Saulo Aguilar

Desde que nos sentamos, no ha dejado de mirarme las tetas. La charla entre ellos continúa con temas como la bolsa de valores, la crisis, la candidatura presidencial de un fulano en un país de América Latina o cosas por el estilo. Hacen pausas para elogiar el vino que beben y yo me limito a sonreír, a fingir que nuestro anciano anfitrión no me mira el escote mientras se le hace agua la boca, pero lo tengo todo bajo control. Justo eso es lo que quiero.

El anciano interrumpe la charla con el pretexto de estar harto de la política, dice entre risas que hay cosas mucho más importantes. Todos ríen con él. Me pregunta cuál es mi nombre. Svania, respondo. Es un nombre muy hermoso, señala, le gustan los nombres fuertes, con carácter, pero hermosos como yo.

Jhon, a quien acompaño, me regaña con la mirada. Lo ignoro.

Me pide hablar sobre mí. Respondo que me da mucha pena, pero insiste. Jhon susurra que conteste. Actriz y bailarina, incluso me invento un currículum de presentaciones por todo el mundo con el ballet de la Habana, Cuba. El anciano lo cree todo y me responde que se nota mi talento.

Jhon me dirige otra mirada severa, pero lo ignoro.

Estos ricos siempre creen todo lo que se relacione con el ballet porque jamás lo han visto, ni siquiera las presentaciones de sus hijitas.

Le pregunto a qué se dedica, los demás ríen, pero él los silencia levantando su mano. Una blanca sonrisa le cruza la cara, estirando su piel aún más. Se limita a decir que nada con importancia. Ríe, los demás ríen con él. Sonrío.

Los camareros nos traen la cena. Cortes de carne y langostas invaden la mesa. Yo he pedido una ensalada de la que sólo probaré tres o cuatro bocados. El anciano pide al camarero que me sirva más vino y este me llena la copa de inmediato. Detesto el vino.

Luego lo miro mientras mastica un pedazo de carne medio ensangrentando, con sus dientes blancos que poco a poco se tornan marrones. Tras unos minutos nadie termina su cena. Los camareros recogen los platos a medio comer y se los llevan.

Me sigue mirando las tetas.

Jhon me pellizca el muslo por debajo de la mesa. Devuelvo el pellizco con más fuerza. Luego se levanta y dice que tiene que salir a fumar, los demás se ofrecen a acompañarlo, se levantan y salen al balcón del restaurante. Nos dejan solos y el viejo se sienta a mi lado. Mira a su alrededor, se acomoda el cabello con cuidado, como si no quisiera tocarlo o no pudiera o aquello fuese peligroso. Seguro es un bisoñé, me digo mientras desvío la mirada. El tipo llama al camarero, pide un whisky seco y una piña colada para mí. Le digo que me encantan las piñas coladas. Miento.

Las bebidas llegan a la brevedad, como si ya las tuviesen preparadas. Sorbo del popote muy despacio, le digo que pareciera que me conoce de toda la vida. Me guiña el ojo y da un trago a su vaso de whisky hasta vaciarlo.

Pregunta si Jhon es mi novio, le respondo que somos sólo amigos. Sonrío, el chiste es siempre sonreír. Me dice que le gustaría ser mi amigo. Le digo que eso me gustaría, que podría conocer a su esposa, pero él se carcajea y me responde que es un soltero codiciado. Me guiña un ojo.

Siento su mano acariciar mi rodilla, pero no hago nada, lo dejo creer que lleva la iniciativa. De lo contrario pensaría que soy una zorra y las zorras obtienen lo suyo, pero nunca pasan de una noche. De todos modos, no tiene valor para meter la mano y acariciarme la pierna, nunca lo hacen y ahora no es la excepción.

Retira su mano cuando Jhon y los otros regresan. El camarero se acerca y nos ofrece el postre, pero nadie tiene apetito. En su lugar piden la cuenta, nuestro anfitrión da su tarjeta de crédito al camarero, los demás dicen que no es necesario. Él insiste y cuando firma el váucher, me guiña el ojo de nuevo. Payaso.

Nos levantamos, salimos del lugar y, mientras esperamos a que traigan los autos, todos comienzan a despedirse y abrazarse. Cuando me despido de él, me dice que ha sido un placer, yo le doy un beso en la mejilla, susurro en su oído que me la he pasado muy bien. Él me entrega su tarjeta, me pide que le llame cuando quiera.

Subo al auto y emprendemos el camino hacia mi casa, en completo silencio.

Cuando nos estacionamos en la entrada, Jhon me pregunta qué ha pasado. Le digo que lo de siempre, que le he hecho creer al anciano que es todo un Casanova. Después, nos reímos un rato y hacemos chistes del horrible peluquín del viejito, de su cara llena de bótox. Me dice que le he salvado el trabajo y me entrega mi paga en un sobre. Cuando sea primera dama yo seré quien le pague a él, bromeo. Ambos reímos durante un rato hasta agotarnos. Me bajo del auto y camino hasta mi casa.

Al entrar, arrojo los tacones por un lado, dejo el bolso en el suelo y me voy directo a la cama. Ahí me dejo caer, como un costal lleno de piedras, y comienzo a dormirme de inmediato. No quiero desmaquillarme, mucho menos soltarme el cabello o lavarme los dientes. Todo el ritual nocturno me da una gran flojera.

Me siento agotada, exhausta. Me duele la cara, estoy cansada de tanto sonreír.

Saulo Aguilar Bernés (Chetumal, México, 1993). Es autor del libro Cosas de juego. Ha sido becario del programa Interfaz en narrativa y Jóvenes Creadores del FONCA (2020) en cuento.

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