Tres poemas memorables del gran poeta cubano y universal, llenos de metáforas transparentes y la cadencia de las conversaciones íntimas.

Eliseo Diego

Bajo los astros

Es así que la casa deshabitada por la tarde

suena de pronto

como el cordaje de un barco.

 

Vibran a solas los cristales vacíos,

la penumbra quisiera conmovernos,

y el animal pequeño,

el de lustrosa piel en los rincones,

trémulo huye, como siempre,

a los altos distantes.

 

Es aquí donde decíamos:

qué tiempo maldito hace debajo de los álamos,

suerte que vino usted a tiempo,

buenas tardes, oh padre,

qué mala noche, qué buen día siempre.

 

Aquí, en el umbral que los nortes menudos de las puertas

asuelan de gris y leve polvo.

Alguno de nosotros, los de casa,

debe vestir los pesarosos,

los oscuros ropajes del sacrificio,

para decir: aquí esperaba y aquí cosía mamá

sus misteriosas telas blancas;

y aquí entró aquel día el tímido lagarto,

y aquí la mosca extraña que zumbaba;

y aquí la sombra y los cubiertos,

y aquí el fuego y aquí el agua.

 

Porque llega una hora en que todas las casas

se despueblan de sus ruidos mortales

y las vidrieras son frías,

como esos invernaderos desolados,

lisos ojos de muerto,

que nadie supo nunca donde quedan.

 

Es preciso que alguien, alguno de nosotros,

venga y diga: los cubiertos de casa, qué se hicieron;

alguien sin duda los ha robado.

 

Grave silencio,

sobre mi hombro descansas,

como el peso conmovedor

de una muchacha sollozante.

 

Es así que ahora todo nos falta.

Si alguien nos ofreciera un poco de café,

nos salvábamos,

porque la casa deshabitada

es adusta como la justicia del fin

y el viento que pasea por los altos

no es sino el viento,

las estancias no son más que las estancias

de la casa vacía

y es como si no hubiese venido nadie,

como si nadie mirase los recintos del hombre,

bajo los astros.

 

El color rojo

El color rojo de los pueblos, antiguo,

fervoroso y tenaz

en la memoria del almacén nocturno arde,

como borroso puño y escritura,

sagrada y ágil máscara de fiebre,

de tal forma que nunca

podremos descifrar

el angustiado parlamento,

el discurso veraz y las noticias seniles

de la fiesta que acabó muy tarde,

cuando el color rojo

de los pueblos surgía

en las cenizas del alba como el silencio

en la intemperie del andén último,

que mira el desolado sueño y la inquietud de la seca

y el color rojo

de los muros finales, ásperos;

el color rojo,

el cansado color que nunca pierden,

casi como razón de fe,

como la piel amarga,

como la fe sedienta de los pueblos.

 

Pequeña historia de Cuba

I

Cuando en los pueblos la tarde cae de polvo a púrpura,

en Bejucal o en Santa María del Rosario,

Calabazar, rincón de soledades,

Artemisa del alma o misterioso Guáimaro,

la gente se va a los parques.

Desde la tierra,

los ojos lentos suben a la locura del murciélago

yendo y ahondando las vacuidades solitarias,

y pónese uno a hablar de los taínos, y de David y Botticelli.

Los españoles no hicieron aquí cosas muy grandes,

pero tampoco, es cierto, las hicieron los indios, esos pobres,

que en vez de templos o pirámides nos legaron cazuelas;

en vez de altares para la sangre,

recipientes para el casabe.

No sabían mucho,

eran más bien felices y no escribieron nunca.

En Cuba no había oro.

Pánfilo de Narváez batió en vano sus mandíbulas

y desquitóse luego matando hasta por gusto, a tajos.

De prisa y corriendo,

se hicieron dos o tres ciudades, a lo sumo,

porque no había oro: qué vergüenza.

Quizás una pepita o dos,

a lo más cuatro,

y así quién hace catedrales.

(El Hijo del Carpintero tampoco habría podido costearlas.)

Y piénsese que todo el tiempo

el almirante mismo, Colón, Cristóbal,

el genovés de los ojos obstinados,

había dicho que esta era la tierra más linda que soñaron ojos humanos,

con todo lo demás que dice sobre los pajaritos piando esplendores.

Pero no les bastaba.

En la ridícula isla no había oro,

y así quién pinta, quién guerrea, quién construye, quién hace nada.

De rabia desgajaron los bosques, deglutieron la tierra, se tragaron las aguas.

La belleza de la isla que se la lleve el diablo.

II

Entre un murciélago y el otro cabe la invención de la caña.

En Bejucal, en Santa María del Rosario,

entre la tierra y la locura de los aires

cabe el negrero, el bocabajo, el látigo: por fin tuvieron oro.

Tumbaron todos los bosques, chapotearon en sus feos trajines, locos de gusto;

esparcieron horror a manos llenas, agarraron su oro.

El espectro de Pánfilo de Narváez iba en la lluvia riendo gordo,

Calabazar lo vio y también Artemisa y el remoto Guáimaro.

Pero los negros no tenían ni grandes templos ni tampoco pirámides,

ni hermosos ritos crueles por los que suba el humo de la sangre

a borbotones de miles y de miles de sacrificios humanos.

(Tampoco los taínos enviaron a los cielos otro humo ritual que el del tabaco.)

No trajeron, los negros, en la estrechez de los barcos negreros,

más que su música y sus bailes y esa voz que resuena

como en el mismo corazón del hombre.

Por fin había oro, pero los españoles no hicieron catedrales a Dios gracias,

ni en Artemisa ni en Bejucal ni en la mismísima Santa María del Rosario: no había tiempo.

(Nazaret fue un pueblo así de raso: no se menciona su sinagoga para nada.)

El oro era tanto, que no había tiempo más que para pegar, arrancar y llevárselo,

con lo que nos cansamos por fin los blancos y los negros (indios ya no había)

y nos quemamos los ingenios (¡cómo chillaban!)

y nos quemamos los plantíos (¡cómo lloraban!)

y los botamos a patadas.

Sólo que con la ira

la mano se nos fue en el fuego desde Calabazar a Guáimaro,

y los pueblos siguieron tan feos como antes.

Sí, la usura desgarró de fealdad la tierra más hermosa;

luego vino la cólera;

luego empezamos otra vez dale que dale con el oro:

ya es verano en El Encanto, haga su agosto en La Ópera, sea vivo;

dale que dale con el oro, emporcándonos,

masticando en inglés, mandándonos al diablo, hasta que por fin nos cansamos.

Vivos, vivones, vivarachos de siempre, se acabó lo que se daba: ya no hay oro.

Porque no nos importa, porque es un sucio becerro y no nos da la gana,

porque no especulamos, de espejo a turbio espejo,

ya infernalmente con la caña,

porque las mismas manos que la cortan la llevan a la boca:

ya no hay oro.

Desde los bancos de los parques el humo sube poquito a poco, empinándose,

confundiendo al murciélago,

sobre la hoja del plátano amanece el cocuyo,

la trémula belleza del origen,

y ya podemos irnos, soñando, a casa.

Mañana será la isla

como la vio Cristóbal, el almirante, el genovés de los duros ojos abiertos,

en amistad la tierra con el mar, tierra naciente

de transparencia en transparencia, iluminada.

 

Eliseo Diego (La Habana, Cuba, 1920-Ciudad de México, México, 1994). Es considerado uno de los grandes poetas del siglo xx. Perteneció al grupo Orígenes, cuyos miembros renovaron la escritura poética en lengua española. Son algunos de sus libros En la calzada de Jesús del Monte, El oscuro esplendor y Por los extraños pueblos.

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