Acucioso estudio sobre las novelas Claudio Martín, vida de un chiclero (1938), de Luis Rosado Vega, y Chicle. Ensayo de novela del trópico mexicano (1951), de Enrique Vázquez Islas, centradas en el mundo chiclero del Territorio de Quintana Roo.

Por Norma Quintana

(Segunda parte)

En Claudio Martín, vida de un chiclero encontramos el tono de denuncia social, la búsqueda de esos signos tipificadores que prefiguraban la imagen del Caribe mexicano y, como uno de sus tópicos centrales, la conceptualización del enfrentamiento hombre-naturaleza al estilo de la novela telúrica; sólo que, a diferencia de aquella, su núcleo ideológico no es —o no pretende ser— el conflicto civilización contra barbarie, sino la lucha de clases y en sus páginas el hombre entra en contradicción con su medio por causa de factores externos: las empresas explotadoras del chicle y sus testaferros en suelo quintanarroense; todo ello ensamblado a partir del método realista, que consiste en presentar personajes típicos en circunstancias típicas.

Sin embargo, una serie de elementos, incompatibles entre sí e introducidos por el autor en este plan maestro, hacen que la novela pierda el rumbo, se dispersen sus objetivos en una amalgama de propuestas disímiles que le restan consistencia, hacen que se rompa la armonía entre la forma empleada y los contenidos y, en suma, comprometen el resultado final.

En Claudio Martín…, cuyo tema es, en su formulación más general, la pérdida de la inocencia, se cuenta la historia de un joven humilde, nacido y criado en Cozumel, que después de una infancia llena de estrecheces materiales, pero plácida y hasta cierto punto feliz por haberse desenvuelto en el ambiente idílico de la isla, se engancha como chiclero para trabajar en la selva y en esta aventura a la cual lo impulsa, más que la ambición de una mejoría económica, un indefinible destino por él reconocido y aceptado, arrastra a su familia —una vieja tía y una hermana más bonita que recatada— y con ella su desgracia, pues el infame contratista de la compañía comienza a asediar sin intenciones honestas —y con éxito— a la joven, hecho intolerable para Claudio, quien decide matarlo, precipitando así su destino tanto más fatal cuanto pierde también a su hermana, víctima de los celos de una negra beliceña, y a su novia, quien muere de tuberculosis en el hato caobero donde trabaja su padre. Finalmente, el muchacho se suicida cortando con su machete la lazadera que lo une al árbol donde chiclea.

La acción se sitúa en un año no definido, pero cercano a la fecha en que la capital del Territorio se trasladó a Payo Obispo, alrededor de 1935, mientras el narrador en tercera persona está colocado en un presente desde el cual evalúa el pasado inmediato con la perspectiva de quien ve superadas, o en vías de superación, las injusticias del contexto social culpables de aquellos infortunados sucesos. En el capítulo final, que funciona como epílogo, se hace una rápida evaluación del proceso revolucionario y de cómo puede influir en la transformación de la vida en Quintana Roo para que la historia de Claudio Martín sea en lo adelante el testimonio de un tiempo difícil dejado atrás para siempre por la nueva sociedad.

El espacio novelesco, por su parte, abarca los escenarios clave del territorio: Cozumel, Payo Obispo, la selva, los campamentos y el Río Hondo. La acción se traslada incluso en alguna oportunidad a Belice, con lo cual queda representado, íntegro, el universo fronterizo con toda su compleja gama de interrelaciones.

Claudio Martín… es como un gran fresco por el que desfila, con sus sueños y sus ambiciones, un abigarrado complejo humano hecho de prófugos, aventureros, buscavidas, asesinos, renegados, prostitutas, empleados públicos corruptos, obreros eventuales seducidos por la engañosa promesa de hacer dinero fácil —los enredados en los cantos de sirena de la fiebre chiclera—, comerciantes, oportunistas, mujeres humildes que se ganan el pan en los hatos y son usadas como objetos para aplacar la lujuria de hombres embrutecidos por el trabajo en el “infierno verde”, capataces ignorantes y brutales, contratistas extorsionadores al servicio del capital extranjero que agregan a esta explotación la de sus propias artimañas para sangrar los ya de por sí exiguos salarios de los trabajadores, hombres honestos y desesperados en busca de sustento, turcos, beliceños, gitanos, indios, gente de todas partes de México y del mundo revuelta en una caricatura de sociedad disforme, sin ley y sin arraigo, donde impera la violencia.

Los funcionarios son venales, los contrabandistas beliceños siguen haciendo fortuna con la riqueza forestal mexicana mal vigilada por un gobierno indiferente. Los ingleses se siguen entrometiendo en el territorio, a través de la compañía chiclera cuyas oficinas están en Belice. El juego y el alcohol son las distracciones favoritas, y las riñas y los homicidios el pan de cada día.

A Rosado Vega no se le quedó nada en el tintero, ni siquiera el recuerdo todavía sangrante de la Guerra de Castas. Tal y como lo habría hecho Balzac, nuestro autor se dio a la tarea de presentar elementos característicos de un contexto a través de personajes que fueran el reflejo de las pasiones, los intereses, los estratos sociales, los vicios, las debilidades… en una palabra: tipos, y en eso responde al método realista; pero todo este esfuerzo se descompone cuando permite, por una parte, que el dibujo caricaturesco de algunos personajes los aproxime demasiado a la sátira, donde se siguen otros patrones creativos, lo cual causa incongruencias dentro del texto y, por otra, que el influjo de escuelas y corrientes diversas de pensamiento invadan a menudo el esquema conceptual de la novela.

Así, los personajes de Chucha, una alcahueta cortada a la medida de La Celestina, y su pareja el Pisacallos, escoria entre la escoria, permanecen en un limbo entre la narrativa española renacentista, la novela naturalista francesa al estilo de Zola y los Tenardier de Los miserables. El presidente municipal de Cozumel —don Ramoncito—, su secretario Teul y Nicho, el intérprete de los norteamericanos, son deudores de la picaresca que parecen salidos de un sainete costumbrista yucateco. La mujer del capataz del hato La Esperanza —doña Candita— es una deslucida caricatura de doña Bárbara, etc.

Pero acaso con esas dificultades podría salvarse la novela si no fuera por la falta de cohesión interna que se genera al no corresponderse sus objetivos de denuncia social, a partir de las alusiones explícitas a las diferencias de clases, con un argumento basado en una historia individual de matices románticos.

La historia de Claudio Martín, personaje construido según los estereotipos del romanticismo y cuyo conflicto clave tiene origen en la ética, en el sentimiento del honor, no encaja en una concepción general que pretende tener como centro una actitud contestataria frente al problema de la explotación capitalista en el sureste mexicano.

La pareja Claudio Martín-María del Pilar, su desventurada historia de amor, es el eje de una línea argumental cuya trama contiene el rezago romántico de la novela. La idea de Claudio de que su vida está marcada por la fatalidad —lo cual se remacha dentro de la novela con la forzada aparición de una gitana que lee la mano al protagonista—, su misma actitud al dejarse arrastrar hacia el crimen y el suicidio por fuerzas que lo gobiernan a pesar de sí mismo, diluyen y desdibujan ese propósito de denuncia, aunque de manera ingenua el autor trate de relacionar la historia de Claudio Martín con el ángulo crítico del texto:

“Para otros lo cierto era que el crimen había sido el producto directo de aquellos amores con los que Claudio Martín nunca pudo transigir. Una vendetta pasional. De ambos puntos de vista nacieron hasta violentas discusiones. Claro que de todo había habido en el asunto, pues la actitud de D. Casiano seduciendo a la hermana de Claudio no era en realidad sino una derivación de su engreimiento como contratista al servicio de una empresa poderosa, de la conciencia de su poderío y su autoridad que se le antojaban sin límites hasta poder disponer de la misma honra de sus trabajadores.” (Rosado, 1938: 187.)

Pero el hecho de que el autor intervenga en la novela a través del narrador y culpe a la explotación capitalista de la desgraciada existencia de su héroe no resuelve el problema a nivel de estructura interna, y Claudio Martín se desplaza por el escenario de la obra como un testigo interesado en los problemas de los chicleros, a quienes se aproxima sin involucrarse de lleno, siempre más atento a su propio conflicto, para invariablemente terminar en una confusa elucubración donde se mezclan la rebeldía ante el orden injusto, sus problemas personales y el peculiar convencimiento de que tiene marcado un destino, sin escapatoria posible:

“Estas cosas lo entristecían, lo tornaban cada vez más taciturno. Se veía dentro de un medio hostil en que todo chocaba con su temperamento demasiado sensible, puntualizándolo especialmente en dos circunstancias: en la cruel explotación de que era víctima el hombre arrojado a aquellas condiciones de vida, de vida necesariamente cruel y dura, y en la sombra que arrojaba sobre su misma existencia aquel desalmado contratista, el Sr. Menéndez, que atravesado en su camino encarnaba para Claudio Martín la misma fatalidad.

“Pensaba entonces en la posibilidad de cambiar de trabajo, buscar otro ambiente, ya que en aquel dentro del cual estaba era irremisible sufrir todas aquellas cosas…Pero inmediatamente surgía en su mente la desesperanza en una fría interrogación:¿Para qué, qué conseguiría con el cambio? Su vida estaba destinada seguramente a ser combatida de aquel o de otro modo. A partir de aquí, su pensamiento se salía del plano real de las cosas, influido por una especie de superstición cada vez más aguzada. Creía ya a pie juntillas en su destino y era evidente que su destino estaba allí. En fin de cuentas, consideraba que era la misma fatalidad la que lo había conducido a engancharse como chiclero precisamente para empujarlo a una vida desventurada…” (Rosado, 1938:144.)

La situación de sus compañeros, las precarias condiciones de vida, la falta de atención médica, la usura practicada a través de la tienda de raya, los atropellos de los capataces, los salarios miserables, son como un filme en blanco y negro por delante del cual pasa Claudio, se detiene, observa, y a veces participa, pero sigue de largo en pos de su trágico fin.

Al final está claro, pues lo dice el propio narrador, que Martín no es sino una víctima, la encarnación del desvalimiento de los humildes ante los explotadores, pero una obra que pretende colocar sobre el tapete los problemas sociales no puede poner como centro de su acción el avatar de un personaje como este y dejar a los hechos que supuestamente constituyen la médula de sus planteamientos como telón de fondo.

Por otra parte, las intervenciones de la masa, representada por un grupo amorfo de trabajadores de los cuales apenas si se conocen dos o tres nombres, caracterizados en conjunto como hombres rudos, violentos, dominados por los instintos y sin conciencia clara de sus intereses, son inconexas, desordenadas, sin objetivos ideológicos y, por tanto, estériles.

Ellos sólo reclaman cosas concretas cuando la vida se les hace insufrible, las demandas y conatos de rebeldía son acallados con falsas promesas y todo vuelve al principio. La huelga obrera es un episodio más, sin antecedentes, visto como de pasada. El personaje del Cachimbas, quien al principio se perfila como un posible dirigente proletario, resuelve sus inquietudes con maldiciones y rezongos por lo bajo, con alguna bravata lanzada al aire, y el único momento de la obra en que parece participar en una acción de protesta y convertirse en un mártir de la causa trabajadora resulta ser un sueño.

Al final, los compañeros de trabajo, testigos del drama, hacen de Claudio un símbolo, pero un símbolo de sus propias vidas miserables y sin futuro: su muerte no ha servido de nada, es sólo la metáfora de una situación insoluble.

El problema clave en la construcción del personaje central en esta novela no es que su protagonista sea la víctima de una dinámica social injusta y no un héroe, sino que parece llevado por la fuerza hacia su destino, pues el perfil psicológico trazado por el autor no se ajusta con las características de un derrotado, de un suicida.

El carácter de Martín es una amalgama mal avenida de sensibilidad, honradez, melancolía, orgullo, fuerza de voluntad, testarudez y cólera, pero no parece verosímil su tendencia autodestructiva, ni la melancólica y silenciosa naturaleza que se le atribuye bastan para justificar el suicidio de un joven que ha decidido labrarse un futuro trabajando en el rudo oficio de chiclero, que rechaza altivo los vergonzosos ofrecimientos del contratista, que planea la muerte del canalla y la ejecuta sin muchos miramientos.

Los creadores de las obras que inspiraron a Rosado Vega tuvieron también dificultades para resolver problemas técnicos en sus textos, aún cuando en aquel momento sus búsquedas sentaron una pauta para el quehacer literario en Latinoamérica. Si la poesía entonces ya conocía y asimilaba las renovadoras enseñanzas de la vanguardia, los elementos estructurales y lingüísticos de la narrativa continuaban bajo los parámetros de la novela tradicional, con patrones de concepción que en muchos casos procedían de la estética naturalista, realista y modernista, y una de las dificultades más patentes en la novela latinoamericana durante ese período fue la falta de caracterización de los personajes, reducidos a una rígida condición de arquetipos.

Algo similar, y por extensión, le sucede al autor yucateco, quien al tratar de darle complejidad psicológica a un protagonista, ya concebido de antemano como símbolo, sólo consigue un resultado incoherente:

“Sí, había que aceptar el destino, claro que luchando, claro que oponiéndose a él en todo lo que fuera dable, porque ese era su temple, porque esa era su voluntad, su decisión, fuerte y segura, aunque eso sí, sin ninguna esperanza de vencerlo.”(Rosado,1938:144.)

También afecta a la novela el código verbal al que se somete su discurso: fórmulas extemporáneas, imágenes modernistas, frases y diálogos convencionales, largas parrafadas del narrador omnisciente con explicaciones sobre los hechos y la conducta de los personajes, verbosidad excesiva y retórica.

Tiene, sin embargo, pasajes de gran fuerza en descripciones plenas de una dramática intensidad, como cuando narra el traslado de los chicleros hacia los hatos a través de un Río Hondo nocturno, de amenazadora y terrible hermosura:

“Afuera: las aguas del río, negrura que se movía como se mueve un telón tendido por tierra y agitado por el viento, hacían espumas a proa y a popa de las embarcaciones. Era un hervir de espumas trizadas que la misma oscuridad de la noche hacía más blancas. En proa, aquel espumoso efervecer se abría en dos a ambos lados de la embarcación y parecía un cabello fúlgido, largo y desgreñado. En popa, la espuma cobraba las trazas de una cola fantástica que se encrespaba a borbotones en su raíz, descendiendo luego en descensos ondulantes y temblorosos, hasta tenderse mansamente, ya más lejos, sobre la líquida superficie.

“La formidable vegetación de las márgenes era algo fantasmal y dantesco, formas de pesadilla trazadas en la negrura de la noche. Monstruos de enormes brazos y enormes cabelleras que parecían correr en sentido contrario al de las embarcaciones. A veces, parecía que se agrupaban aquellas formas indescriptibles y que venían aceleradamente sobre las barcazas para estrellarse sobre ellas. Se sentía esa impresión y el miedo agitaba los corazones.” (Rosado,1938:109.)

Ello demuestra que en nuestro autor había un poeta con una capacidad perceptiva de alto vuelo. Incluso los remanentes de modernismo dispersos por sus páginas pueden tener de pronto chispazos afortunados de impresionismo pictórico, como en la lírica, y absolutamente plástica descripción de los hombres cociendo el chicle:

“Veteados aquellos hombres por el sudor que humedecía y atezaba sus pieles, y al resplandor de las hogueras crepitantes, semejaban nuevos Vulcanos en su labor ígnea, con más que el marco era aquí mejor que el de un taller, más suntuoso, más bárbaro quizá, pero por lo mismo más bello ya que lo formaban la enorme selva enfebrecida de sus propias savias; aquel cielo del trópico de añil encendido y cristalino en las tardes secas y aquel crepúsculo de franjas enrojecidas y niebla de oro.” (Rosado,1938:136.)

Llevado por las ideas de determinismo geográfico que sus modelos literarios —Rivera y Gallegos sobre todo— adeudaban a la novela naturalista, Rosado Vega explota al máximo la posibilidad brindada por el escenario de la selva quintanarroense y su traumático lazo con los hombres para mostrar el poder destructor de los bosques, su índole de fuerza oscuramente hostil (como de animal al acecho), su influjo sobre la condición moral de los individuos: tópicos que en Claudio Martín producen escenas de cruda violencia, como la violación de Lupita en la cueva del cenote y el duelo entre dos chicleros provocado por este hecho, las grotescas escenas del viaje en la gabarra y, en especial, el estremecedor pasaje digno de una página en La vorágine en que Pepe Antonio ve, con una mezcla de fascinación y horror, cómo se hunde un soldado en una tembladera:

“El pantano deglutía a su presa lentamente, saboreándola como si sintiera un placer sensual en aquel engullimiento. Se adivinaban sus fauces elásticas adquiriendo las distintas formas del cuerpo conforme lo iba succionando en un movimiento glutinoso y adhesivo.

“Todavía aullaba el hombre como si aún le quedara una última esperanza de salvación. ¡Acaso pensaba, acaso en locura de agonía en plena vida, siquiera que la cabeza le quedase afuera, aun por los siglos de los siglos de los siglos…Y aullaba…, aullaba…! Pepe Antonio, aunque resuelto a no ver más, no pudo resistir la morbosa curiosidad. Se volvió de nuevo para dar un vistazo, casi enloquecido también por los aullidos del hombre que parecía que le horadaban el cerebro. Y vio…,vio lo que quedaba del desventurado fuera del agua; apenas el pecho y la cabeza, pero los brazos todavía en alto, como con la esperanza de salvarlos… Y aullaba…,aullaba, pero cada vez más aquellos aullidos atrozmente lastimeros se iban debilitando y era que al hombre se le acababan las fuerzas hasta para pedir auxilio.”(Rosado,1938:228.)

Claudio Martín, vida de un chiclero está escrita en un estilo que tiene abundantes y visibles rezagos de modernismo, se aproxima a los hechos para tratarlos según el método del realismo, tiene momentos de crudeza de estirpe naturalista y todo ello sirve de encuadre a la historia de un héroe esencialmente romántico. Mezcla aturdidora, pero nada extraña en la novela latinoamericana de su momento, explicable por el entrecruzamiento de influencias llegadas a nuestra literatura de forma irregular y que fueron asimiladas en ciclos imprecisos. Por ello no sería justo valorarla según puntos de vista excesivamente rígidos.

La estimativa sobre esta muestra de la novelística peninsular debe basarse en su valor como esfuerzo por atrapar un fragmento de realidad casi ignorado y tan importante como cualquier otro dentro del complejo de elementos conformadores de la multiforme nación mexicana. Sus fallas son producto de una etapa, sus aciertos la colocan con todo derecho dentro de los hechos artísticos que intentaron dar un rostro al México revolucionario y para Quintana Roo es un pedazo insoslayable de su historia cultural.

Norma Quintana Padrón (Pinar del Río, Cuba, 1956). Funge como catedrática en la Universidad Autónoma de Quintana Roo y es autora de los poemarios Éxodos, Memoria de mis días, y De pólvora y jazmines, así como de numerosos ensayos, artículos de fondo y reseñas críticas sobre literatura y artes visuales, con énfasis en la historia literaria del Caribe mexicano.

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