Cristián Koch

En todo el territorio de Argentina, por ley número 14346, estaba expresamente prohibida la riña de gallos, coincidiendo con Domingo Faustino Sarmiento. Corría el siglo XIX, así el lector tiene la fecha bien presente. Pero hecha la ley hecha la trampa. De eso los argentinos sabemos mucho. Por tal caso, ¿se acuerdan de la ley de intangibilidad y de tantas otras similares que promulga o veta nuestro desprestigiado Congreso? ¡Pensar que nos representan, qué ironía! La cuestión es que en la provincia de San Luis, por ley V-0546-2006, el senador oficialista Rodríguez Saa aprobó la riña de gallos. Ocho días después, fue promulgada por el decreto Nº 7500-MHP-2006, o sea que, en cuestión de leyes, vean hasta donde hemos retrocedido.

En la localidad de Trapiche, existe un “gallódromo”. En él, aparte de peleas locales, se desarrolló el “Campeonato Nacional de Riñas”, y una fecha para la “Supercopa de riñas”, un gran evento internacional.

Esta es la historia del turco Nasif y de sus gallos de riña.

Habitante autóctono de Los Naranjos, pegadito a La Banda, Santiago del Estero, era Nasif o Teté como le decían sus íntimos.

–¿Por qué lo llaman así: Turco y Tuerto? –preguntó un hombre distraído, que ignoraba los orígenes del apodo, mientras observaba atentamente el desenlace de una riña.

Nunca se supo cómo había perdido el ojo. Las malas lenguas decían que por el picotazo de un gallo bravo, pero El turco o Teté jamás había permitido adivinar la causa de su desgracia. La cuestión es que Teté desde hace muchos años (treinta para ser más precisos) se dedicaba con éxito a la crianza de gallos de riña.

Gallero era su profesión, por ende sus pollos y él –dadas sus características físicas y su personalidad– animaban cuanta riña se llevara a cabo en la región. El próximo fin de semana, en Trapiche, provincia de San Luis, se efectuaría la segunda fecha de la “Supercopa”. Cinco de sus gallos estaban inscriptos, entre ellos su preferido: Tuerto.

Le habían puesto el mismo nombre que a él, ya que en algún cruento combate había perdido el ojo izquierdo. De todas maneras, llegaba invicto. Ser gallo tuerto no le impedía luchar. Era un gallo de lo más aguerrido, “malo”, nunca retrocedía. Utilizaba su pico con oportunismo, lastimando (generalmente de muerte) a sus oponentes. Embistiendo a sus contrincantes, con su poderoso pecho, había llegado a quebrarles el pescuezo, pero los espolones amarrados en las patas eran su verdadera arma mortal, la que utilizaba con sanguinaria maestría.

El turco Nasif era padre soltero, otra de sus famosas leyendas. De joven tuvo una novia gordita como él. Fruto de esa relación, que no duró mucho, nació El Turquito Nasif. La gorda, después de dar a luz, rápidamente se había cansado de ambos y los había abandonado. Quería ser cocinera famosa, “chef”. Nada de criar hijos y gallinas. Es que había que aguantar al turco padre: ciento veinte kilos de peso, traspirando las veinticuatro horas del día bajo los intensos calores de Santiago del Estero, ella que en tiempos lejanos fue blanca, hoy teñida de un color indefinido por transpiración, con su piel grasosa y sus axilas peludas volando al viento, eructando y repitiendo aliento a ajo.

Bien macho era quien se aguantaba calladito y sin pestañar ni retroceder una de sus famosas y silenciosas flatulencias. No había quien las soportase, menos las iba a apechugar la gorda. Nadie se imaginaba que posición utilizarían para hacer el amor. El parto y posterior nacimiento de El Turquito habrá sido para alquilar balcones. Casi un día pujando, sin anestesia, cinco kilos quinientos saliendo por ahí deben de haber dejado en muy malas condiciones a la pobre madre.

La cuestión es que El Turquito fue creciendo. Empezó el colegio y, sin darle mucho trabajo a su padre, hasta egresó de bachiller. Desde niño, compartía la pasión que dominaba a su progenitor. Observarlo y ayudarlo era un deleite, un premio para él. Con el tiempo, lo secundó en la actividad.

La riña era la parte visible de su dedicación. Al gallo había que hacerlo peleador desde el huevo, seleccionar los mismos, que maduraran en incubadoras, estar atento cuando picaban el cascarón, seleccionar a los más aptos, alimentarlos, entrenarlos. También el trabajo sanitario a El Turquito lo apasionaba igual o más que a su padre. Había observado la primera riña a los seis años.

En vez de impresionarse, la había disfrutado y llegó la tarde cuando su padre le anunció que le permitiría acompañarlo oficialmente a una riña. Ingresaron a uno de los galpones del “gallódromo” cargando las jaulas donde llevaban sus gallos. Teté y El Turquito fueron reconociendo a sus oponentes. Calculaban que ganarían todos los combates. Tuerto se enfrentaría con un gallo puntano. De vista, el gallo no decía nada, pero era un gallo de cría mexicana. Ellos eran especialistas por excelencia en obtener especímenes con características guerreras.

El espacio de la pelea es una arena circular, de dos a tres metros de diámetro, limitada por un paredón que impide a los gallos abandonar el recinto. Las peleas se pactan a una hora de duración, con intervalos de descanso. En esos minutos, se lavan a los gallos y se intenta curar las heridas que hayan sufrido. Un árbitro dirige la riña. Existe un reglamento de combate, con reglas claras y precisas que indican cuando una pelea debe darse por ganada. Para incrementar su fiereza y antes de iniciar el combate, a los gallos se les suministran drogas, energizantes, esteroides y anfetaminas.

La cuestión es que, ni bien comenzaron a pelear, el gallo mexicano le propinó al pobre Tuerto una paliza memorable que lo dejó al borde de la muerte, ante los ojos impertérritos de Teté y El Turquito. No podían dar crédito a lo que veían, sufriendo por el dinero que perderían en ese combate: el combate estelar de la noche. El árbitro, por abandono, dio por ganada la pelea al malevo gallo mexicano.

Los que conocían al turco Nasif sufrieron por él, por su hijo y por el pobre gallo Tuerto, a quien ya daban por muerto. Increíblemente, el gallo, muy herido, todavía respiraba.

Turco y El Turquito, con increíble agilidad, saltaron a la arena y levantaron al pobre Tuerto, bañado en su propia sangre. Se veía más muerto que vivo.

–¡Pobre Tuerto, no va a sobrevivir, mirá que mal que quedó!

–Así parece, pero le tengo mucho cariño y respeto. Fue un gran luchador. Lo llevaremos a casa y que muera en paz.

El gallo Tuerto fue encerrado en una jaula dentro del gallinero, solito. Los otros pollos, viéndolo vencido, eran capaces de comérselo vivo. Tuerto quedó tirado sin moverse. Agonizaba cerca de unos granos de maíz y de un recipiente de agua, envuelto en un paño gris…

Pasaron varios días y Tuerto no terminaba de morir. De a poco, muy lentamente, ayudado por El Turquito, comenzó a comer y a beber. Al principio, caminaba tambaleante, se caía, pero con gran esfuerzo volvía a levantarse. Daba lástima el pobre. Pese a sobrevivir, parecía que estaba por estirar la pata en cualquier momento. Transcurridas dos semanas, fue recuperando peso y movilidad.

Al mes, Turco y El Turquito lo liberaron de su jaula. Lo premiaron por su bravura y sus ganas de vivir. A partir de ese día, serviría a las gallinas ponedoras.

Tuerto lo entendió y se los agradeció. Hasta empezó a “cacarear” cuando salía el sol. Recuperó sus plumas y su fuerza. Al poco tiempo, andaba persiguiendo cuanta gallina alzada pasaba a su lado.

Mientras tanto las riñas y los combates continuaban, pero ya no con la suerte anterior. Nasif y El Turquito perdían más riñas que las que ganaban. El gallo mexicano pasó a ser la nueva estrella de los gallódromos. Los gallos de riña de Teté y El Turquito pasaron a ser punto en vez de banca. Una noche les fue tan mal a sus gallos que no podrían completar el plantel para la próxima fecha de la “Supercopa”.

–Lo llevamos a Tuerto –dijo Tuerto.

–Pero todavía no está del todo repuesto, lo mandás a una muerte segura –añadió El Turquito, quizás contradiciendo a su padre por primera vez en su vida.

–Cuando críes tus propios gallos, podrás opinar. Mientras tanto aquí se hace lo que yo diga –dijo Nasif de manera desacostumbrada.

Los nervios por las derrotas calaban hondo.

Al gallo Tuerto lo agarraron y lo enjaularon. Enseguida, reconoció de qué se trataba todo este ajetreo. Parpadeaba con su único ojo y giraba la cabeza para ambos lados con insistencia, parecía que quería decir algo.

¿No era que me había ganado el retiro?, debía pensar.

Pero al rato se tranquilizó. Calmado, esperó su última batalla. Para peor como contrincante le había tocado uno de los gallos mexicanos.

–Prepará vos a tu gallo –le dijo a El Turquito, enfurecido y triste a la vez.

Despidiéndose, acarició a Tuerto, pero no entró. La riña estaba por comenzar. El Turquito caminaba por las inmediaciones del salón, no quería ser testigo del triste final de Tuerto.

De pronto, la gente empezó a gritar, pero no alentaba a los gallos. Gritaba de espanto. Había nacido otra de las leyendas del turco Nasif. Sin duda, la peor de su vida. Al momento de soltar a los gallos, Tuerto se rehusó a pelear aleteando con todas sus fuerzas hacia atrás. A Tuerto Nasif lo tomó desprevenido, no se lo esperaba.

En el salto, Tuerto, con la habilidad de siempre en el uso de los espolones, le arrancó el ojo sano a Tuerto. Ya que voló sangrante por el aire, el mexicano enseguida atacó al único tuerto que quedaba en la arena y le dio muerte. El pobre Tuerto ya no era un gallo de riña. Cuenta la leyenda (otra más de Turco) que el ciego se comió al tuerto, al horno y con papas.

Cristián Koch (Ciudad del Pilar, Argentina, 1958). Autor de los libros No me mates y Favor por favor.

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