No pocos gobiernos y mandatarios han echado mano a las filas los de los periodistas para cubrir puestos de vocería. Incluso,  se han dado casos de periodistas que han decidido seguir haciendo carrera como burócratas, y otros, en cambio, regresan a sus trincheras buscando la verdad.

Lo extraño es que en Quintana Roo existe un caso: el de Julio César Silva, incansable trabajador de amplia trayectoria, eso sí, quien dobletea como periodista y como vocero de Laura Fernández; pero además, cuenta con publicidad del gobierno del Estado en su página Palco Quintanarroense (ver gráfica superior). Por un lado, defiende la imagen de la alcaldesa borgista a ultranza, y por el otro, promueve las acciones de gobierno del gobernador Carlos Joaquín, algo ideológicamente incongruente.

Es decir: es vocero de Laura de mañana, publicista del gobierno del Estado de tiempo completo y, de tarde, periodista. En México se dice que hay cosas que no se deben, pero todo se puede. No “debería” un vocero continuar su labor periodística porque, ¿qué desaciertos podría señalar de sus jefes?, ¿qué podría opinar quien está encargado de defender y promover imagen de sus superiores y clientes? Un vocero es, en estricto apego a la ley, un empleado de gobierno pagado con recursos públicos, lo cual, debería suponer un distanciamiento de otros espacios de opinión, donde la visión se nubla por asuntos de incompatibilidad, sobre todo, el materia política, justamente la especialidad de este comunicador. En Estados Unidos, salvando toda distancia, la función de presidente a Donald Trump le exigió entregar el mando de todas sus empresas porque el estado ahora le paga para cumplir otra función. Pero hay quienes se niegan a pasar de “clientes” a cantineros, en vez de eso, prefieren seguir en calidad de agentes dobles.

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