Por Agustín Labrada
Merecedor del premio Escritor del Año de Tucumán en 2023, el argentino Manuel Ernesto Rivas, además de dirigir el diario Cuarto poder y haber fungido como docente de Letras e Historia, es autor de los libros de cuentos Los guantes amarillos y La fuente de Medusa, del cual comparte algunas opiniones con los lectores de Vértice.
¿Cuál es tu concepto personal de cuento?
El cuento debe tener la agilidad de un río de montaña, con sus curvas y saltos, pero sin desviarse de su curso natural. En mi opinión, debe ser breve y llevar al lector, de un tirón, a que mantenga la atención y lo deposite del modo más urgente en el epílogo que, por sobre todas las cosas, debe impactar. Ese es el cuento que me gusta acometer en el desafío infinito ante la hoja en blanco.
¿Qué eliges primero y de qué manera: la fábula narrativa o la estructura?
Siempre quiero tener una idea acabada de la historia que deseo contar. La imagino, la pienso, como un demiurgo que va acomodando a sus personajes en circunstancias en las que toman vida y voz propia. Luego viene algo que cumplo religiosamente: insertar esa construcción ficcional en la estructura propia de un cuento, sin que ello me impida innovar, aunque siempre subyacen esas columnas y cimientos predeterminados en los que asiento el texto.
¿Sueles desdoblarte en tus propios personajes?
En la construcción de personajes, abrevo de lo que veo, lo que me llega por diversas vías, las historias que me cuenta la gente común y también en la propia experiencia personal. Aquellos que denigran lo personal, como fuente de inspiración, creo que en el fondo mienten. Uno no puede despojarse al cien por ciento de su persona.
Es como creer que la objetividad cero existe en el periodismo, por ejemplo. Hay personajes que tienen algo de mí. Es como irse repartiendo entre ellos, en una especie de mágica comunión que, en definitiva, no me despersonaliza. Al contrario, esos personajes toman sus propias características como consecuencia de todos los condimentos literarios que los configuran.
¿Cuándo consideras que la narración está fallida?
Muchas veces eso es difícil de determinar. Considero que ello ocurre porque uno está metido en la construcción de un cuento y no ve con mirada clara lo que está tan cerca. Siempre que escribo un texto, tengo la idea completa de su generalidad en mi cabeza y, en la medida en que escribo, van surgiendo esos detalles que marcan la diferencia.
Para saber si la narración está fallida, necesito alejarme de ella por un tiempo y leerla de nuevo. Allí puedo sentir que se parece a lo que imaginé, pero también eso es relativo, porque al lector o el que escucha su lectura le puede parecer bueno. En las presentaciones, los aplausos suelen ser un buen parámetro. Hasta el momento, nadie me ha silbado un cuento.
¿Cómo ordenaste los textos del libro La fuente de Medusa?
Los cuentos de La fuente de Medusa no siguen un orden matemáticamente calculado, forman parte de un desorden similar a la cabellera ofídica del personaje mitológico. La prologuista del libro, la fabulosa escritora argentina Nancy Olivera, escribe sobre ello: “El libro que están por leer reúne unos mechones de cuentos que plantean los temas más variados que se puedan imaginar. Sin transgredir, ni por un instante, su estilo, Manuel Ernesto Rivas nos ofrece un popurrí tópico, tal como lo hizo en su libro anterior Los guantes amarillos, pero, a diferencia del mencionado, el hilo conductor en esta “Medusa”, con cabellera de historias, no es el amor, sino su magistral estilo de escritura.” Creo, sin dudas, que ella lo puede explicar mejor que yo, por su gran capacidad analítica.
¿Tus influencias literarias más visibles cuáles son?
Algunos críticos sostienen que hay influencias de Julio Cortázar en algunos de mis cuentos. Puede ser, porque admiro su capacidad para construir cuentos apasionantes como “Casa tomada”, “Continuidad de los parques” o “La noche boca arriba”. Me gusta jugar con la intertextualidad y que esos mundos ficcionales que crearon grandes escritores, como Jorge Luis Borges y Ernesto Sábato, interactúen en mis relatos.
También admiro la obra de Antonio Di Benedetto, Tomás Eloy Martínez, Juan Rulfo, José Saramago, Gabriel García Márquez y, en mi cercanía tucumana, la de María Belén Aguirre, una poeta de un nivel superlativo y una obra a todas luces innovadora, así como la de Daniel Posse, cuyo estilo de escritura deja fluir el placer de la lectura.
Admiro a Fabián Soberón, cuya construcción de enmascaramiento casi infinito, en “Edgardo H. Berg”, me dejó deslumbrado, y a Nancy Olivera por su capacidad para visibilizar aquellos personajes que se presentan como surgidos de una periferia atroz y condenatoria por parte de un destino, que muchas veces no se puede modificar, como en sus Cuentos de selva urbana, pero que, por otra parte, también tienen una mirada esperanzadora, como en su libro Tuka.
Además, admiro la genialidad de los microrrelatos, como en “Mini-Ficción”, de Alejandra Burzac Sáenz, quien escribe textos con sentido completo usando apenas dieciocho palabras, o la maestría de Inés Cortón para darle vida a los simples y complejos haikús en “Mínima boca” o “Kimono azul”.
Me gustan también el ritmo musical y la cadencia perfecta de la poesía de la santiagueña Melcy Ocampo, que me genera sensaciones que abren los caminos del disfrute sensorial y emotivo, que debe tener toda composición poética; y en dramaturgia admiro a Martín Giner y Andrea Rivas. De ella seguramente tendrán novedades literarias en los próximos meses.
¿Hurgas en la memoria para concebir algunas de tus fabulaciones?
La memoria es un cuarto virtual al que entramos de vez en cuando, echando luces y sombras, y siempre nos devela imágenes que bien pueden transformarse en un buen cuento. Suelo hacer ese ejercicio, pero también me gusta abrir las puertas de la memoria en los otros, porque ese material me parece más útil en mi meta de construir personajes que necesariamente no sean mi imagen en un espejo. Es por ello que me gusta charlar con la gente, que me cuenten sus vivencias y, sin que muchas veces lo sepan, me están dando los hierros para construir una estructura sólida de una nueva ficción.
¿Hay huellas del periodismo en tu obra cuentística?
Me resulta difícil desdoblarme entre el periodista y el escritor. No puedo despojarme de esa mirada que ve más allá, fundamental para la labor periodística. Aunque también descubrí que esa visión es clave para el escritor. Me ocurre muchas veces que una noticia es el disparador de un cuento.
Sucede en “La fuente de Medusa” con los cuentos “El mensaje en la botella”, que se ambienta en un pueblo sumergido de Italia, que emerge cada tanto para el mantenimiento del dique que lo sepultó bajo las aguas, y “Furia en la represa”, inspirado en un ingeniero que presentó casi una veintena de notas para justificar su ausencia en el trabajo argumentando que era la reencarnación del dios Vishnu.
“El velo del silencio” se inspira en una noticia de una estatua abandonada en una playa con figura femenina que permanece mirando el mar por siempre. De esas noticias curiosas, surgieron atrapantes historias que los lectores elogian. Eso hace sentir que logré el objetivo y no oculto de dónde consigo esa materia prima.
¿Piensas en los lectores y los críticos antes de escribir?
Pienso mucho en los lectores. Trato de ponerme en su lugar, como un ejercicio empático. Nunca les doy algo que pueda ser interpretado como relleno. El cesto de papeles es testigo de esta afirmación. Creo que el respeto por el lector es el único que establecerá puentes indestructibles con el autor. Tampoco persigo que los críticos me adulen o les parezca bueno todo lo que escribo, porque en el ejercicio de la escritura jamás pienso en ellos, ni en el dinero.
Me conformo con dibujar una sonrisa o hacer nacer alguna lágrima de emoción. Cuando escribo, no pienso en premios ni distinciones. Me parece que llegan solas, como el reconocimiento que me entregó recientemente la Sociedad Argentina de Escritores (Filial Tucumán) como “Escritor del año”.
¿Qué genera internamente una distinción de esas características?
Primero, un compromiso con la profesión, porque ser el “Escritor del año” implica laureles que hay que sostener y revalidar. Segundo, un agradecimiento a la generosidad de los asociados a la Sociedad Argentina de Escritores, que con su voto consideraron que era merecedor de tal distinción. El ser elegido por mis colegas tiene un valor incalculable. Y, tercero, representa una inyección de ánimo que seguramente potenciará los nuevos proyectos. Tengo mucha gratitud a Dios por reservarme estas alegrías.
¿En qué proyectos literarios trabajas?
Avanzamos a paso firme con Letras de Fuego Ediciones, la editorial que lanzamos en mayo de este año, que ya lleva publicados tres títulos: mi libro La fuente de Medusa; A flor de piel, poemario de Romi Carrizo, y Treinta poemas para ser leídos a bordo de la Estación Espacial Internacional, de Marx Bauzá. Junto a estos poetas, pusimos la piedra fundacional de La Hermandad Literaria de los Delfines, que cuenta con escritores de distintas partes del mundo, de Argentina y, en especial, de nuestra región que es el noroeste argentino.
Tiene como objetivo ayudar a la difusión de las obras y actividades de todos los escritores que la integran y cuenta con el apoyo del Diario Cuarto Poder (www.diariocuartopoder.com) y de la sección literaria Letras de Fuego, que surgió originalmente de un área que inventamos en medio de los tiempos oscuros de la Covid-19 y que se llamó “Escritores contra la pandemia”, donde autores y lectores establecían, a través de sus obras, ya sea poemas o cuentos, un vínculo que mantenía viva la esperanza. Esa sección se transformó en un éxito y ese puente entre escritores y lectores se sigue ensanchando afortunadamente.
¿Sabes cuál es tu mejor cuento?
Siempre me gusta pensar que será el próximo, así mantenemos viva la utopía de las letras y podemos conocernos con los lectores a través de las palabras.
Agustín Labrada (Holguín, Cuba, 1964). Escritor y periodista cultural radicado en Cancún. Autor de, entre otros libros, el poemario La vasta lejanía, el conjunto de ensayos sobre la literatura de Quintana Roo Teje sus voces la memoria y la novela Botas rusas.
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Excelente entrevista a un autor que despliega su creatividad y sabiduría en las respuestas. Un narrador sorprendente es Manuel Rivas. Su producción se desplaza como las aguas del río a las que alude.