Pocos políticos han dejado una huella tan honda a lo largo de tantos años, enarbolando varias banderas que lo mantuvieron vigente hasta los últimos años de su vida.
Fue primer alcalde interino de Solidaridad, diputado local y dos veces regidor.

Por Luciano Núñez
Conocí a Marciano “Chano” Toledo en circunstancias bastante particulares: iba a subirse al ring en un combate amateur. Me habían dicho que era político y empresario, pero que tenía todavía viva su vieja flama pugilística. Era como pensar en una monja en un casino. “Al fin un político que se la rifa”, pensé.
Porque hay que tener cojones para molerse a golpes para que otros aplaudan, les brinque el corazón y se vayan felices a sus casas, mientras la adrenalina ejerce su imperio en el cuerpo de un hombre ya maduro, por esos años.

La pelea no se hizo: “Creo que me salvó de que me dieran un mal golpe”, diría, y, años después, conocí a su hijo, José Luis, que comenzaba su carrera política en el PRI.
El pasado sábado, aquel hombre de cojones, de las muchas banderas y generoso como pocos, murió a los 65 años, y hasta entonces, había abrazado varias causas con las que murió puestas; como lo hacen los buenos soldados con sus botas.
Algunas las vio materializadas, como la creación del municipio de Solidaridad, por lo que tanto bregó; otras, como la disminución de la luz y el agua, la erradicación de los parquímetros, no. Se fue esperando justicia, como murieron tantos pioneros que quisieron un mejor entorno, a costa de sacrificar un poco de la comodidad de lo logrado.

“Se sacaba la camisa para dártela”, me dice el columnista Oscar González, que llegó a conocerlo de cerca. No tenía filtros para decir lo que tenía que decir y, por ello y mucho más, dejó una huella imborrable en Solidaridad, tierra que hizo suya desde inicios de los años 80.
El político y ajedrecista
Chano había sido el primer alcalde interino de Solidaridad en 1993 e intentó, varias veces, volver a ese espacio, más nunca lo logró. Gran parte de su rica historia está narrada en un emotivo libro que decidió llamar: Una vida a mi manera, prologado por el ex gobernador Mario Villanueva Madrid. Inspirado por el dolor que han expresado innumerables organizaciones, familias y amigos (incluso la clase política y el gobierno de Estefanía Mercado, que decretó un día de duelo en Solidaridad), leí con sumo interés este legado escrito que dejó, apenas hace un año, como presagiando su prematuro desenlace.

Su libro deja un puñado de ricas anécdotas, reveladoras líneas políticas y arranca las primeras páginas con una frase: “Sólo somos producto de lo que creemos”. Y cito: “Quiero compartir lo aprendido. Valores como el respeto, el honor, la dignidad, la justicia y la voluntad inquebrantable”.

Hijo de empleado ferroviario y ama da casa, contó que desde que jugaba a las canicas le gustaba ganar. “La vida es como el ajedrez: todo el tiempo se libran batallas mentales y emocionales”, decía el admirador de Bobby Fisher y Garry Kasparov, quien llegó a competir y transmitir su afición por el ajedrez a hijos y amigos.
Hombre de creencias (también admite que de excesos) y lleno de frases, creía en aquello del “mal orgullo”. Explicaba que cuando una persona pierde, de la revancha, con tal de recuperar lo perdido, nace “el mal orgullo” en el que, aún ahí ganando, se pierde. Sin embargo, creía en que la vida como el ajedrez, es un juego. “No tienes que tomártela tan en serio, hay que divertirse”.

Box y empresa
Según su propia narrativa, tuvo tres peleas como amateur y todas las ganó en el primer round. No siguió usando los puños porque ya estudiaba agronomía en su San Luis Potosí natal, e ingresó antes de terminar en la Secretaría Agraria, donde tuvo su primer empleo. Con ese sueldo logró poner su primer negocio: una juguetería. Ya para finales de los años 70 trabajaba en la Reforma Agraria y, casi terminaba la carrera como ingeniero agrónomo, su tío Ernesto Toledo lo invita a trabajar en Chetumal, porque tenía que aprender a picar piedra.
Por azares del destino comenzó a trabajar en Cancún e Isla Mujeres, para después acabar en Playa del Carmen, con un localito de 4 metros por 4, en donde puso una tienda de artesanías. Tenía una camioneta sin escape, por lo que de lejos sabían que iba llegando y, desde el primer día, vendía en esa tiendita todo lo que compraba: desde souvenirs hasta piedras. Era las épocas de la abundancia pionera. “He aprendido que arriesgar es una forma de ganar”. Años después abrió el restaurante Flippers y un hotelito.
Hace unos ayeres con un amigo queríamos ir al Festival de Jazz de la Riviera Maya y el viejo Chano nos invitó a ese hotelito. Finalmente yo no fui, pero mi amigo sí y, ademas, lo trató con la estima que se dispensa a un viejo amigo. Y así lo hizo hasta el año pasado, que fue la última edición del festival.
El sabor caribeño
Narra en su libro que cuando llegó a Playa del Carmen era un pueblito de pescadores. “A mí me enamoró ese sabor caribeño”. Allí atravesó el devastador huracán Gilberto, en el año 1988, cuando le dio amparo a mucha gente —e incluso comida—.
A lo largo de su libro, no pocas veces menciona el sentirse como un “extranjero”, relegado por un nativismo que, a la postre, fue desapareciendo para asimilarlo como a uno más. Por su forma de ser, se involucró en la política, de la que decía, busca títeres para manipular. “Y a mí no me gusta que me impongan”.
En una reunión previa a la concreción de Solidaridad como municipio le dijeron que, “ni en 200 años Solidaridad sería municipio”. Sufrió acoso y tuvo miedo, admitió. Sin embargo, fue uno de los hombres más comprometidos con la bandera de convertir a Playa del Carmen en octavo municipio de Quintana Roo.
Aseguraba que el nombre le viene como anillo al dedo al municipio. “Es una tierra prodigiosa que brinda resguardo y hospitalidad a miles de mexicanos; también los extranjeros de más de 100 nacionalidades pueden dar cuenta de ello”. Unas versiones decían que el nombre se dio por el famoso programa Solidaridad que puso en marcha el presidente Carlos Salinas de Gortari, cuando Luis Donaldo Colosio era secretario de Desarrollo Social. Según su versión, tuvieron inspiración de un sindicato de Polonia, aunque admitió que sí coincide con el programa presidencial de ese entonces, “el nombre Solidaridad honra a mujeres y hombres que, desde hace 30 años, hicieron de la solidaridad el cimiento del municipio”.
Revelaciones políticas
Luchó contra el modelo hotelero “todo incluido” y pensaba que, “el narcopoder nos ha rebasado”.
También fue parte de quienes buscaron la regularización de la colonia Luis Donaldo Colosio, algo que llegó a ver bajo la presidencia de Andrés Manuel Lopez Obrador. Antes, escribió, que el gobierno de Mario Villanueva había logrado una sentencia en la justicia para poder comercializar los lotes a un precio razonable: 57 mil pesos, pero que llegó el gobierno de Joaquín Hendriks y creó —mañosamente— la Desarrolladora de la Riviera Maya, “una empresa creada con fines de lucro”, que describe, cobraba intereses como un banco y a veces recuperaba los lotes que vendía a cifras millonarias.

No menos polémica es la parte de su libro en la que recuerda que, en su tránsito por ser candidato para volver a ser alcalde, fue traicionado por el entonces dirigente de Convergencia (ahora Movimiento Ciudadano), Rubén Darío, quien se vendió con el entonces gobernador, Félix González Canto. Y que le pidió ayuda a Roberto Borge, “pero el que mandaba era Félix, Félix González Canto. Él fue el que metió a Roberto Borge en muchos pedos, y él lo sabe”, rememoró. No se desanimó, porque para él, la política era hacer posible lo imposible. “Soy un hombre constante, como una gota que cae, una y otra vez, hasta que se rompe la roca.
Treinta años después
Retomo la historia que yo conocía y que narra en su libro: tenía Chano 30 años de no subirse a un cuadrilátero. La pelea nunca se hizo por una tromba con granizo que se llevó hasta las sillas, sin embargo, el dinero fue a manos de un tal Otilio, que entonces estaba en el deporte municipal. Y el trasfondo de la pelea era darle guantes y mejores condiciones a los jóvenes deportistas, algo que tuvo que hacer con sus propios recursos, según se desahogó en su narrativa.
Chano Toledo, el hombre que decía que del tamaño de tus sueños es tu carácter, que hizo de su casa un parque que llamó Chanolandia, que se tiraba clavados que filmaba en un cenote, que no sabía que le quedaba poco, que hacía todo rápidamente y con convicción, era de las pocas personas que se mantenían en las calles blandiendo causas, banderas, pese a todo.
Sí cometió errores: seguramente como todo ser humano.
Rescato en estas líneas recordando a quien, quizás un día de verano, flotando en ese cenote que adoraba, pensó mirando la bóveda del cielo de Solidaridad, que tenía que luchar por los abusos en el cobro de la luz: una de las más caras en toda la geografía mexicana y el servicio de agua potable.
Terco, encabezó marchas, lanzó consignas, marchó y marchó como quien marcha a una guerra con férrea convicción: fue paciente para ayudar a crear un municipio y fundar una familia que se expandió como todo aquello que tiene buenas raíces. Abrazó distintos colores y fue regidor dos veces. La última cruzara era los parquímetros, que decía, “es un abuso ponerle arañas a los carros e inmovilizarlos”. Y calificaba a la empresa de «leonina», así como los cráteres que dejó la sascabera Calica, que pueden verse desde el espacio.

Adiós Marciano, adiós el Rocky de Solidaridad, en hombre de los muchos rostros y las sólidas banderas, que por estas fechas, están a media asta.
Hasta sus detractores lo van a echar de menos.




















