opinión Isabel Rosas

Por Isabel Rosas Marín del Campo

¿En qué nos hemos convertido?

Hombres, mujeres y niños, de pronto, no sabemos quienes somos. O es que tal vez el hombre de hoy apenas se descubre sabedor de quién es, que no sabía qué era.

Es que, verdaderamente hay qué reflexionar en los seres humanos que dudan de sus roles o, se está faltando a su individualidad y libre albedrío; porque, lo interesante es considerar que los roles cambian en función de las modas y no de los pensamientos las más de las veces.

Hombres que siguen pensando que las mujeres solo son floreros para adornar o, peor aún, que no ven en ninguna la belleza de la vida dentro de sus vientres. También están las mujeres que odian a sus hijos o las niñas que son vejadas o los niños que son formados para delinquir desde pequeños.

Libertad o dogma

Sin embargo, es todavía más controversial cuando se señala a las mujeres que piensan que son hombres porque no les gusta ser mujeres u hombres que no les gusta ser hombres porque piensan que son mujeres. La libertad de esta condición no es una cuestión para juzgarse como bien o mal sino para reflexionar porqué ya no se quiere ser lo que se es.

Y en tal caso, quienes no están de acuerdo, deberán desarrollar la capacidad de la aceptación de estas nuevas realidades ideológicas. La mente del ser humano es tan infinita como el universo mismo, esto le permite la libertad de su pensamiento, el mismo que enjaula cuando cristaliza paradigmas o cuando vive ahogado entre estos, como dogmas.

Están las mujeres que sobrevaloran sus roles sintiéndose heroínas de un mundo que no requiere héroes ni heroínas, sino seres humanos conscientes de su fragilidad o de sus fortalezas y no sólo seres seguros de la fuerza que les otorga su racionalidad e inteligencia; pues es claro que el sentido común no busca la racionalidad del humano poderoso sino la inteligencia del humano humanizado.

Pequeños y frágiles

Sería más sensato reconocer nuestra fragilidad, la que nos hace sensibles al mundo y hacia nosotros mismos, como una misma especie y no como seres antagónicos y enemigos de lo que sea, para sabernos con consciencia que ante la naturaleza somos muy pequeños —pero no como la abeja que, si faltara, el mundo colapsaría—, pequeños en perfección porque nuestra racionalidad nos hace fuertes para destruir. Hemos visto en un par de semanas cómo el mundo sanó sin nuestra presencia, sin nuestra racionalidad y sin nuestra inteligencia.

Síguenos en Google News Únete a nuestro grupo de WhatsApp

1 COMENTARIO

  1. Parecería valedero y sensato sabernos primero que nada, humanos, luego entender que solo somos parte del universo y no amos de él; entender que nadie es más que nadie, pero menos que nadie tampoco. Entender que debemos transitar este mundo en el entendiemiento que cada ser humano es único e irrepetible y como tal debe ser aceptado por sus semejantes, sin cuestionamientos arcaicos y destructivos; luego, entender que todo comienza por amarnos a nosotros mismos en esa individualidad, para poder amar a nuestros semejantes en la suya. Aprender que todos de una u otra manera somos valiosos y tenemos el derecho y la obligación de construir un mundo mejor, donde humanos y otras especies convivan sin destruirse.

Los comentarios están cerrados.