
Sting ofreció un show impecable que será recordado por muchos años en aldea Zamná, antecedido por Aterciopelados.
Luciano Núñez
No era sólo verlo a Sting cantando en vivo: Era verme bailando “Cada vez que respiras” con aquella muchacha de ojos color miel. Era aquella batalla intentando tocar en la guitarra “La forma de mi corazón”. Y era anhelar tantas veces verlo en un escenario a Gordon Matthew Thomas Sumner haciendo su alquimia, que lo de ayer, parecía un holograma que se conjuntó en un punto que hizo vibrar fibras especiales que guarda la neurona. Pues, de nostalgia también viven mujeres y hombres.
Golpe bajo al corazón

Andrea Echeverri, cantante de Aterciopelados, había anunciado que habría un aguijón. Habló de un alacrán o una abeja. Lo hizo antes de cantar el “Bolero Falaz” y “La Ciudad de la Furia”, en una versión que mejora las formas y sensaciones de algo que sigue siendo potente y distinto. La mujer “baracunatana” desplegó gritos y locuras lindas para regalarnos esa rola tan sentida “He venido a pedirte perdón”, de Juan Gabriel, que le dio un primer golpe bajo el corazón.
Era la mensajera, la que venía a anunciar la llegada del “lord” de la puntualidad inglesa que se come las tostadas hechas de un solo lado y, que se vestía con playeras de abeja: Sting. Un bajista, músico y compositor que, a finales de los 70, junto a Andy Summers (guitarra) y Stewart Copeland (batería) con su “The Police”, logró llegar a todo el mundo a base de una mezcla de post-punk, reggae, rock y algo de jazz.
Luego, vinieron las suaves notas de la época en solitario, de la cual, dejó impregnada en el aire “tuluminati” bajo un cielo que destilaba nubes blancas que pasaban a toda velocidad, como el concierto.

Susto
El acceso a Zamná, más popular por sus fiestas electrónicas, fue sede del festival Mexican Caribbean Music Fest, que organizó el gobierno del Estado de Quintana Roo. El operativo estuvo a la altura del acontecimiento: con espacio para estacionamiento y acceso a través de QR. La multitud (unas 15 mil personas) que fue a ver el show, no tuvo problemas para ingresar. Salvo un momento de tensión en el área VIP, dado que la estructura tuvo un movimiento que generó que — por unas horas— el espacio fuera desalojado hasta que Bomberos y Protección Civil constataran que no había riesgo.
La arena —en medio de la selva— estaba lista para los platos principales. Aterciopelados ingresó como estaba en la agenda, poco después de las 8 y dio un show entre nostálgico y nuevo, hasta pasadas las 930. Hubo pelotas gigantes entre la gente y un ambiente festivo y alegre que mezclaba a jóvenes, rucos y chavorucos.
Poco después de las 10, con un pantalón ajustado negro, una playera gris y su bajo que acusa innumerables batallas, descascarado y dueño de un sonido tan profundo como un cañón, el inglés echó mano a un power trío para repasar el néctar de la obra en The Police y sus pasos en solitario.
Clásicos y espacio para soñar
Arrancó con todo, pero sin su habitual guitarrista Dominic Miller (reemplazado de manera tan efectiva como brillante y sutil por Ben Butler), y el baterista Chris Maas, dueño de un golpe tan potente como milimétrico. “Mensaje en la botella”, abrió la cancha para pasar a otro clásico “Si pierdo mi fe en ti” y “Un inglés en NY”. No evitó Sting ni sus clásicos ni sus himnos: fue generoso y amable con el público que asistió a un show de primerísimo nivel, que abre un espacio para soñar en Quintana Roo, ante la pérdida del Festival de Jazz de la Riviera Maya. Siguió: “Cada pequeña cosa que ella hace es mágica”, “Campos de Oro” y “Espíritus en un mundo material”, todo ello sin dar respiro y poco diálogo con el público, ya un sello de cantautor en sus giras. Sin embargo, no dejó de nombrar a Tulum y dirigirse al público en un español bastante claro.
“Envuelto alrededor de tu dedo” y “No soporté perderte”, dieron paso al clásico: “La forma de mi corazón”. Y el bloque que preparaba el final estuvo conformado por “Caminando en la luna” y “Tan Solo”. Casi en el cierre sacó «Rey del dolor», “Rosa del desierto” y aquel himno: “Cada vez que respiras”, que fue entonado por todo el auditorio como en un solo latido.
Como un caballero, no se negó a un bis para una tierra que suele visitar y lo asombra por su belleza, para lo cual, trajo a la memoria de todos a su «Roxanne», a la que pedía que ya no se ponga en la luz roja, que no use aquel vestido esta noche y camine las calles por dinero.
Desde todo punto de vista: impecable para sus 73. Si bien a algunas canciones les bajó la tonalidad, aún así no perdieron ni la magia ni el brillo que les dieron la calidad de clásicos.
El aguijón nos tocó, porque no sólo era verlo cantando, era algo más, era algo que sólo viene con los años y ha llegado ayer nítido para recordarnos que, desde hace varias décadas, Sting viene poniendo el telón de fondo a la vida que pasa, y a veces, regresa en oleajes con la belleza de una melodía o un recuerdo.
Te puede interesar: Coordina Mara Lezama con ONU-Hábitat acciones y programas para el Bienestar de las y los quintanarroenses



















