Enrique Sáinz

(Primera parte)

Las meditaciones de María Zambrano, en cualquiera de sus temas y propuestas, poseen siempre el sugestivo encanto de una ejemplar claridad y de una sabiduría engendrada en la pasión, esa fuerza magnífica que nos mueve a adentrarnos en los problemas y cuestionamientos para hallar una respuesta o una definición esclarecedora.

Las páginas de su libro La agonía de Europa no son menos hondas y lúcidas que las de sus restantes obras, igualmente sustentadas en innumerables lecturas capitales de los grandes maestros del pensamiento occidental y en un pensar propio, muy español, cuyas raíces están en quien fuera el incitador de sus páginas iniciales y autor de Meditaciones del Quijote (1914), libro paradigmático de la prosa filosófica española del siglo xx.

El estilo de María Zambrano, de manera específica en los cuatro ensayos que integran La agonía de Europa, está despojado de todo tecnicismo y fluye con una naturalidad que nunca está vacía de contenidos fundamentales, ni carece de incitaciones para que los lectores vayan integrando consideraciones disímiles en torno a los temas que la autora va desarrollando en sus análisis.

Su pensamiento se nos entrega en una dimensión historicista, como un devenir a través del tiempo, desde los orígenes de la conciencia europea, con sus antecedentes en el mundo clásico. Diríamos que leyendo este libro, asistimos a un riquísimo proceso espiritual de integración-desintegración de una cultura, con sus causas y consecuencias, visto todo eso desde lo que podríamos llamar una voluntad de redención, de enorme importancia en el quehacer de esta mujer única.

Ciertamente, en La agonía de Europa, libro formado por cuatro conferencias –la de igual título, de 1940, “La violencia europea” (1941), “La esperanza europea” (1942) y “La destrucción de las formas” (1944)–, hay un magisterio trascendentalista en el tono general del estilo y en la filiación cristiana de sus postulados, en la misma línea de Claros del bosque (1977), De la aurora (1986), Los bienaventurados (1990) o Los sueños y el tiempo (1992).

Las fechas de escritura de estos ensayos –los años de la Segunda Guerra Mundial y los inmediatamente posteriores a la Guerra Civil Española– nos dicen a las claras que fueron pensados para contribuir con el esclarecimiento y la solución de una profunda crisis cuyo cuerpo visible era la devastación de Europa y su fondo era la ruptura, la desestructuración de un estilo, una manera de pensar y de vivir. Este era un libro necesario, vital, y, al mismo tiempo, aleccionador.

Veamos ahora algunos juicios de la autora en torno a lo que ha llamado la agonía de Europa. ¿Qué es para ella ese estado agónico, qué significa, cuáles son sus raíces y sus consecuencias? En primer lugar, recordemos algo de suma importancia: la autora nos habla desde el descomunal colapso de la Segunda Guerra Mundial, acaso la experiencia histórica más devastadora de la historia universal, expresión de la hondura extraordinaria de una crisis que en aquellos años vaciaba de sentido trascendente a la vida europea hasta reducirla a una supervivencia casi animal.

Sus reflexiones tienen entonces el sentido espiritual del que han sido despojadas las naciones en conflicto y, con ellas, todo occidente, por la violencia bélica. Dentro de la tradición del viejo continente, aparecieron en determinado momento del siglo XIX –nos dice María Zambrano con agudeza y claridad irrebatibles, fundadas precisamente en esa tradición– dos signos perturbadores: el ingenuo racionalismo del siglo XVIII, heredero del pensamiento griego clásico y de su resurgir en el Renacimiento, raíz él mismo a su vez del positivismo, con toda la secuela de males que trajo al desarrollo del pensamiento y a la praxis histórica y científica, y un liberalismo progresista igualmente candoroso y no menos perjudicial para la sociedad y el pensamiento.

A partir de semejantes errores, vienen sucediéndose los conflictos europeos, en cuya génesis hay, por supuesto, otros elementos que constituyen también causas decisivas de la ruptura y de la crisis. Nos dice la ensayista que esos movimientos habían generado una perjudicial confianza hacia las posibilidades del hombre en su diálogo con la naturaleza y con la sociedad, y sobre todo, y más peligroso, se había producido una especie de detención de las fuerzas creadoras del pensamiento en la medida en que se estimó que ni la naturaleza ni la sociedad eran problemáticas ni poseían una complejidad mayor, frente a la cual hubiese que realizar una ardua labor de penetración y definición.

Esa victoria aparente del pensamiento europeo frente a la vida social sería la causa de que el hombre se llenara “de fatuidad, de excesiva confianza en el mundo”. ¿Qué significaría ese error para el continente? Ocurrió sencillamente que pronto habría de cobrar conciencia el hombre de que la realidad social se le iba de las manos y, en consecuencia, el escepticismo apareció como una fuerza paralizante, pero antes nos ha dicho María Zambrano algo de enorme importancia dentro de su visión del problema.

Apunta lo siguiente: “El europeo ha perdido la raíz de su heroico idealismo y, aunque de su extremosidad, de su abuso, hayan partido gran parte de nuestros males, lo que hoy primero se echa de ver no es ya el idealismo extremado, sino la ciega servidumbre a la realidad más aparente e inmediata, el encadenamiento atroz a los hechos.”

Esa definición no es otra que la del pragmatismo –uno de los grandes males de nuestros días, los momentos que ahora vivimos–, con su devastadora banalidad y su desentendimiento de toda búsqueda y de toda actitud filosófica, fenómeno bien visible ya en los años en que nuestra pensadora escribe estas páginas y aun antes, como se aprecia en las reflexiones que hace Rilke a propósito de la pérdida de la esencia de las cosas, su ser, para ser suplantadas en la conceptualización por objetos falsos.

Claro, hacia la primera mitad de la década de 1940, la crisis era más evidente en aquellas razones que expuso la ensayista en estos trabajos, razones que estaban muy adentro en la evolución de las ideas y el acontecer histórico del contexto que quiere esclarecerse. Aquí apreciamos la antítesis inmanencia-trascendencia en toda su nitidez, el aquí-allá que desde los griegos ha venido nutriendo a la cultura de Occidente.

Enrique Saínz (La Habana, Cuba, 1941-2022). Autor de, entre otros libros fundamentales de ensayos críticos: Diálogos con la poesía, La obra poética de Cintio Vitier, Indagaciones, La poesía de Virgilio Piñera: ensayo de aproximación, Silvestre de Balboa y la literatura cubana, La literatura cubana de 1700 a 1790, y Trayectoria poética y crítica de Regino Boti.

Si leíste este ensayo, tal vez te interese leer:

Ensayo | Sor Juana, la monja alegre | Carlos Torres

También le puede gustar...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *