Enrique Saínz

(Primera parte)

Abrumado y enriquecido por múltiples experiencias de naturaleza diversa, este singular poeta nacido en 1933 en Kunsan, Corea, bajo el dominio militar japonés, es autor de una considerable obra poética y novelística que consta de más de ciento veinte libros, ejemplo no sólo de laboriosidad, sino, además, de fecundidad infrecuente.

Su vida ha estado signada por importantes y estremecedores acontecimientos, desde aquel primer encuentro con el director del colegio del que era alumno en 1942, al que respondió, a la pregunta de qué quería ser cuando fuera mayor, que deseaba ser el emperador de Japón, respuesta que fue recibida como una ofensa y que de inmediato le costó un severo castigo, según testimonio del propio poeta en el poema “Abe, el director”.

Desde ese instante se añaden a su experiencia varios hechos de enorme importancia, cada uno de ellos causa de cambios en su conducta y en su cosmovisión. A los doce años se encontró en un camino, cuando regresaba del colegio, un libro de poemas de un autor leproso, lectura estremecedora que produjo en él esta confesión: “Parecería que mi corazón estuviera rasgado por la fuerza de choque que aquellos versos me produjeron”.

Semejantes vivencias nos revelan una sensibilidad nada común en dos direcciones: la capacidad de sufrimiento y la intelección de los valores del espíritu, rasgos que definen el largo decursar de la historia personal de esta figura cimera de la literatura de su país en estos momentos, dos veces propuesto para el Premio Nobel, en 2002 y 2004.

Heredero de la milenaria cultura de su tierra y, en general, del antiguo Oriente por su conocimiento del chino y el japonés, con cuyos textos fundamentales ha llegado a tener una larga intimidad desde muy joven –ya a los ochos años leía con soltura obras chinas clásicas–, y al mismo tiempo conocedor de la literatura occidental –la lectura de El Don apacible, de Mijail Sholojov, en traducción al japonés, lo estremeció profundamente, al extremo de llevarlo a destruir sus propias creaciones y entrar en un estado de abrumadora desesperación– y preocupado por las crisis políticas y sociales de Corea y de otras tierras –ahí está su magnífico poema “A las madres de Argentina”, perteneciente al libro La estrella de la tierra natal (1984), página memorable que surge de la violencia sufrida por ese país suramericano bajo la tiranía de la junta militar–, su extensa obra literaria muestra preocupaciones y cuestionamientos enraizados en una viejísima tradición, así como planteamientos y sufrimientos que tienen su fuente nutricia en los graves conflictos de los tiempos actuales de la historia social y política de las sociedades contemporáneas.

Puede hablarse de un zigzagueante viaje interior en este hombre, desde la angustia desestructuradora que lo llevaba a profundas depresiones y a varios intentos de suicidio, hasta la activa militancia política, con la consecuente participación en manifestaciones que terminaban con violentas golpizas y el encarcelamiento –en una ocasión condenado a cadena perpetua, de la que pudo librarse un tiempo después gracias a una amnistía general–, pasando por la reclusión en un monasterio budista en calidad de monje, con viajes a lo largo del país y el desempeño de funciones en algunas instituciones religiosas, todo ello asumiendo en distintos momentos posiciones radicales dentro de una visión nihilista y como defensor indoblegable de los derechos humanos.

Consecuente con esos movimientos en una y otra dirección, su poesía se desplaza igualmente desde los contenidos sociales más vigorosos hasta el más profundo intimismo de una visión zen de la vida, con poemas de sostenida calidad en cada una de esas líneas, escritos con una pasión que desborda los límites de la retórica y los convierte en ejemplos de autenticidad en el más alto sentido del término.

La lectura de estas páginas es sin dudas una experiencia de primer orden, tanto en virtud del carácter testimonial de los textos como en la singular riqueza de la mirada del poeta, lección inolvidable.

Veamos estos poemas de diferente filiación, representantes en cada caso de un período de la vida del poeta en que se identificó con los reclamos de justicia social del pueblo coreano y, en el segundo ejemplo, de la tradición zen que con tanta devoción hizo suya durante alrededor de un decenio, en el dilatado período en que fue un fiel practicante del budismo, con cuyos postulados y principios estéticos había comenzado a familiarizarse desde que inició sus lecturas de poesía china clásica durante su niñez y en el propio ambiente familiar, bajo la educación de sus padres, atmósfera decisiva en su formación.

En el primer texto nos encontramos con un poeta combativo, atento a los problemas relacionados con la vida política, con un trasfondo ético en el que se sustenta la participación del poeta.

Leamos fragmentos del poema “Si se olvida mayo” (perteneciente al libro ¡Vuela alto, poema!, de 1986), en el que se rememora la rebelión organizada contra el régimen coreano y a favor de los derechos civiles, al mismo tiempo que se evoca la represión desatada por el gobierno contra los manifestantes, página de extraordinaria intensidad por la viva pasión de los sentimientos expresados y el vigor de las convicciones, un estilo que se nos ha venido haciendo familiar desde los años de la guerra civil española en los poemas que fue generando y que se enriqueció más tarde, en la década de 1960, con la poesía conversacional, de fuerte contenido político, en especial en las voces mayores de César Vallejo, Pablo Neruda, Nicolás Guillén, Jaime Sabines, Roberto Fernández Retamar, Raúl Zurita, entre otros. Bo Un nos dice en su condición de participante y defensor ardiente de la lucha emprendida:

¿Qué haremos si se olvida mayo?

¿Qué haremos si se olvida mayo?

Un día de mayo

en plena noche oscura

la ley marcial nos embistió.

Nosotros fuimos arrastrados como perros,

y golpeados.

¿Qué haremos si se olvida mayo?

Un día de mayo,

todos nosotros nos levantamos,

asiendo mil años de ira en nuestras manos,

apretando los puños vacíos,

nos levantamos.

Recorriendo el camino verde, frondoso,

la avenida Kumnam-no –camino de liberación–,

todos nosotros nos levantamos aquel día;

ah, nos lanzamos a la noche oscura,

con el fuego de la democracia del Pueblo y de la Nación

ardiendo en nuestros corazones.

Nos levantamos contra la división de nuestra patria,

la traición obligada,

contra el tanque de la ley marcial,

que alentó el fascismo de la traición

durante cuarenta años.

¡Cantemos! ¡Luchemos!

¡Enterremos con dolor estos cuerpos!

¡Oh, aquel camino del follaje verde, nuestro camino!

Caímos pronto, caímos por sus balas;

arrojando sangre, nos derrumbamos,

arrojando sangre roja.

Fuimos arrastrados como cadáveres caídos,

cubiertos por polvo gris,

cubiertos por cenizas;

fuimos llevados como perros muertos.

[…]

Enrique Saínz (La Habana, Cuba, 1941-2022). Autor de, entre otros libros fundamentales de ensayos críticos: Diálogos con la poesía, La obra poética de Cintio Vitier, Indagaciones, La poesía de Virgilio Piñera: ensayo de aproximación, Silvestre de Balboa y la literatura cubana, La literatura cubana de 1700 a 1790, y Trayectoria poética y crítica de Regino Boti.

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