Tras la lectura de los cuarenta y tres cuentos recibidos en la convocatoria de la pasada edición del Premio Estatal de Cuento “Rafael del Pozo y Alcalá”, los miembros del jurado, compuesto por los escritores Nicolás Durán de la Sierra, Agustín Labrada Aguilera y Macarena Huicochea, decidieron otorgarle la primera mención honorífica a la escritora cancunense Lil Fernández, por el cuento “El club de los dieciséis”, porque: “Aquí, con buen manejo de tiempos y diálogos, se alcanza un cuento con efectos logrados”.
A continuación, pues, presentamos esta obra, en cumplimiento con las bases de la convocatoria, la cual estipuló la publicación de los cinco cuentos ganadores en este suplemento literario.
El club de los dieciséis
Lil Fernández Osorio
El destino lo alcanzó. David tomó su viejo encendedor Zippo e inició el fuego. Las llamas terminaron de consumir el papel; solo quedó una fina ceniza en el fondo de la sartén. Las palabras y su secuencia se borraron para siempre. Ahora los bitcoins le pertenecían a nadie. Casi trece millones de pesos se esfumaron en menos de un minuto. David, a sus cuarenta y dos años quemó todos sus ahorros producto de su trabajo en el ramo inmobiliario. Quién diría que quemar este dinero es la mejor inversión que he hecho en mi vida.
Hacía veinte días David había enviudado y ahora estaba a cargo de sus tres hijas, un pastor alemán y dos gatos. Las cenizas de Jimena quedaron dentro de una pequeña urna colocada en un nicho iluminado a la entrada de su casa en Lagos del Sol. Quizá deba vaciar estas otras cenizas ahí mismo para que se acompañen. Mejor no.
Salió al patio con la sartén en la mano y de un soplido quiso lanzarlas lejos, pero el viento en contra consiguió empolvarle el rostro. Escuchó a la nanita que iba llegando con las niñas así que salió corriendo por la puerta lateral al tiempo que intentaba limpiarse los ojos con las mangas de su playera. En la calle ya lo esperaba Alfonso. De inmediato, David reconoció el viejo mercedes blanco y se subió cuidando de no azotar la puerta porque si algo le enfurecía a Alfonso era que no trataran su auto con respeto. “Porque tu auto es tu carta de presentación”, le había dicho innumerables veces.
—Ya está hecho. De verdad. Esto ya ni tú ni yo lo podemos deshacer —sentenció David mientras dirigía las rejillas del aire acondicionado hacia su rostro.
—¿Y qué sentiste?
—¿Qué sentí?, ¿qué se supone que deba sentir? No sentí nada, no pensé en nada, solo lo hice y ya —Alfonso movió la cabeza hacia los lados.
—No creo que hayas sido capaz.
—Te lo juro —lo miró a los ojos por tres segundos sin parpadear—. Estoy a nada de ser millonario.
Alfonso y David se conocieron en la secundaria en la Ciudad de México y luego de no verse por años, Facebook los enlazó. Cuando David se mudó a Cancún con su familia en el 2018 se volvieron vecinos y grandes amigos. Compartieron fiestas infantiles, posadas, paseos en yate, carnes asadas y salidas a los bares donde les gustaba ver los partidos de futbol americano.
Alfonso puso Rapsodia Bohemia a todo volumen mientras presionaba a fondo el acelerador en la avenida Luid Donaldo Colosio rumbo al aeropuerto.
—Prométeme que vas a cuidar mi coche, por favor. Ni un portazo, ni un rayoncito ni nada. Así como te lo estoy dejando, me lo regresas —le solicitó Alfonso mientras se miraba en el espejo de la visera. Estaba a días de cumplir los cincuenta años y el poco cabello que le quedaba era todo cano, pero así me veo más interesante.
—No me lo tienes qué repetir. Sé cómo cuidas tu coche. ¿Cuándo te he fallado?
Llegaron a la terminal dos. Alfonso sacó de la cajuela su maleta, su chamarra y la mariconera negra. Se despidieron con un abrazo de varias palmadas.
—Ahora sí que no hay marcha atrás, ya estamos igual. Con este viaje ya empiezo a ganar dinero en serio —dijo Alfonso entregándole las llaves.
—Verás que sí. Paso por ti pasado mañana.
David regresó a su casa y encontró a su hija Greta de doce años preparando muffins de chocolate con ayuda de Estela, la nanita. Las mellizas Aura y Paula de ocho años estaban en el cuarto de tele viendo “Pocahontas” y comiendo palomitas sabor mantequilla. Se sentó con ellas a observar cómo Disney resolvía el conflicto entre hacer lo correcto y lo que dicta el corazón. David miró a las niñas. ¿Así habría sido Jimena a esa edad?, ¿así de buena? Recordó su luna de miel en Marruecos, el país de los mil contrastes. Yo la veía tan hermosa, tan natural. Desde entonces, estaba ciego. ¿Ya era una bruja tóxica, o yo la transformé? El último año y medio había sido el peor. La cuarentena de meses y meses nos acercó para alejarnos. Se supone que estábamos en crisis económica, pero ni le importó. Como la canción “Y ahora resulta”, aprovechó para operarse todo. Quedó chulísima la Jime. “Antes de mí, tú no eras nada.” Vaya que se daba gusto gastando el dinero. Solita cavó su tumba. Hace tres años, cuando estábamos esquiando en Aspen, a cada rato me decía que tenía miedo de una posible avalancha. Este año a principios de noviembre estuvo friegue y friegue que quería ir a ese maldito concierto en Houston con sus amigas. Y ¡pum! Concedido. En el concierto: avalancha humana. Debe haber sido una muerte horrible. Tanto arreglarte el cuerpo para que te pisoteen. Si no hubiera sido por Alfonso creo que me hubiera vuelto loco. Yo estaba aquí encerrado con Covid y él se encargó de todo. Fue a Houston con el poder notarial que le di. Se hizo cargo de todo el papeleo y de la cremación, que fue en Estados Unidos porque era más complicado traer el cuerpo. Y tuve que llorar porque era lo correcto, pero la verdad es que una parte de mí hasta descansó. Las niñas sí sufrieron, pero ya las veo tranquilas. No niego que a veces la extraño. A pesar de todo lo malo, Jime era divertida y cariñosa. Cuando quería… porque fácilmente podía transformarse en un monstruo. David recibió un mensaje de Alfonso. “No quiero saber que estuviste usando mi Mercedes y menos con los baches que aparecieron luego de las lluvias. Ya voy a despegar”
David siempre había pensado que el mundo operaba bajo leyes lógicas y científicas. Nunca se hubiera imaginado que la verdadera riqueza tenía que ver con la práctica de “soltar para recibir” Alfonso y David conocieron a Ramón Olivares en el campo de golf de Puerto Cancún. Luego de la competencia en la que Alfonso y David resultaron ganadores, fueron “a seguirla” en la Veintiuno, la cantina de la plaza comercial, acompañados por un par de jugadores, entre ellos Ramón Olivares.
Ramón sí que tenía dinero en serio. Su yate era el más grande de Puerto Cancún. Ni siquiera lo tenía frente a su casa porque no cabía bien en su propio muelle. Alfonso y David estaban impactados. Ramón atribuía su prosperidad al “Club de los dieciséis” al cual pertenecía desde el 2015. Se hicieron amigos de copa y se siguieron reuniendo para jugar golf. Se enteraron que Ramón tenía propiedades en Estados Unidos, Europa y México. Compraba y vendía empresas. En su bolsillo llevaba como amuleto un mini lingote de oro. Siempre andaba con tres guaruras y en camioneta blindada. Era joven, tenía a lo mucho treinta y cinco años. Cuerpo trabajado en gimnasio, barba de candado muy cuidada y siempre vestía sencillo: mezclilla y playera blanca con tenis. Alfonso era el más interesado en averiguar sobre el famoso Club de los dieciséis.
—Lo que daría por pertenecer a ese Club, o saber cómo funciona, pero Ramón no suelta prenda. ¿No te has fijado que siempre que le preguntamos cambia de tema?
—Yo por eso ya ni le insisto —declaró David—. Ya ves cómo es la gente, en cuanto se vuelven millonarios se suben a su nube y se olvidan de los de abajo.
—Pues yo me quiero subir a esa nube a como dé lugar. Creo que el alcohol le puede aflojar la lengua. Necesitamos cultivar esa amistad para que nos incluya.
—Ya viste que Ramón luego de tres mezcales solo pide sus sueritos de agua mineral. Eso es imposible.
—Pues lo voy a alcoholizar de alguna manera porque tengo que entrar a ese club sí o sí.
—Yo le propuse que invirtiéramos juntos en un terreno en Progreso para un proyecto, pero me dijo que no, así que olvídalo. Y qué tal que en ese Club ya hay dieciséis y no cabe nadie más —respondió David.
—Nunca dijo que dieciséis se refería al número de miembros, eso lo estás asumiendo tú.
Por esos días fueron a Isla Mujeres a pasar el día. Se terminó el agua mineral y por evitar tomarse una coca, Ramón sació su sed con whisky en las rocas y ahí soltó la sopa.
—Yo soy uno de los dieciséis. El Club tiene dieciséis miembros principales. Cada uno a su vez, puede tener un máximo de tres socios invitados. Solo puede haber sustituciones por renuncia o fallecimiento.
—¿Y ya tienes a tus tres socios? —preguntó Alfonso.
—Por ahora no, con esto de la pandemia uno quiso retirarse porque ya es mayor y otro está hospitalizado por un accidente que tuvo la semana pasada.
—¿Qué se necesita para que seamos tus socios invitados? —David lanzó la pregunta sin miramientos.
—¿En verdad quieren unirse? Tendrían que ir a la ceremonia de iniciación que es la próxima semana y luego hacer el voto de renuncia con la dama ciega —Ramón arrastraba las palabras al tiempo que reía.
—Cuenta con nosotros. ¿Dónde es eso?, ¿cómo le hacemos? —preguntó Alfonso.
—La información se les irá dando, pero no pueden preguntar nada.
Al siguiente día Ramón los llamó y de manera seria les explicó todo: La ceremonia de ingreso sería de noche en el Espacio Escultórico de la UNAM en la Ciudad de México. Debían llevar una linterna e ir vestidos completamente de negro y usar cubre bocas.
Los tres viajaron juntos. Ramón se hizo cargo de los gastos. Primera clase por Aeroméxico, Hospedaje en el Camino Real, alimentos en los mejores restaurantes y servicio de traslado en limusina con chofer.
Cuando llegaron al sitio estaban impactados: Una plataforma circular de ciento veinte metros de diámetro cubierta de piedras volcánicas y rodeada por sesenta y cuatro figuras geométricas de cuatro metros de alto cada una. El escenario principal era sin duda las rocas del centro y el cielo despejado. Llegaron tarde. Frente a cada figura ya estaban cada uno de los socios. Cada uno sosteniendo su linterna alumbrándose el rostro oculto por la mascarilla. Ocuparon sus lugares y dio inicio la ceremonia. Todos caminaron en silencio dando una vuelta alrededor del enorme anillo de piedras hasta regresar a su lugar. Repitieron la caminata en sentido opuesto. Luego, los dieciséis de mayor rango bajaron hacia las piedras volcánicas y dijeron algunas palabras que los demás no alcanzaron a escuchar. Cuando Ramón regresó a su lugar, les pidió a David y a Alfonso que escalaran cada uno su piedra y luego bajaran. Les costó trabajo, pero lo lograron. A lo lejos, alcanzaron a distinguir a tres más haciendo lo mismo que ellos. Deben ser nuevos como nosotros, pensó David.
—Han logrado escalar sus miedos y han hecho girar la rueda de la verdadera fortuna. Ya están a un paso de la iniciación —declaró Ramón con seriedad—. Ahora vayamos al hotel para que reciban su diploma de ingreso. Esto no fue lo complicado. El verdadero reto es con la dama ciega.
—¿En qué consiste? —preguntó Alfonso.
—Recuerda que no debes preguntar. De todos modos, te explico: No hay riqueza que pueda surgir sin inversión. Lo importante en el club no es que pongas dinero, sino que seas capaz de probar tu capacidad de desapego que será proporcional a lo que recibirás. Cuando ingresé hace seis años, la verdad, me vi muy codo porque solo hice el voto de renuncia con parte de mis ahorros y por eso me tardé más años en llegar a lo que tengo ahora. Es decir, si hubiera renunciado a cuatro millones que era lo que tenía en ese entonces, en vez de renunciar a tres, porque por desconfiado me guardé uno, entonces hubiera construido esta misma fortuna en la mitad del tiempo.
Los ojos de David se achicaron y tomó una postura de desconfianza. Recordó la ocasión en la que Jimena se peleó con dos de sus mejores amigas porque la invitaron a la estafa de la flor de la abundancia. Un esquema ponzi insostenible en el que perdieron cerca de treinta mil pesos. A cada rato me burlaba de ella diciéndole: “inocente palomita”
—Si quieres tardarte cinco años en hacer tus primeros dieciséis millones, pues renuncias a tres millones. Si deseas generarlos en un año pues renuncia a quince. El dinero no se lo queda nadie, simplemente renuncias a él y punto. Mientras seas capaz de renunciar a más, obtienes más confianza y proyectos en el club. Es una cuestión de energía.
Esa noche David y Alfonso discutieron ampliamente porque los dos tenían miedo de perder su dinero. Pero estaban seguros de que los otros sesenta y dos miembros del club, incluido Ramón, estaban fundidos en dinero.
—La desventaja es que no podemos preguntar. Es como si nos estuvieran evaluando a ver qué tanto pensamiento de pobreza y escasez tenemos —reflexionó Alfonso en voz alta.
—Pero yo tengo familia Alfonso. Tú ya te divorciaste y no tienes hijos. No tienes mucho que perder.
—Bueno, entonces probemos. Yo voy a entrarle primero, y si veo que esto es como dice Ramón, pues me sigues. ¿Va?
Ramón les explicó cómo debían presentarse ante la dama ciega. Pasar a bitcoins la inversión a la que querían renunciar. El rito con la dama ciega era personal. El primero en ir fue Alfonso, quien le platicó a su amigo:
—Estuvo super raro. Me sentí como cuando en la película The Matrix, Neo va a ver a la pitonisa. Llegué a la dirección que me dieron. Ahí, cerca de Garibaldi, en una de las callecitas en una vecindad de esas viejas. Hasta pensé que me había equivocado. Cuando por fin di con el número interior, la puerta estaba abierta, así que dije “buenas tardes” y la señora me dijo: “pasa, hijo”. Olía a fritanga y cebolla. Era literal un cuchitril. Me pidió que me sentara frente a una mesita cubierta con un mantel de terciopelo azul. Ya cuando la vi de cerca pues sí me di cuenta de que estaba totalmente ciega. Ambos ojos, todos grises y opacos. Con voz toda ronca todavía me preguntó si quería fumar. Obvio dije que no. Luego ya me hizo la pregunta que nos platicó Ramón.
—¿Vienes a demostrar que eres capaz de renunciar a lo poco que tienes a cambio de lo mucho que quieres?
—Sí. A eso he venido. Renuncio a lo que hay en este papel.
Y entonces la viejita despeinada colocó sobre el papel una especie de tapa de olla que tenía ahí a un lado y acercó su oreja a la tapa, como si esperara instrucciones, y luego me dijo:
—El destino te ha alcanzado y te pide que sueltes este papel en el escusado. Lo dejarás ir para que llegue la fortuna de verdad.
—¿Y lo tiraste? —preguntó intrigado David.
—Sí, anoche lo tiré y hoy en la mañana me llamó Ramón para decirme que tengo que ir a Nueva York a hablar con unos inversionistas. O sea, la energía ya se está moviendo como nos dijo Ramón.
Esa misma tarde David compró los bitcoins, y viajó a la Ciudad de México para ver a la dama ciega. El procedimiento fue similar a lo que le platicó Alfonso, excepto que le pidió que después quemara el papel. Regresó a Cancún y decidió que lo haría hasta la mañana siguiente.
Por la noche Alfonso le llamó en un estado de euforia.
—David, te estoy mandando la foto de lo que me acaban de depositar como anticipo los inversionistas de Nueva York. ¡Cinco millones! Haremos un mega proyecto por Mahahual. Es tan solo el diez porciento del total que voy a recibir. ¡Sí funciona hermano!, ¡Nos ganamos la lotería! Mañana tengo que viajar a verlos. Nos veremos en Nueva York. ¿Por favor me llevas al aeropuerto?
—Sí, por supuesto.
—¿Ya hiciste lo que te pidió la dama ciega?
—Mañana lo haré.
—Pues ya te llevo ventaja —dijo sonriendo—. Paso en mi coche a tu casa a las doce para que me lleves.
Habían transcurrido ya varias horas desde que David quemó el papel y nada había ocurrido aún. Quiso llamar a Ramón, pero entraba buzón. Debe estar en la junta con Alfonso y los inversionistas. Revisó los mensajes de Whatsapp buscando la foto del depósito del que le habló Alfonso. Estaba borrosa pero sí se alcanzaba a leer la cantidad. En ese momento, le llegó un mensaje. ¿Del celular de Jimena? Se supone que ese día de la avalancha humana ya no apareció su teléfono. El mensaje decía:
“Inocente palomita, dice Alfonso que disfrutes el coche”
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