«Hay un tipo de violencia silenciosa, pasiva que no se ve a simple vista, pero está allí como felino al asecho», escribe la arquitecta.

Por Isabel Rosas Martín del Campo
“Me había negado a aceptar que sufro un tipo de violencia de género en un ambiente laboral”, es la afirmación recurrente de muchas mujeres “alfas” que tienen puestos directivos en una empresa. Pero, que sucede cuando de pronto un día inesperado el director general de la empresa que te contrató te llama y te dice a viva a voz para que todos escuchen: “Tú no eres directora, te nombraste así misma tú”. Demostrando con ello una autoridad mal concebida: Autoritarismo patriarcal, sin lugar a duda.
Definitivamente el ambiente laboral en particular, aquél donde la nómina masculina es la que predomina, la mujer líder queda supeditada al escrutinio de los caballeros que sólo esperan una excusa para hacer notar cualquier detalle como un motivo de queja o señalamiento de mal comportamiento de la dama en cuestión: “es una prepotente, tiene aires de superioridad” o cualquier otro comentario misógino. Como lo es: ¿Por qué te vistes así?
Hay un tipo de violencia silenciosa, pasiva que no se ve a simple vista, pero está allí como felino al asecho. Esperando cualquier momento para soltar el zarpazo que se dice ingenuo e involuntario. Como lo es cuando callan a la ejecutiva, a media conversación argumentando que está hablando de más, por el sólo hecho de ser mujer. Quizá la tendencia sea que cada vez más se ocupen los puestos directivos en la misma proporción de género. Sin embargo, para que este hecho sea una realidad faltan muchos años para que se gane ese terreno. Amigo y enemigo es la enfermedad depresiva ambivalente de la era de cambios más abrumadores jamás vivida. ¿La mujer y el hombre son amigos y enemigos a la hora de enfrentarse a escenarios de competencia?
Sólo para recibir órdenes
Qué se debe de pensar si un director general contrata a una mujer cuya trayectoria profesional es de sumo competitiva y le subraya que estará desempeñando ese cargo para exclusivamente recibir órdenes de lo que debe de hacer, coartando su libertad de proponer iniciativas que pondrían en práctica su expertis para el mismo crecimiento de la empresa y el de ella misma. ¿A qué queda reducido su talento?, ¿habrá un crecimiento personal? , ¿habrá un crecimiento para la empresa?
Desde luego, este tipo de propuestas laborales dejan en claro que las perspectivas son reduccionistas y que la filosofía de la empresa es simplificante y, con pocos ánimos de incentivar los talentos para utilizarlos en pro de la organización y de cada miembro contratado.
Tornándose la autoridad superior excesiva, al mismo tiempo, generadora de pesadas relaciones y ambientes tensos y donde en esa relación vertical, irán cayendo los tristes empleados en cansados sujetos de rendimiento cuya resistencia al final cederá para confirmar que sólo somos sociedades laborales pobres en alteridad y ricas en autoridad.
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