León de la Hoz

EL CUERPO QUE OCUPA LA LUZ

cae sobre ti y se hace pedazos.

Son los días de las noches.

La muerte y el cuerpo comienzan

a segregar la tierra que sostiene la casa

donde vivir es herir al otro.

Agua y polvo de las imágenes,

barro del último día del mundo.

Es el amor de los cuerpos

que se apartan ante el muerto,

el esperado que nunca llega

mientras sea la salvación.

Cada poro es el lugar que todo lo agota,

cada cuerpo nos confirma una creencia.

Cada vacío es el odio.

NATURALEZA

¿A dónde van los cuerpos dorados por el fuego,

que en las noches apartamos de las sombras

y permanecen girando en el cielo que inventamos?

Somos dos buscándose en la oscuridad,

tocando los pies de los muertos de esta tierra

que se abre bajo nosotros como puertas del mar.

A nadie le debemos nuestros ojos de ciegos

ni nuestras bocas rajadas con una gota de luz.

No sé si existimos y a nadie le importa

el hombre que en cada noche se desploma

y se hunde como piedra en el agua de otros ojos.

Él es el sueño, la única esperanza,

lo demás es sangre de los ríos y los mares,

la respiración de las nubes y los árboles,

que se mueven bajo el cielo resbaladizo.

EVOCACIÓN DEL AMOR

El ser amado pasa arrastrando una cadena.

El sacrificio es otro.

Ésta es la complacencia de ser dos.

El ser amado se asoma con miedo

a una casa vacía que hace señas a lo lejos

como el barco que pasa frente a un niño.

Son las doce campanadas y uno huye a la mitad.

El ser amado llega y estira la mano

buscándose en el otro que está muriendo.

El que se muere abre los ojos para ver

el horror del ser odiado.

Son el mismo en ambas caras del cristal.

Uno siempre huye. El odiado. Uno siempre.

Uno va tocando con su pie desnudo el infinito,

en las hojas verdes que flotan en el agua.

La salvación es frágil.

Sólo si se musita el nombre que precede a la muerte.

Uno huye. Se le persigue.

Uno musita. El otro también.

Es a ti a quien nombra. Eres tú quien reza.

El ser amado estira la mano para llenar la casa

que no puede acercar ni alejarse. Es la condena.

El castigo es ser amado.

Uno llora ciego por el otro

y palpa la belleza. La culpa tiene ojos

y se reconoce en los ojos del inocente.

Cuál es el verdadero nombre del ser

que busca ser amado. Sin respuesta. Es tarde.

Amor, líbrate en el instante supremo

saltando sobre mis hojas. Son las doce.

Cubre las campanas con un paño negro.

El sacrificio empieza: golpe sordo en el pecho.

El odiado no entiende

y el amado entierra un asta en el cielo que cae.

Cada cual se abraza con pasión a la estrella

y el ser amado se asoma a mirarse en lo desconocido.

León de la Hoz (Santiago de Cuba, 1957). Son algunos de sus libros La semana más larga, Vidas de Gulliver, La mano del hijo pródigo… Entre otros reconocimientos, en 1987 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Julián del Casal (Cuba). Vive en España.

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