Trabajar horario completo y con horas extras para presumir la agenda llena. Pero la mayoría de los empleados deben lo que tienen y gastan lo que ganan. Asumen que, si demuestran eso cada día, podrán llegar a tener el éxito deseado.

Por Isabel Rosas Martín del Campo

Trabajas 14 horas y lo único que asciende es tu cantidad de cortisol en todo tu cuerpo. Dolor de cabeza, inflamación abdominal y culpa mental. Es el pan de cada día del workaholic, que dicen trabajar horario completo y horas extras para presumir la agenda llena.

Me pregunto: ¿Llena de qué y con quiénes? Deben lo que tienen y gastan lo que ganan. Ellos asumen que, si demuestran eso cada día, podrán llegar a tener el éxito deseado. Lo malo aquí, es que siempre desean el éxito ajeno y por ello nunca alcanzan el suyo, el que les pertenece; el que está allí sentado a su lado esperando en qué momento se dan cuenta de su existencia.

Estos fracasos sistémicos son la estructura económica de un sector de población que siente que estar cada día, de ajonjolí de todos los moles, en espacios que suponen “Networking” —en donde, tras un minuto de presentación (quiénes son, qué hacen), se obedece la inspiradora dinámica guiada por el “pastor” en cuestión: “platica con el de al lado para conectar”— alcanza para llamarlo progreso. Aunque no todo networking es humo, este rito pay-to-network vende proximidad simbólica (pero no cierta).

Ser

Aquí, reflexiono en que siempre una iniciativa clara induce a dejar de pagar por “estar” para inspirarse a producir para “Ser”. Y es que, estar no tiene riesgo, pero ser no es de cualquiera, implica riesgo, criterio y producción. Ser te hace original no sistematizado a un recetario empresarial sino sistémico para detectar áreas de oportunidad a partir de tus propios talentos.

En cambio, este tipo de trabajo que yo veo más como una especie de auto explotación, sin sentido, muy romántica es un hábito ya en estas comunidades legitimado por un deber que sacraliza la riqueza material y menosprecia la inmaterial. Intenta creer que son horas de utilidad con crecimiento y equivalencia a movilidad profesional. La “meritocracia” es un estigma del posmodernismo que todo lo valida y lo traduce en “dinero” y éste en “negocio”.

La pregunta siguiente es: “¿cuál mérito es el acreditable?” el del que dice qué hacer porque convence con ejemplos de otros que nunca son propios sino el resultado de personajes reconocidos e inalcanzables mediante best Sellers que te instruyen en cómo ser millonario sin esforzarte, sin dolor y sin equivocarte. El mercado de atajos promete el aura del magnate y un método replicable. Si no funciona, la culpa es tuya; si funciona, el mérito es del método. Acaso ellos te van a evitar esos altibajos por atajos que, ojo, su precio es una cantidad obscena que sabrá dios de dónde la vayas a obtener; en otras palabras −te endeudarás en nombre del éxito prometido entre gurús y dioses empresariales−.

Esta es la anestesia colectiva que transforma la culpa individual en un logro alcanzable asegurado. ¿Cuál es el logro, en realidad? Haber, primero, conseguir el dinero para entrar al anhelado curso que, ¿te habilitará como impronta las habilidades (no del mentor) del magnate, del famoso, “del dios del dinero, vuelto humano”? y lo segundo; ¿Saldrás con la creencia de que el mundo, después de allí, es de colores porque ahora eres casi un súper héroe de las finanzas y de los negocios?… Cuando el dinero se vuelve un anzuelo el esfuerzo se oculta. Cuando la riqueza material es la promesa la pobreza mental no importa.

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