Carlos Torres
(Segunda parte y final)
Pues bien, el caso es que en su primera novela, El pozo, Onetti cuenta la historia de un personaje que se ve en situación similar a la de Faulkner cuando este debía alimentar la hoguera de una termoeléctrica; en este caso, se trata de la tolva de un molino de trigo.
Veamos: “Así fui sabiendo que el agujero redondo se llamaba tolva, que era necesario alimentarlo con el trigo o lo que contuvieran las bolsas, que si llegaba a vaciarse ese aparato que separaba el polvo del grano, se estropearía. Y fui sabiendo que aquella tarea parecía haber sido inventada expresamente para mí. Recuerdo tantas semanas de felicidad nocturna, el trabajo sin la inevitable presión de un patrón o jefecito. Leyendo alguna historia de asesinado y detective, leyendo un diario o revista, vigilando de rabo de ojo a un costado la boca angurrienta de la tolva. Y tan solo y en calma en la noche eterna siempre alumbrado por luces eléctricas porque el enorme edificio no tenía ventanas y era indiferente e ignorado el hecho de que afuera, en la ciudad, lloviera o iluminara un sol blanco y rabioso. Allí, tampoco ni calor ni frío. Muchas ratas gordas y veloces que no se sabía de qué disparaban o adónde pensaban ir. Sólo proyectos porque un perrito pequeño, color mugre, las perseguía y alcanzaba para clavarles los dientes y desnucarlas. Nunca lo vi fracasar. Y siempre, después de la victoria, volvía a correr desesperado para beber agua en una gran pileta o enjuagarse el asco.”
Evidentemente, esta cita nos conduce a otro escritor que también luchó contra las tareas insoslayables de sobrevivencia en situaciones laborales difíciles: Charles Bukowski, quien dentro de uno de sus cuentos autobiográficos nos relata cómo fue a parar a un matadero en Los Ángeles, California, donde sus compañeros de trabajo lo someten a una jornada exhaustiva, incrementándole el esfuerzo que debe aplicar a la tarea de meter reses muertas a un camión.
Este cuento se titula hermosamente “Kid Stardust en El matadero” (El chamaco polvo de estrella en el matadero) y sus últimos párrafos dicen así: “Ellos estaban esperando a que me rajara, lo veía en sus ojos, en sus sonrisas cuando creían que no miraba, no quería darles el placer de la victoria, agarré otra ternera, como el campeón que hace el último esfuerzo, agarré otra ternera. Pasaron dos horas y entonces alguien gritó DESCANSO. Lo había conseguido, un descanso de diez minutos, un poco de café y ya no podrían derrotarme, fui tras ellos hacia un carrito que alguien había traído, vi elevarse el vapor del café en la noche; vi los bollos y los cigarrillos y las pastas y los emparedados bajo la luz eléctrica.
“—¡EH, TÚ!
“Era Charley. Charley, como yo.
“—¿Sí, Charley?
“—Antes de tomarte el descanso, lleva ese camión a la parada dieciocho.
“Era el camión que acabábamos de cargar, el de media manzana de largo, la parada dieciocho quedaba al otro extremo del patio.
“Conseguí abrir la puerta y subir a la cabina, tenía un asiento blando de suave piel y era tan agradable que me di cuenta de que si me descuidaba caería dormido allí mismo, yo no era un camionero. Miré por abajo y vi como media docena de mandos, palancas, frenos, pedales y demás, di vuelta a la llave y conseguí encender el motor; fui probando pedales y palancas hasta que el camión empezó a rodar y entonces lo llevé hasta el fondo del patio, hasta la parada dieciocho, pensando constantemente: cuando vuelva, ya no estará el carrito, era una tragedia para mí, una verdadera tragedia. Aparqué el camión, apagué el motor y quedé allí sentado unos instantes paladeando la suave delicia del asiento de piel, luego abrí la puerta y salí, no acerté con el escalón o lo que fuese y caí al suelo con mi bata ensangrentada y mi maldito casco metálico, como si me hubiesen pegado un tiro. No me hice daño, ni siquiera lo sentí, me levanté justo a tiempo para ver cómo se alejaba el carrito y cruzaba la puerta camino de la calle.
“Los vi dirigirse de nuevo al muelle riendo y encendiendo cigarrillos. Me quité las botas, me quité la bata, me quité el casco metálico y fui hasta el garito del patio de entrada, tiré bata, casco y botas por encima del mostrador. El viejo me miró:
“—Vaya, así que dejas esta BUENA colocación…
“—Diles que me manden por correo el cheque de mis dos horas de trabajo o si no que se lo metan en el culo ¡me da igual!
“Salí, crucé la calle hasta un bar mexicano y bebí una cerveza, luego cogí el autobús y volví a casa, el patio escolar norteamericano me había derrotado otra vez.”
Carlos Torres (San Andrés Tuxtla, 1949-Chetumal, 2020). Participó durante tres décadas en el movimiento literario quintanarroense. Publicó el poemario Canción de la luz para tus ojos, el conjunto de relatos Los arrebatados cuentos mutuos, el libro de ensayos Nueve voces y el libro de periodismo cultural La siega.
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