una cuatrimoto en Barra Vieja. Presioné el botón Enviar y a los dos minutos llegó su respuesta: “¡Hola guapo!”

¿Guapo? Quizá Sagisi necesitaba lentes. Esperé que llegara el fin de semana para mostrarle a mamá la fotografía.

—Mira tu próxima nuera. Si existe y se llama Sagisi.

—Imaginemos que la muchacha de la foto es real. ¿Será ella con quien platicas en el juego ese? Pudo haber enviado cualquier imagen que encontró en internet —dijo mamá mientras soplaba sobre el caldo de langostinos—. ¿Y si resulta ser una señora de mi edad que vive en Veracruz, y esa es la foto de su hija? Mejor pídele que te mande su acta de nacimiento y su ubicación.

No sé por qué le seguí el juego a mamá; quizá porque el lunes en la mañana dejó sobre la mesa una bolsa con cocadas que me llevé al trabajo. Le pedí a Sagisi que me mandara su ubicación actual. No pasaron ni cinco minutos cuando la cara de mi madre se iluminó con el brillo del móvil mientras yo iba ampliando la imagen para que ella identificara el alfiler de bolita roja ubicado en Kuala Lumpur.

—Pues sí está ahí; pero eso no prueba que ella sea quien dice ser. Necesitas hacer una videollamada y preguntarle cosas que solo tú y ella saben —sugirió mamá.

A partir de ese día ya no me comuniqué con Sagisi en Secondlife, sino por teléfono. Nos llamábamos al menos dos veces al día. Acompañábamos la plática bebiendo tuba. A ella también le encantaba el sabor de la palma de coco fermentada. Nunca había conocido a alguien tan inteligente como ella. Sabía de memoria la historia de la humanidad. Se la pasó como una hora platicando todo lo del Galeón de Manila, los piratas y el comercio que había en tiempos de la colonia. Habló de los cargamentos de grana cochinilla, cacao, maíz y plata acuñada que salían desde aquí. Me envió un enlace para que conociera su árbol genealógico y me explicó cómo sus antepasados en Filipinas viajaban a Acapulco.

En una de esas llamadas fue cuando me contó lo del posible tesoro escondido: su abuelo conservaba un mapa muy antiguo de Acapulco con una marca roja señalada en Isla Roqueta. Según ella, el mapa era del año 1573. Lo encontraron en casa de su tatarabuelo enrollado dentro de un catalejo.

Ese mismo día empezamos a planear la aventura de encontrar el posible tesoro.

—¡Imagínate!, con tan solo un lingote de oro nos puede alcanzar para comprar una mansión en El Guitarrón y un yate —dije emocionado.

 

—Si tan solo tuviera el dinero para el vuelo, iría a Acapulco a verte —susurró Sagisi para que no la escuchara su familia.

Es increíble cómo el amor podía hacerme sentir tan feliz mientras que mamá era capaz de amargarme la vida en cinco segundos con un solo comentario:

—¡Ah! ya salió el peine. Qué tesoro ni que nada. Todo el teatrito es para que le deposites los 42,000 pesos del boleto de avión y que luego se desaparezca. ¡Ay, mijito, parece que naciste ayer!

Le dije a Sagisi que en vez de transferirle el dinero para su vuelo, yo se lo compraría por internet, pero le dije que me esperara al menos tres meses para pedir mis vacaciones y poder reunir el dinero suficiente para pasearla y dedicarnos a buscar el tesoro.

Todo lo que en años anteriores no había logrado, lo hice en tres meses: Renuncié a mi trabajo. Blanca me contrató como su ayudante y en menos de una semana aprendí a manejar el equipo de audio y video, así como los programas de edición.

—No puedo creer que tengas tanto talento y que lo hayas estado desperdiciando en ese hotelucho —me dijo Blanca cuando le mandé el primer video editado.

El día que tuve en mis manos el dron y la cámara GoPro, mi lado creativo explotó. Me levantaba temprano y planeaba el día. Aunque Blanca era la Influencer yo dirigía todo. Anotaba en mi aplicación la lista de lugares a los que iríamos y en el camino se nos iban ocurriendo más cosas. Andábamos juntos todo el día. En tan solo dos semanas grabamos en trece diferentes playas de Acapulco. Creo que el mejor video fue en Pie de la Cuesta donde captamos el momento en que el sol se metía en el mar como monedita de oro en su alcancía. Hasta Blanca se quedó callada cediéndole el protagonismo al lugar más hermoso del mundo.

El conflicto con Blanca empezó cuando grabamos en la Playa del Secreto. Yo insistía en que tenía que desnudarse para estar a tono con todos ahí.

—No puedes venir a una playa nudista y no encuerarte. —le dije mientras nos bajábamos del auto.

—¿A ver?, ¡hazlo tú! —respondió molesta. Me acordé que vivimos una discusión similar en nuestra infancia cuando decidimos mostrarnos las partes ocultas bajo el traje de baño. Esa vez ella se negó a quitarse la parte de arriba del bikini alegando que yo solo me quitaría el boxer. Así fue como vimos bajo el agua nuestras lampiñas partes sumergiéndonos uno a la vez mientras el otro se bajaba el traje de baño a la altura de las rodillas.

Volvimos al auto y terminamos por descartar esa playa de nuestro plan a pesar de que yo insistía diciéndole que ya editado, no se mostraría más piel que la que ella autorizara.

Teníamos ya dos meses trabajando y para ese entonces, Blanca ya me había cedido por completo el manejo de sus cuentas de YouTube, Instagram, Facebook y Twitter. Prácticamente yo ya vivía en su casa. Le mentí a mi madre diciéndole que estaría llegando tarde para doblar turno en el hotel y ahorrar el dinero para recibir a Sagisi.

—Ya bajaste de peso. Te veo más delgado —dijo mi madre al verme caminar frente a ella empujando el carrito en Sam´s Club. Ya lo había notado en mis bermudas que se me caían si no ajustaba el cinturón—. Y te veo muy acelerado. No vale la pena que te ilusiones con esa muchacha que ni conoces. Ya te dije que la foto puede ser de cualquiera.

—Vamos a hacer una videollamada el próximo domingo y me presentará a sus padres.

—¿Y a mí cuando me la vas a presentar? —Me arrepentí de habérselo dicho. Miré cómo devolvía del carrito una bolsa de papas fritas para sustituirla por otra distinta—. Esta marca tiene menos grasa y menos sodio —De pronto la vi pequeña con sus brazos flácidos y su abdomen abultado, pero al final era mi madre y ni modo que Sagisi me presentara a su familia y yo no. Era mejor que la conociera de una vez, así habría menos sorpresas desagradables cuando ella viniera. Ya le había comprado el boleto de avión.

—Vas a conocer a tu próxima nuera ese mismo día. Haremos la videollamada desde casa. Justo te iba a decir que podemos invitar a Santiago y a su familia para que también la conozcan.

—¡Me encanta la idea!, ese día les voy a preparar pozole verde —dijo emocionada.

Con el pretexto de que la casa se viera presentable en la videollamada, terminé firmando a meses sin intereses un sillón y un tapete. Todavía hoy me pregunto por qué compramos ese tapete si ni siquiera iba a salir en la toma.

Me faltaba comprar el auto, pero primero tenía que vender mi motocicleta. Sentí una resistencia interna. Mi viejo Yo: el pobre, se resistía a irse.

Una tarde mientras nos preparábamos para grabar en directo desde el fuerte de San Diego, Blanca se atrevió a preguntarme:

—¿Y cómo se llama ella?, porque estoy segura de que hay una “ella”

—Su nombre es Sagisi. Vive en Manila.

—¿Conquistaste una turista?

—No. La conocí en Secondlife. Ya estamos en contacto en este mundo, nos conocemos por foto y nos llamamos diario. Vendrá pronto —Le dije mientras guardaba el dron después de haber hecho unas increíbles tomas aéreas del fuerte con su forma de estrella de cinco picos.

—¿Estás enamorado de ella?

—Creo que sí. Ya la conocerás, te va a caer muy bien —Omití lo del boleto de avión y el posible tesoro.

—No creo que puedas amarla sin haberla tocado siquiera. El amor solo vale si los cinco sentidos están de acuerdo.

—Mira quién lo dice: ¡la experta que ni novio tiene!

—Si vas a empezar a molestarme mejor no grabamos nada. —caminó a mayor velocidad adentrándose en las salas del museo.

—Discúlpame por favor —supliqué casi corriendo tras ella. Había olvidado que era como jarrito de Tlaquepaque.

—Está bien, pero a la próxima, te aguantas —sentenció señalándome.

Para Blanca todos los días eran como una inyección de adrenalina que había que descargar de alguna forma para poder dormir. Algunos días bebía lechugilla y otros se tomaba ansiolíticos. En una ocasión combinó las pastillas con el alcohol y terminó en el hospital.

—Necesitas descansar prima —sugerí el día que la dieron de alta mientras íbamos rumbo a su casa—. Podemos suspender las historias por unos días y continuar el jueves. Grabaremos en el parque Papagayo.

—Ya no grabaremos nada —dijo en tono seco y con la mirada perdida hacia la fila de hoteles de la costera Miguel Alemán. Pensé que bromeaba.

Al llegar, lo primero que hizo Blanca fue sacar una maleta. Su sonrisa habitual había desaparecido junto con su estrés. Actuaba como un zombi inofensivo.

—Mientras estuve en el hospital entendí que necesito irme lejos. Busqué opciones y he decidido que me voy a tomar un retiro espiritual en la India.

—¿Y las redes sociales?, ¿qué va a pasar con tus seguidores?, creo que en esos retiros no permiten la comunicación con el exterior.

—Haz lo que quieras con ellos. Para mí, esto ya fue demasiado. Renuncio al mundo del ego. Necesito encontrarme. Te encargo a mis gatos y si no los quieres cuidar los das en adopción; renta la casa si no la quieres habitar, vende el auto, aquí están las llaves y avienta ese celular por el balcón —dijo mientras iba guardando su ropa en la maleta.

—¿Cuándo regresas?

—Un año, tal vez dos. No es algo que haya planeado. Me iré el tiempo suficiente hasta saber lo que es vivir en serio —dijo mientras abría la nevera para sacar un yoli.

—¿Todo ese tiempo te vas a encerrar en un ashram?

—El retiro es de una semana, pero pienso quedarme al menos un año recorriendo diferentes lugares —hizo una pausa para beber el refresco directo de la botella—. Quiero conocer gente de verdad, con quien pueda conversar sin que haya un dispositivo de por medio.

—No necesitas irte tan lejos para hacer eso.

—Poncho, de verdad voy a irme. Cualquier trámite que necesites hacer, lo consultas con Samuel, ¿lo recuerdas?, el que lleva la contabilidad y las inversiones. Ya le di instrucciones desde el hospital.

—¡No te precipites!, puedes ir a tu retiro y luego aprovechar el viaje para impulsar de nuevo tus redes compartiendo las fotos y tus experiencias.

—Precisamente de eso se trata, de no compartir nada y guardarme las experiencias para mí. Se trata de salir de la vitrina. Aunque regrese a Acapulco no pienso engancharme de nuevo con eso. Me retiro.

Fui a dejarla al aeropuerto. La vi alejarse con su mochila y por un momento pensé que podría desaparecer como mi tía Lupita.

Los ingresos de Blanca se habían incrementado exponencialmente desde que empecé a trabajar con ella. No tenía idea de que en las redes sociales se ganara tanto dinero hasta que Samuel me mostró los ingresos en su estado de cuenta.

—No podemos dejar que todo esto se venga abajo, Blanca está abandonando una mina de oro —Me dijo Samuel cuando fui a verlo a su oficina.

—¿Qué sugieres?

—Que la convenzas de que regrese y retome su actividad.

—No lo hará. Conozco a Blanca. Siempre ha ido para adelante, el único cangrejo en la familia que a veces va para atrás soy yo.

—¡No entiendo qué le ocurrió!, siempre estaba contenta con su teléfono tomándose selfies en todas partes.

—Creo que no pudo superar los comentarios de los haters, no importaba que tuviera cientos de miles de likes, ella solo repasaba mentalmente los comentarios negativos, las frases hirientes y los juicios filosos; por otra parte, se sentía muy sola. Dijo que se iba para encontrarse a sí misma, pero yo creo que sigue buscando a su madre.

Samuel insistía en que los seguidores necesitaban al menos una explicación porque ya se estaba volviendo viral el rumor de que había sido secuestrada.

Mandé un mensaje desde su cuenta en Twitter: “Estoy de vacaciones”.

A día siguiente subí hasta la capilla ecuménica de La Paz en la punta del cerro. Aunque desde pequeño siempre me gustó ver la cruz blanca a lo lejos, tenerla de cerca era como sentir la presencia de mi padre. Me quedé un rato observando la escultura de las “dos manos derechas” cuando empecé a marearme. Ya me había sucedido antes por dejar de comer, pero al escuchar los gritos y ver a la gente correr, me di cuenta de que se trataba de un sismo. Ya estoy acostumbrado a que a cada rato tiembla en Acapulco, pero nunca me había tocado uno en la cima del Guitarrón. Me senté en el suelo y fijé la vista en las dos manos de bronce. Extrañaba a Blanca, era como una hermana para mí. Recordé que Santiago y yo estuvimos muy unidos durante la infancia, pero mi madre se encargó de separarnos con sus comparaciones. Odié a Santiago y él no tenía la culpa. Nacer es como participar en la ruleta. Puede ganar el rojo o negro. Mi tía Lupita decía que yo era idéntico a mi abuelo, que Santiago había sacado los genes de papá y yo los de mamá, sin embargo, mi subconsciente seguía sospechando que eso era mentira. Tal vez sí era hijo del lanchero.

—¿Han tenido alguna noticia de James? —me preguntó mi tía una tarde. Yo estaba en plena adolescencia y lo que menos quería era escuchar el nombre de mi padre.

—Nos abandonó Se regresó a vivir a Chicago, no sé nada de él desde que tenía diez años y mi madre no tiene ni su teléfono. Solo sabe que se casó de nuevo y se olvidó de nosotros —le respondí como si estuviera hablando de un trámite sin importancia.

—¿Y entonces con qué crees los mantiene mi hermana?

—Con lo del premio de la lotería que le da intereses en el banco —respondí como el puberto ingenuo que era por esos tiempos.

Me acuerdo del gesto de mi tía cuando le dije lo de la lotería. Como que se quería reír y se contuvo. En mi recuerdo estaba ese pequeño recorte de periódico colgado en la sala que me hacía pensar: ¡somos afortunados!, ¡mamá ganó la lotería! ¿Dónde lo habrá guardado? No lo volví a ver, pero en mis recuerdos conservo esa imagen de mi madre perfectamente arreglada dándole la mano a un señor muy importante. Los grandes secretos de las familias se enmarcan y se exhiben para ocultar las grietas de un hogar dañado.

Creo que ese sismo me sacudió por dentro porque no solo pensé en la inocencia de mi hermano, sino también en la de mi padre y en la probabilidad de que mamá no hubiera ganado premio alguno. Piensa mal y acertarás.

Llegó el día de la videollamada y la casa lucía más limpia y ordenada que en el festejo del bautizo de mi sobrina. El equipo de iluminación de Blanca apuntaba hacia el sillón nuevo listo para el interrogatorio a distancia desde Malasia.

El encuentro duró menos de lo que esperaba, fue informal y definitivamente Sagisi resultó ser la joven encantadora cobijada por la familia sana y feliz que ya había descrito. La nuestra no estuvo tan mal, aunque las sonrisas estuvieron tensas y el nerviosismo se hizo evidente en las voces entrecortadas.

Una semana después recibí a Sagisi en el aeropuerto con un ramo de rosas. Ella se lanzó a mis brazos y recordé lo que Blanca me había dicho de los cinco sentidos, porque amé su olor a coco, su piel suavecita, su voz menos aguda que la que escuchaba a través del teléfono, el sabor dulce de su boca en mis labios y la luminosidad de sus oscuras pupilas.

Los primeros dos días la llevé a conocer las principales playas. Me di cuenta de que no le gustaba mucho el sol por el tipo de traje de baño que usaba: la parte de arriba era una playera de manga larga con cierre y la de abajo era un short rodeado de una faldita con olanes. Ni para meterse al mar se quiso quitar los lentes oscuros y el sombrero.

Sagisi se mostraba más interesada en todo lo que tenía que ver con historia, arte y cultura. Se quedó como diez minutos extasiada ante el mural de Diego Rivera en la casa de Dolores Olmedo.

El tema del mapa no lo quise mencionar ni cuando recorrimos las salas referentes a los temas de navegación, comercio y piratería del Museo Histórico de Acapulco. No quise presionarla. Yo estaba tan feliz con su compañía que lo del tesoro era lo de menos. Teníamos la casa de Blanca en Las Brisas, el auto y dinero suficiente para los paseos.

Mi mamá estaba encantada con ella porque nunca dejó de elogiarle la comida. Le fascinó el pulpo enamorado. Sagisi escuchó con interés todo lo que mamá platicó sobre nuestro pasado mientras le mostraba los álbumes familiares. Me pareció curioso que omitiera lo del premio de la lotería.

Decidí ir despacio y no insinuar un encuentro íntimo hasta que ella estuviera lista. En esas dos primeras semanas descubrí que Sagisi era una mujer segura, se movía sin prisa, siempre estaba de acuerdo y se adaptaba a lo que yo proponía, probaba todo tipo de alimentos y no dejaba de abrazarme, tomarme de la mano y acariciarme la cara.

Todo fue perfecto hasta el día en que fuimos a cenar al Becco. La vista desde la terraza era espectacular: las luces se extendían como el brazo de una galaxia rodeando la bahía. El lugar era tan romántico, que hasta estuve a punto de pedirle matrimonio.

Sagisi me dijo que me amaba, que jamás había conocido a alguien como yo, que tenía dos cosas que confesarme, y esperaba que eso no fuera un problema para nuestra relación:

—La primera es que mi familia no me permitió traer el mapa en este viaje. Dijeron que yo tenía que venir, conocerte y asegurarme de que me aceptas como soy.

—Sagisi, yo te acepto aunque no exista el mapa. Tú eres mi tesoro —La tomé de las manos, pero ella me soltó para continuar:

—La segunda es que soy una mujer atrapada en el cuerpo de un hombre —dijo casi en voz baja mientras le daba vueltas con la cucharita a su café.

—¿Cómo? —pregunté extrañado—. ¿Me estás diciendo que eres hombre?

Quedé anonadado escuchando en un ruido sordo y lejano todas sus explicaciones: No es nada malo. Mi familia me acepta como mujer. Soy una ladyboy. Tratamiento hormonal desde los 12 años. Tengo implantes en los senos. Ya me hice la vaginoplastia. En Filipinas es muy normal. La gente tiene muchos prejuicios. Hasta hay una diputada transexual. Los homofóbicos nos han hecho mucho daño. Pertenezco a una organización Progay llamada STRAP. Necesito saber si me amas y me aceptas como soy.

Me levanté sin decir nada y corrí al baño para vomitar. Me lavé la cara y regresé de inmediato a la mesa. Permanecí de pie. Saqué de mis bolsillos el dinero, las llaves de la casa y del auto y puse todo sobre el mantel.

—Solo necesito que me des un sí o un no —suplicó. Las lágrimas salían por ambos bordes de sus ojos mientras me sujetaba con fuerza del brazo para que no me fuera.

Me zafé como pude y salí de ahí. Caminé. Me sentí engañado. El dolor en el pecho no me dejaba respirar y mis piernas parecían de chicle. No me detuve hasta llegar a casa.

Entré y ahí estaba mamá doblando los trapos de la cocina. La abracé y me deshice en llanto. Ella me acarició la espalda y empezó a llorar conmigo. Me sentí amado. En ese instante comprendí que mi madre me odiaba con sus palabras pero me amaba con sus actos.

—Mañana te voy a preparar un vuelve a la vida y verás que te sentirás mejor —me dijo tomándome de las manos— Si en verdad la quieres, no la dejes ir.

No dormí. Mi cabeza daba vueltas. Al día siguiente el chico de seguridad de las Brisas me llamó para decirme que “la chica se fue y te dejó aquí las llaves”. Sentí que todo el pasado era succionado por un remolino de agua, como si alguien le hubiera jalado a la palanca de un gran inodoro y mi vida, envuelta en mierda, se hubiera ido al caño.

En mi celular tenía cinco mensajes de Sagisi con la misma pregunta: ¿sí o no? Los ignoré.

Decidí escuchar un mensaje de voz que he recibido desde un número desconocido: “Soy Blanca, llego mañana a las diez y cuarto de la noche. Pasa por mí por favor”

Pasó una semana. Me metí de lleno al trabajo para no pensar en nada. Blanca notó que yo no estaba bien, pero no hizo olas. Era tarde y estábamos tomando cerveza en la terraza cuando preguntó:

—¿Sabes por qué regresé tan pronto de mi viaje?

—Ya me lo contaste. Que estaba aburridísimo —respondí tratando de tomar la cerveza sin la espuma.

—No logré la paz interior, pero tuve una epifanía —Blanca hizo una pausa y suspiró—: la vida de verdad siempre estará salpicada de mentiras. Es inevitable. Ya no me importa lo que piensen los demás. Lo importante es construirme el mundo que yo quiera.

—¡Como si fuera tan fácil! ¿Igual que en Secondlife?

—Creo que es lo mismo. Aquí también cada quien diseña su avatar. Todos nos disfrazamos de mil maneras. Aparecemos de un mundo y saltamos a otro. Me gusta pensar que mi mamá se teleportó a otra parte donde es feliz. Lo importante es recrearnos hasta sentirnos auténticos… vivos de verdad.

— Pero, ¿quién eres en realidad?, ¿el avatar o el usuario?

—Creo que al final, ambos son lo mismo. ¿Quién creó el avatar? Es la obra del diseñador. Mi obra soy yo.

Hoy llegué a casa temprano. Hace días que mi mamá no me dirigía la palaba desde que le pregunté si en verdad se había ganado la lotería. La escuché decirme que había suficiente comida en el refrigerador.

—Sírvete lo que quieras —dijo casi cantando—. Tú eres mi premio mayor.

Cuando abro el refrigerador supe que me había perdonado. Mi platillo favorito: relleno guerrerense.

Después de cenar salí a la terraza. Respiré profundo. Miré el cielo: la delgadita luna apenas sonreía a través de las nubes. Tomé el ordenador portatil y me acomodé en la silla tejida. Ingresé a Secondlife y me teleporté a la isla.

Abro los ojos. Soy “PonchoPapagayo” Estoy al borde del acantilado. Salto y caigo de cabeza en las rocas. Recuerdo que soy inmortal y vuelo. Miro con detalle mi avatar. No soy yo. Ni siquiera se me parece. Es hora de ponerle fin a todo esto: Abandono el programa y cierro el ordenador.

Volteo a ver el móvil en el instante en que suena el pitido y aparece de nuevo el mensaje con la pregunta de Sagisi: “¿sí o no?” Escribo:

—“PonchoPapagayo dice que no”

—“Yo digo: tal vez…”

 

También te puede interesar: 

Cuento | «El club de los dieciséis», de Lil Fernández, 1era mención del Premio Estatal «Rafael del Pozo y Alcalá»

También le puede gustar...

1 comentario

  1. Enrique Moreno Romero

    Hermoso cuento Vuelve a la Vida que se adapta a la realidad de hoy , con las redes sociales,la inteligencia artificial, el aislamiento social y de valores refleja una vida de las nuevas generaciones tipo híbrida, será bueno? Será malo? Da miedo?No lo sé, hay que adaptarse a los cambios y estar preparado , resiliencia, aborda un tema fresco no trillado ,te cautiva desde el principio y deja un final apabullante, felicidades a la Autora

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *