Sabemos que Pessoa se entusiasmó profundamente por las ciencias ocultas. Tras el suicidio en París de Mario de Sá-Carneiro (que lo deja conmocionado) se refugia y busca respuestas, un sentido más allá del plano puramente existencial, en ellas. El único libro que vio la luz durante su vida, Mensaje, es un recorrido esotérico, místico, en el que se traza la historia de Portugal. Pessoa conoció y practicó la astrología. Realizó más de mil horóscopos y cartas astrales (algunas para sí mismo), tradujo al portugués muchos libros de la Colección Teosófica y Esotérica, publicó artículos para defender a las logias secretas contra la dictadura de Oliveira Salazar (el Estado Novo) y compartió sus experiencias con la escritura automática y la percepción de su propia “aura magnética”: estos eventos lo convencieron de que sus sentidos eran arrastrados hacia algo por maestro (o entidad) desconocido.
La Mumia es el gran principio de conservación y perduración del universo. En su Opera Omnia (Textus parenthesis super Entia quinque, De Ente Astrorum, en el capítulo sexto y el siguiente), Paracelso se refiere a él como el principio M. En el poema podemos ver, conforme se va desarrollando, ese principio de conservación por medio de imágenes verticales y el paso iniciático a otra realidad (El desierto está –ahora–/vuelto hacia abajo.) He optado por dejar la palabra Mumia como en el texto original de Pessoa por su significación esotérica.
-Sinae Dasein, nota de traductor.
EPISODIOS/ LA MUMIA
(Fernando Pessoa)
I
He caminado leguas de sombra
en el interior de mi pensamiento.
A la inversa ha florecido
mi ocio con sin-nexo,
y se han apagado las lámparas
en la alcoba vacilante.
De repente todo se torna
un desierto duro
que mi tacto ve
a través de los terciopelos de la alcoba
y no por mis ojos.
Hay un oasis en lo Incierto
y, como una sospecha
de luz por donde no-hay-rendijas,
ha pasado una caravana.
Súbitamente me olvido
de cómo es el espacio: el tiempo
en vez de horizontal
es vertical.
La alcoba
no sé por dónde baja
hasta que no me puedo encontrar.
Impulsa un leve humo
de mis sensaciones
hasta que dejo de incluirme
en ellas. Ya no hay
dentro ni fuera.
El desierto está –ahora–
vuelto hacia abajo.
La noción de moverme
se ha olvidado de mi nombre.
El cuerpo pesa dentro del alma.
Me siento una cortina:
tendida está dentro de la sala
sobre alguien que yace muerto.
Ha caído algo que
tintinea en el infinito.
II
Muerta yace Cleopatra en la sombra.
Llueve.
Abanderaron el barco de manera errada.
Siempre llueve.
¿Por qué miras la ciudad lejana?
Tu alma es la ciudad lejana.
Fríamente llueve.
En cuanto a la madre, que mece sobre el regazo un hijo muerto
-todos nosotros mecemos sobre el regazo un hijo muerto.
Llueve, llueve.
La triste sonrisa que sobra de tus labios cansados,
la veo en el gesto que haces con los dedos por no dejar tus anillos.
¿Por qué llueve?
III
¿De quién es la mirada
que acecha por mis ojos?
Y cuando pienso que veo,
¿quién continua viendo
mientras estoy pensando?
¿Por qué camino siguen
no mis tristes pasos,
sino la realidad
que acompañan mis pasos?
A veces, en la penumbra
de mi habitación, cuando yo
para mí mismo
penosamente existo en el alma,
toma otro sentido
en mí el Universo
–es una mancha que se desvanece
puesto que soy consciente de
la idea de las cosas.
Si encendieran las velas,
y no hubiera únicamente
la vaga luz de afuera
–no sé qué candelero, allá, en la calle–,
tendría oscuros deseos
de que no haya nada más que
en el Universo, en la Vida,
el obscuro momento que es
mi vida ahora:
un momento afluente
de un río que siempre va
a olvidarse de ser,
espacio misterioso
en medio de espacios desiertos
con un sentido nulo
y en el que la nada nada es.
Y así la hora pasa
metafísicamente.
IV
Caen mis ansias
por la escalera.
Mis deseos se tambalean
en medio de un jardín vertical.
La posición en la Momia es absolutamente exacta.
Música lejana,
música excesivamente lejana
para que pase la Vida
y olvide cosechar los gestos.
V
¿Porqué abren las cosas sus alas para que yo pase?
Me atemoriza pasar entre ellas, tan conscientes, tan detenidas.
Me atemoriza dejarlas tras de mí, mientras se despojan la Máscara.
Pero siempre hay cosas detrás de mí.
Siento la ausencia de ojos mirándome, y me estremezco.
Sin moverse, las paredes me vibran sentido.
Hablan conmigo sin una voz que diga nada de las sillas.
Tienen vida los dibujos del mantel, cada uno es un abismo.
Sonriente, reluce con visibles labios invisibles
la puerta al abrirse conscientemente
sin que la mano sea más que el camino para abrirse.
¿Desde dónde me miran?
¿Qué cosas incapaces de mirar me miran?
¿Quién acecha alrededor?
Las aristas me miran.
Sonríen realmente las paredes lisas.
Sensación de ser sólo mi espinazo.
Las espadas.
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