Agustín Labrada
La historia de dos hermanos que como fantasmas trenzan sus grises vidas atadas a los recuerdos, en una lentitud lacerante, es la fábula de Letargo de bahía, primer libro de Alberto Castillo y primera novela cuyo escenario corresponde a la ciudad de Chetumal, que por ende asume una categoría de obra iniciática.
La novela, publicada por la editorial Tierra Adentro en 1993, se ciñe a los desencuentros de una hermana solterona y un hermano homosexual que envejecen en medio de la discordia y la atracción mutua, la soledad compartida y la nostalgia por un hombre para siempre perdido, en la estructura del círculo o la enroscada serpiente.
Aunque la mayoría de las escenas transcurren en ámbitos interiores de la casa donde ambos habitan con sus reminiscencias fantasmagóricas, la ciudad hierve en el trasfondo con su atmósfera de rumores, apatías, silencios, y el sopor de un verano aplastante, que sugiere la decadencia. El mismo espíritu que hoy domina a Chetumal.
Las vidas de Pechy y de Francisca se engarzan a la existencia aletargada de la aldea chetumaleña. Ellos no viven, recuerdan; y en cada recuerdo renacen rencores, pasiones y prejuicios. Sus conciencias pertenecen al oscuro pasado y en el centro radiante de esa enfermiza vocación está el espectro de un ser vulgar llamado Aspiri.
Pechy y Francisca establecen una relación dual de amor-odio, pero los dos se saben condenados al olvido, y se necesitan. La presencia espiritual de Aspiri justifica el duelo infinito de los hermanos; su posible retorno es como una seña de esperanza. Mientras tanto ronda el tormento, cada segundo, letalmente, sin ninguna piedad.
A Castillo se le ocurrió la historia después de haber leído el poemario Chetumal Bay Anthology, de Luis Miguel Aguilar, a quien cita en un epígrafe: “Chetumal dijo también que mi pasión / Era más turbia que el mar de la bahía. / Y la fue. Pero del mismo modo que ella entrega / Todas las tardes un aire refrescante.”
Los personajes de Castillo, como los de Aguilar, son antihéroes y todos se debaten con sus biografías miserables en un universo cerrado. Francisca y Pechy no son el testimonio de Chetumal, pero sí tipifican la desidia y la desolación que durante décadas rigió a ese pueblo, y cuyas emanaciones perduran hoy como nubes.
Las descripciones que hace Alberto Castillo de la ciudad son puentes de distensión entre los episodios más intensos. Son (igualmente) una analogía entre el estado anímico de los protagonistas y el letargo de un entorno agobiante.
“El sol estaba por llegar a la parte más alta del cielo y las calles se iban adormeciendo. La gente también. Podía verse cómo, casi a un mismo tiempo, las ventanas de las casas se cerraban para evitar el calor del mediodía. Comenzaban los rechinidos y el paisaje hogareño inundado de redes multicolores…”, escribe Alberto.
Según la crítica de José Antonio Alcaraz: “Con destreza y aplomo graduados, así como dosis auténtica de tanteo –por lo general afortunado– al igual que de exploración, Alberto Castillo comienza a adentrarse en la práctica del oficio, en medio de lo que podría llamarse una sorprendente madurez juvenil, unida a su talento manifiesto.
“Literatura donde los géneros se interpenetran: guion, narrativa novelada, documento costumbrista o libreto teatral, con resonancias lorquianas… Las hijas de Bernarda Alba, podría decirse, llevan a cabo ahora su confrontación de intensidades pasionales en Quintana Roo, como las que vuelve posible discernir en el peso de la foto.”
Por su parte, dice el autor: “Vacié de una vez todo lo que quería decir y luego busqué la forma que mejor acomodaba. Intenté la teatralización y no funcionó, quise hacer cuentos y tampoco acerté. Entonces, me decidí por la novela… y al parecer funcionó. Al menos pude contar un mundo que pocos entienden en la Ciudad de México.”
El escritor se vale de diversas estrategias de la literatura contemporánea, inserta distintos puntos de vista, intertextualiza cartas de amor, juega con los tiempos narrativos y logra que sus experimentaciones estéticas sean comedidas hasta alcanzar una fábula coherente, cuyos párrafos –breves al modo de Azorín– gozan de ritmo.

Letargo de bahía no es la épica chetumaleña. Su contexto es como un set cinematográfico, una parcela caribeña que participa del concierto real maravilloso. La mención de una geografía circundante y de algunos pasajes históricos sólo es un pretexto para ubicar la narración en un tiempo y un espacio reconocibles por el lector.
El núcleo anecdótico tiene un carácter universal, como el teatro de García Lorca. Francisca y Pechy están en cualquier parte: un barrio bajo de Washington, un pueblo difuso en los Pirineos, un puerto de Grecia… Aspiri puede ser el marino que no volverá, el soldado que se marchó, el novio incumplidor de promesas, una sombra.
En Letargo de bahía sucede igual que en ciertos filmes (Casablanca, Habana, Historia de amor…), donde la escenografía y el espacio temporal pueden permutarse sin alterar por ello el relato. Esa suerte de eternidad temática, pues no se estanca en regionalismos costumbristas, pese al aire pueblerino, es otro acierto del autor.
Sin insertarse dentro del realismo mágico ni en la novela de la tierra, en Letargo de bahía se transpira una magia de pueblos pequeños, cuya cotidianeidad se comparte con la naturaleza y es vital la naturaleza en sus acciones. Como en el romanticismo, la bahía funciona como símbolo que coincide con la espiritualidad de los personajes.
Esta novela es tan sólo un augurio de nuevas indagaciones en los territorios de la ficción por parte de Castillo. Es también la apertura a los testimonios literaturizados del sur de México –cuya imagen se conoce más a través de la poesía– en una frontera de tantas leyendas silenciadas como en el largo y pavoroso Río Bravo.
Agustín Labrada (Holguín, Cuba, 1964). Escritor y periodista radicado en Cancún. Autor de, entre otros libros, de Saxofoneando (Premio Internacional de Poesía de La Arena, Perú, 2015), Teje sus voces la memoria (Premio de Creación de Ensayo de la Editorial Dante, México, 2010) y Botas rusas (Premio de Novela Corta de la Fundación MonteLeón, España, 2022).
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