Carlos Zamora
La escena pretende ser pura. Por eso todo es blanco. Extremadamente blanco. Quizás lo menos blanco sean los personajes. Tal vez el autor no pudo colorearles la sangre como hubiera querido y salieron así como están. Ni siquiera pálidos. Pero extremadamente parecidos. El uno, la copia envejecida del otro.
Hablan. Pero no conversan. Como si un espejo mediara entre ellos. Las voces guardan una disciplina militar. Quien solo oyera el murmullo de las palabras creería en una conversación. El más joven dice: Eres un mierda. Y la voz es como una tapa sobre llanto hirviendo. A punto de derramarse. El mayor dice: Eres un mierda. Y es un tono apagado. De convicción.
Los dos cuentan sus vidas. Al menos una porción que ellos consideran importante. Y no es la misma historia. Ni la asumen con la misma actitud. Si pudieran oírse quizás discreparan. Al parecer existen versiones contradictorias. Porque no es la misma historia; lo hemos dicho. Pero es la misma vida. A esta conclusión no se puede arribar sin estar implicado. Ustedes deben haber imaginado que les conozco. Sin embargo, la familiaridad no es recomendable en estos casos. Pueden luego decir que no soy objetivo. En fin.
La escena transcurre. De uno y otro lado se explica. Se dan golpes en el pecho. Se reflexiona con el pulgar y el del medio sobre las sienes. Un monólogo común, diría el crítico. Yo tengo otra opinión.
Casi al final uno se percata de que al joven le ha crecido el cabello y gesticula con irreverencia. Estas características deben haberse desarrollado durante todo el tiempo y uno no se percató por estar atendiendo otros aspectos. Quizás por estar atendiendo el otro lado. Es lo que pudiera considerarse una brecha. El problema es que el individuo es un peludo irreverente y no sabemos la causa. Un problema generacional. Lo más probable.
Del otro lado también han pasado cosas. Es decir, el señor de acá tiene un cenicero lleno y huele a alcohol. Estas características deben haberse desarrollado durante todo el tiempo. Y no me percaté por estar atendiendo otros aspectos. Quizás por estar atendiendo el otro lado. Todo no puedo contarlo. Hay movimiento del lado joven. El muchacho está vestido de servicio militar. Y pelado. Y nadie va a despedirlo a la estación.
Del lado mayor también tengo noticias. El hombre está vestido de novio repetido y sonríe al fotógrafo.
Algo funciona mal. Las cosas no son tan sencillas. Seguramente la muchacha llegó en el último minuto y dice un adiós de película al jovencito. Él tendrá que escaparse de la Unidad. La muchacha le abandonará por otro. Tiene que ser así. Por supuesto que cualquiera se percata de la sonrisa a medias del recién casado y de que en algún momento de la fiestecita matrimonial el tipo está abúlico. Las cosas son así. Hay problemas para rato.
¡Eh…! ¡Oye!… ¿A dónde van?
Se observa al narrador tras los personajes, que han dejado el escenario vacío. Sin embargo le resulta muy curioso que los aludidos no tenían, objetivamente, ninguna salida. Por otra parte todo luce su color normal.
El narrador, abstraído, se sienta en una de las dos sillas permanentes en el escenario y experimenta una especial atracción por la silla de enfrente.
En la medida que va dirigiendo su cuerpo hacia ella percibe un resplandor ascendente y un frío blanco comienza a colorear la escena que a él se le antoja su propia habitación; el espejo de hace veinte años… y esa primera frase… con tono apagado, pero de convicción: Eres un mierda. Por supuesto, no puede reconocerse… del otro lado.
Carlos Zamora (Matanzas, Cuba, 1962. Entre sus libros figuran Estación de las sombras, En la mañana viva, Guantanamera, A Puerto Blanco no llegan las lluvias, Cada día la eternidad… En 2016, su poemario Bitácora obtuvo el Premio Internacional de Poesía Caribe-Isla Mujeres (México).
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