Conversación con el connotado poeta chetumaleño Juan Domingo Argüelles en torno a su obra literaria.
Por Agustín Labrada
Juan Domingo Argüelles asegura que la infancia es la patria de todo poeta. Por ello, en muchos de sus poemas el retorno a su niñez chetumaleña junto al mar se ha vuelto una situación recurrente que conjuga, para alimentar su nostalgia, con visitas temporales a la familia y los lugares que ennoblece su memoria.
Desde el sur de Quintana Roo, Juan Domingo partió hacia la Ciudad de México (cuando apenas tenía quince años) tras horizontes culturales que complacieran su búsqueda. Allí realizó estudios universitarios y comenzó a escribir poesía y crítica literaria, acto por el que se le reconoce en todo el país.
Argüelles es autor de más de una docena de poemarios, entre ellos: Como el mar que regresa, Yo no creo en la muerte, Merecimiento del alba, Poemas de invierno sobre los huesos de un poeta, Canciones de la luz y la tiniebla…, y merecedor del Premio Nacional de Poesía de Aguascalientes.
Su libro premiado A la salud de los enfermos y también Animales sin fábula circularon con éxito en diferentes espacios culturales de la república mexicana, incluidos los del lluvioso sureste, donde el también editor y periodista ha realizado lecturas de sus principales textos, que no se olvidan.
¿A qué se debe que en tus libros A la salud de los enfermos y Animales sin fábula el lenguaje prácticamente se desnude de su carga metafórica y los poemas sean más transparentes, a diferencia de tus poemarios anteriores, donde es visible una hechura de mayor tropología?
Son libros mucho más trabajados en términos de lenguaje, pues creo que el problema mayor de la poesía actual es que expresa muy poco en términos de sentimiento y es demasiado retórica y rebuscada. A mí me interesa más la descarga emotiva, siento que en este caso hice un gran esfuerzo porque al menos lo que yo quería decir tuviera un significado superior y me doy cuenta de que en algunos casos lo conseguí.
¿No crees que la palabra “puta”, una tanto desgastada por los poetas coloquialistas que reinaron en décadas pasadas en nuestro continente, sale sobrando dentro del conjunto poético, pues no le añade más fuerza que la que ya trae el poema-llave con que inicia A la salud de los enfermos?
Cuando yo leí el libro en sus revisiones finales, la sentí como una palabra que saltaba. Después no. Creo que tiene un efecto que, a mi juicio, consideré necesario. Comienza tan duro porque esa primera parte es muy visceral, sigue en ascenso, llega a un punto en que comienza a descender ese tono, y finalmente se cae en un remanso donde están los poemas de amor y de la recuperación de la infancia.
En términos cristianos, las tres primeras partes de A la salud de los enfermos son el Infierno, los textos sobre la niñez son el Purgatorio y los de amor el Paraíso. Al principio no sólo hay ironía, también existe una mordacidad. Mi intención era mostrar desnudo y dolido al sujeto lírico, con toda su desgracia, para luego pasar a una especie de reconciliación con la existencia.

Estilísticamente, ¿cómo ves A la salud de los enfermos en el ámbito de tu propia obra y dentro de la poesía mexicana?
Yo creo que es mi mejor libro, el más concentrado que he escrito. A salud de los enfermos y Animales sin fábula son poemarios gemelos. Nacieron al mismo tiempo, digamos que el último era una sección del primero que alteraba su tono y rompía la estructura, por eso decidí independizarlo.
Animales sin fábula es la parte más mordaz –en la que predominan la broma y la risa– mientras que el otro es más serio y amargo. Creo que esa parte le faltaba a la poesía mexicana, pues cuando no es demasiado leve es demasiado abstracta a la hora de abordar los sentimientos.
Los poetas mexicanos no se atreven a nombrar el dolor, porque temen desnudarse y caer en la cursilería. Hablar de la emoción (sin llegar a ser cursi) es un verdadero reto, y por eso me alegra tanto este poemario, porque cruza los filos de la cursilería al entrar en la emoción y no es cursi.
Alguien que lo logró anteriormente en México fue Eduardo Lizalde, en poemas dolidos como los de El tigre en la casa. Desdichadamente, Lizalde no ha tenido el reconocimiento que merece su obra, ese es un buen poeta que debe tenerse en cuenta cuando se enjuicie la lírica nuestra.
¿Jaime Sabines no es también un poeta que aborda grandes emociones?
Así es, y eso mismo lo lleva a cimas y abismos. De pronto, uno se encuentra con poemas de Sabines muy poco trabajados y no se explica cómo fue eso posible. Su virtud es que nunca pierde el ritmo, siempre es un poeta musical, pero de pronto cae en cursilerías que opacan su quehacer poético.
¿Por qué decidiste seccionar los sonetos en hemistiquios y no presentarlos en su estructura original?
Los escribí con la finalidad de que el lector no los tomase como un trabajo viejo, en tanto la forma del soneto ha sido muy ejercitada por la tradición, y pensé que un cambio estructural tal vez podría ser novedoso ante los ojos de los lectores, quienes a veces no se dan cuenta de que están leyendo un soneto.
Hay varios poemas dirigidos a los lectores en una especie de diálogo. ¿Cuál ha sido la reacción de ellos hacia tu libro?
Mi intencionalidad es decirle al lector que ahí lo que yo expreso es la vida, experiencia vital y no propuestas sentimentaloides. He recibido comentarios favorables de personas disímiles y eso me pone contento, porque la comunicación se ha producido a través de la emotividad.
La transparencia del lenguaje ha servido para compartir mis sentimientos con los lectores, y para decir de algún modo que para escribir un libro es necesario el sufrimiento, de lo contrario no vale o como dijo Jaime Sabines: “¿Qué putas hago entre niñas que no quieren hombres, sino poesía?”
¿A qué se debe el título del libro?
Se trata de una doble intención que puede interpretarse de varias maneras. Para mí es un viaje a la enfermedad, la angustia, la tristeza, la desdicha: hundirme en la contradicción emocional que es para mí la vida y salir de ella, aunque no pueda explicarme muchas emociones.
Hay un deseo de que los enfermos recuperen su salud y, por otra parte, es un brindis a la salud de los enfermos que somos todos los seres humanos como lo son los personajes de Animales sin fábula. En ambos conjuntos poéticos, hay sicoanálisis, confesión, crítica y catarsis.

¿Cómo valoras tu obra anterior a este libro?
Veo con nostalgia Merecimiento del alba, Como el mar que regresa y, en menor medida, Canciones de la luz y la tiniebla, que es donde comienza este camino. Ello me recuerda un verso de Rilke: “Es muy largo el camino para llegar a ti”, pues yo no elegí la manera de llegar a este tono.
¿Persigues algo con tu escritura?
Al escribir yo no pretendo hacer nuevos libros para que se crezca mi currículum y se hinche mi bibliografía, aunque parezca que publico obsesivamente. Lo que ocurre es que se han dado las circunstancias editoriales y mis títulos salen en lapsos muy cortos.
El único móvil que tiene para mí la poesía al escribirla es una necesidad expresiva. Bastaría sólo con escribirla, pero la publico para contrastar mis sentimientos con los del lector, y reconozco que hay en gran medida una función terapéutica que aprovecha los canales del arte.
¿De qué modo resuelves estéticamente la escritura de un poema motivado por una emoción análoga que sirvió antes para otro texto?
Cuando eso me pasa, saco un verso o una imagen que sea diferente del poema anterior, y a partir de ella trabajo con el objetivo de armar un poema diferente, una versión distinta. Pero escribir solamente alivia, pues uno nunca se va a liberar mientras viva de la angustia.
Después de tantas lecturas, ¿qué autores de poesía encajan en tu universo interior, son parte de tu sensibilidad?
Yo vuelvo siempre a Pablo Neruda, a César Vallejo, a Eduardo Lizalde, a Jaime Sabines y a Octavio Paz. T.S Eliot parece un poeta frío y he descubierto una serie de recursos estéticos y literarios en su obra, pero cuando la emoción lo traiciona, Eliot, igual que Pound, es extraordinario.
Cuando empecé a leer me gustaba mucho Luis Cernuda. Ahora Cernuda para mí se ha ido diluyendo al grado de llegar a aquella broma: “No vale nada Cernuda, / Cernuda no vale nada, / empieza siempre llorando/ y así llorando se acaba.” Quiero decir que ya no me dice casi nada su poesía.

He escrito imitaciones de los grandes poetas que admiro, que he terminado de aceptar por encima de los otros. Son imitaciones que parten de una imagen que me haya gustado y estoy muy satisfecho con uno de estos textos que juega con la retórica típica del estadounidense Ezra Pound.
Dentro de la poesía mexicana, tengo afinidad emotiva con Francisco Hernández; José Luis Rivas, el de Tierra nativa; Luis Miguel Aguilar, el de Medio de construcción; y sobre todo Efraín Bartolomé, que es para mí no sólo el gran poeta de mi generación, sino también el gran poeta de México.
Agustín Labrada (Holguín, Cuba, 1964). Escritor y periodista radicado en Cancún. Autor de, entre otros libros, el poemario La vasta lejanía, el conjunto de ensayos sobre la literatura de Quintana Roo Teje sus voces la memoria y la novela Botas rusas.
Si leíste esta entrevista, tal vez quieras leer:

