Viaje por la poética lorquiana, sustentado en profundos análisis críticos.

Enrique Saínz

(Tercera parte y final)

Si quisiésemos caracterizar la poesía de Lorca en términos pictóricos, diríamos que lo más representativo de sus libros anteriores y posteriores a Poeta en Nueva York es la línea de un sobrio y nítido dibujo, en tanto que el libro de América es un enorme mural pintado con múltiples colores, unos limitados por contornos precisos y otros puras manchas informes, totalidad en vertiginoso movimiento. Se siente muy a fondo el desgarramiento y el dolor de los hombres en estos poemas como para pensar en artificios y en retóricas mejor o peor aprendidas. Otro rasgo de Poeta en Nueva York que queremos destacar, entre los muchos que distinguen al libro, es el de la fusión de elementos líricos y épicos, una de las características de la más representativa poesía occidental de esos años, con ejemplos verdaderamente paradigmáticos en La tierra baldía (1922), de Eliot; Anábasis (1924), de Perse; y Los cantares (1925-1968), de Pound. El tránsito americano de García Lorca le reveló de inmediato, como algo consustancial con la naturaleza de la realidad contemplada, que era imprescindible el poema que integrara el multiforme acontecer cotidiano de los otros y su repercusión afectiva en la intimidad del poeta. Cierta rispidez lexical y sintáctica que rompe con el lirismo tradicional, prosaísmo de la mejor estirpe vanguardista, define el tono general del poemario. La causalidad tranquila de la “Gacela del amor desesperado”, del Diván del Tamarit, en la primera estrofa:

La noche no quiere venir

para que tú no vengas,

ni yo pueda ir.

deshecha de inmediato por el yo lírico en los siguientes versos:

Pero yo iré,

aunque un sol de alacranes me coma la sien.

Se transforma ahora, en Poeta en Nueva York, en una verdadera alucinación en “Luna y panorama de los insectos”, calificado de “Poema de amor”:

Mi corazón tendría la forma de un zapato

si cada aldea tuviera una sirena,

pero la noche es interminable cuando se apoya

                                           en los enfermos

y hay barcos que buscan ser mirados para poder hundirse

                                           tranquilos.

El juego receloso de la noche en el primer ejemplo no hace más que nutrir la sed erótica, en tanto que la presencia nocturna en la página de 1930 nos parece inquebrantable, sustancia de la muerte entretejida con un suceder desconocido e imposible de penetrar. Los hechos ganan su identidad súbitamente desde ese oscuro causalismo. El poeta rememora los acontecimientos y nombra la realidad mientras nos dice su martirizado sentir, su asombro de espectador desgarrado: agonía, desamparo, impotencia, dolor. Veamos íntegro “Panorama ciego de Nueva York” para que podamos apreciar la intensidad de este libro y sus más sobresalientes rasgos formales y conceptuales:

Si no son los pájaros

cubiertos de ceniza,

si no son los gemidos que golpean las ventanas de la boda,

serán las delicadas criaturas del aire

que manan la sangre nueva por la oscuridad inextinguible.

Pero no, no son los pájaros,

porque los pájaros están a punto de ser bueyes;

pueden ser rocas blancas con la ayuda de la luna

y son siempre muchachos heridos

antes de que los jueces levanten la tela.

 

Todos comprenden el dolor que se relaciona con la muerte,

pero el verdadero dolor no está presente en el espíritu.

No está en el aire ni en nuestra vida,

ni en estas terrazas llenas de humo.

El verdadero dolor que mantiene despiertas las cosas

es una pequeña quemadura infinita

en los ojos inocentes de los otros sistemas.

 

Un traje abandonado pesa tanto en los hombros

que muchas veces el cielo los agrupa en ásperas manadas.

Y las que mueren de parto saben en la última hora

que todo rumor será piedra y toda huella latido.

Nosotros ignoramos que el pensamiento tiene arrabales

donde el filósofo es devorado por los chinos y las orugas.

Y algunos niños idiotas han encontrado por las cocinas

pequeñas golondrinas con muletas

que sabían pronunciar la palabra amor.

 

No, no son los pájaros.

No es un pájaro el que expresa la turbia fiebre de laguna,

ni el ansia de asesinato que nos oprime en cada momento,

ni el metálico rumor de suicidio que nos anima en cada madrugada.

Es una cápsula de aire donde nos duele todo el mundo,

es un pequeño espacio vivo al loco unisón de la luz,

es una escala indefinible donde las nubes y rosas olvidan

el griterío chino que bulle por el desembarcadero de la sangre.

Yo muchas veces me he perdido

para buscar la quemadura que mantiene despiertas las cosas,

y sólo he encontrado marineros echados sobre las barandillas

y pequeñas criaturas del cielo enterradas bajo la nieve.

Pero el verdadero dolor estaba en otras plazas,

donde los peces cristalizados agonizaban dentro de los troncos,

plazas de cielo extraño para las antiguas estatuas ilesas

y para la tierna intimidad de los volcanes.

 

No hay dolor en la voz. Sólo existen los dientes,

pero dientes que callarán aislados por el raso negro.

No hay dolor en la voz. Aquí sólo existe la Tierra.

La tierra con sus puertas de siempre

que llevan el rubor de los frutos.

Reflexiones más detenidas –aquí sólo hemos querido evocar algunas impresiones– que podrían incluir análisis estilísticos, lecturas comparadas, determinación de los aportes de Poeta en Nueva York a la propia obra lorquiana y a la sensibilidad contemporánea, toda una labor que en alguna medida ha comenzado a realizar la crítica más autorizada, como puede verse en cualquier bibliografía seria y abarcadora del trabajo historiográfico en torno a esta figura cimera de las letras hispánicas de hoy, vendría a confirmar, estoy seguro, lo que una cuidadosa primera lectura nos permite entrever, esa lectura de puro placer ingenuo y sin afanes valorativos, la que nos sumerge en el hecho artístico sin más pretensiones que la del hedonismo espiritual. Cuando concluimos el diálogo con este libro, sabemos por experiencia propia, el único modo de saber de verdad en materia de poesía, que el gran poeta que fue Federico García Lorca no es exclusivamente el de maneras sobrias y depuradas, el de “El espejo engañoso”, de Canciones (1921-1924):

Verde rama exenta

de ritmo y de pájaro.

Eco de sollozo

sin dolor ni labio.

Hombre y Bosque.

Lloro

frente al mar amargo.

¡Hay en mis pupilas

dos mares cantando!

sino también el de “Navidad en el Hudson”, de su libro americano, en el que dice:

Y estoy con las manos vacías en el rumor de la desembocadura.

No importa que cada minuto

un niño nuevo agite sus ramitos de venas,

ni que el parto de la víbora, desatado bajo las ramas,

calme la sed de sangre de los que miran el desnudo.

Lo que importa es esto: hueco. Mundo solo. Desembocadura.

Alba no. Fábula inerte.

Solo esto: desembocadura.

¡Oh esponja mía gris!

¡Oh cuello mío recién degollado!

¡Oh río grande mío!

¡Oh brisa mía de límites que no son míos!

¡Oh filo de mi amor, oh hiriente filo!

A más de cincuenta años de su primera edición y de sesenta de su escritura, Poeta en Nueva York es un clásico del idioma y de la poesía de todos los tiempos y lenguas. En la dimensión de sus alcances lingüísticos y de su radical humanismo, se sitúa junto a otros textos capitales de la sensibilidad contemporánea, y constituye un valiosísimo aporte a las esperanzas del hombre. Los hispanoparlantes tenemos la alegría, cuando leemos a grandes poetas de otras culturas, de saber que en la nuestra poseemos páginas de primera importancia con las que podemos dialogar íntimamente, una experiencia a la que no podremos llegar con otros creadores. En uno de sus lúcidos y siempre aleccionadores ensayos apuntaba T. S. Eliot la imposibilidad de sentir a fondo un texto que no estuviese escrito en la lengua materna del lector, afirmación que nos permite comprender los límites en los que podemos movernos y que no significa, por otra parte, que los grandes maestros de las diferentes tradiciones espirituales no tengan nada que decirnos en la inmensa riqueza de sus libros fundamentales, sabiamente aprovechados con extraordinaria creatividad por el propio Eliot. El placer puramente verbal lo hallamos sólo en aquellos artistas que han contribuido a formar la cultura como una inmensa patria espiritual. Junto a sus maestros precedentes y coetáneos, García Lorca ha erigido con Poeta en Nueva York un monumento del que podríamos decir lo mismo que el poeta latino Horacio decía de su obra: “He levantado un monumento más perenne que el bronce y más alto que el sitio de las pirámides reales.”

Enrique Saínz (La Habana, Cuba, 1941-2022). Autor de, entre otros libros fundamentales de ensayos críticos: Diálogos con la poesía, La obra poética de Cintio Vitier, Indagaciones, La poesía de Virgilio Piñera: ensayo de aproximación, Silvestre de Balboa y la literatura cubana, La literatura cubana de 1700 a 1790, y Trayectoria poética y crítica de Regino Boti.

Si leíste este ensayo, tal vez te interese leer:

Ensayo | @Agustín_Labrada: el regreso a “La soledad se hizo relámpago”

También le puede gustar...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *