
ÁNIMA
Todo se reduce a las líneas de tu mano
a la conversión vaga de tu imagen:
tu significado mengua la importancia de ti para mí.
Tengo una añoranza reprimida en la garganta
y no hay algo que sienta verdaderamente mío
como el dolor abandonado frente a un cáncer de humo
como la tarde que olvidé en un tren
de cualquier tiempo y cualquier lugar.
No creo un dolor ajeno a mí
no a la vastedad y al vacío que dentro existe
yo soy el que tiene miedo de andar sin una mano
el que tiene miedo de perderse entre la gente que se puede saber dichosa
dentro y fuera de algo (o alguien) que espera a que dé el primer golpe.
(Algo así como el golpe recibido en mi infancia
cuando mi padre me dijo que la tristeza
es un carácter que debo cargar por el resto de mi vida.)
¿Qué mal pude causar con todo aquello? ¿Qué hice del pecado
de ser imagen y semejanza de tu imagen?
¿Qué aversión indescifrable a tu elocuencia
da cavidad para nuevos movimientos?
Campo y cielo que cubren de laudes mis días,
yo no digo que sea solitario:
sólo poseo una entrañable alegría fatídica
sólo resguardo dentro de mí tus dulces y necesarios golpes.
SAUDADE
Camino
y frente a mí
espero abrir la puerta del muro que se dibuja por la sombra de un árbol.
El eco es la casa no construida por los sueños
es la casa sin hogar
con el nombre señalado en un poste de la cerca.
Circunstancia de pensarme aquí
dentro adentro
como si lo interno fuera lo que mi alma abriera por los ojos
y el amor aún habitara en los tractos señalados por mis dedos.
Porque hacia allá, hacia el camino
no hay sombra que pueda marcarme la hora
para azorar y petrificarme en la zozobrada arena.
(Ya nada importa más que el espejo:
simétrica vocal de la memoria.)
Nada hay que ya no pueda nombrar:
no los repellados y viejos ladrillos que fueron sustento para reflejar el vano
ni las raíces para formar el árbol y la sombra.
Boceto una catedral construida con mis manos
para que mi niñez more y pierda en los pasos de la casa imaginaria.
Así comprimo las venas del puño y me destrozo en la tierra
(soy toda vestidura de rumbos imprecisos).
Ciño al cuello las amarras de mi soledad
y continúo
hacia allá: hacia el camino
hacia la hora cuando en este instante
mil cerebros convergen dentro de mí.
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Luis Alberto G. Sánchez (Morelos, México, 1985). Ha asistido a diversos talleres de poesía y narrativa de Quintana Roo y Puebla así como en diversas mesas de lectura. Ha publicado en algunas revistas como Tropo a la uña, Salvo el crepúsculo, Palabra ebúrnea y Hojas de Hierba. Colaborador del movimiento cultural “Red de la palabra aurea” realizando lecturas de poesía. Fue editor, junto con José Antonio Íñiguez, de la revista digital Salvo el crepúsculo y Cracken. Prepara su primer volumen de poesía.

Muy buena labor, poesía por doquier, me gusta el formato