Agustín Labrada

La noche en que se fundó la Asociación de Escritores de Quintana Roo, Francisco Contreras pudo leer ante un amplio auditorio fragmentos clave de su primer libro: Diario de un viaje: de Key West a la isla de Cozumel. La gente quedó impactada por la lectura, que fue más bien dramatización de un episodio de la voz de su protagonista.

El libro, publicado en la colección Casa Internacional del Escritor de Bacalar, era primariamente una bitácora y tras un tallereo artístico, asesorado por el dramaturgo Salvador Lemis en Cozumel, tomó forma de historia de intenso dramatismo y vuelo poético. Francisco retoma dos opciones casi olvidadas: el libro de viajes y la aventura.

Los antiguos libros se concebían como un viaje y esa perspectiva nunca fue borrada por la modernidad. Sólo basta leer El señor de los anillos, de Tolkien, para sumergirse hipnotizado en sorpresas y enigmas que depara un viaje. Se parte de un sitio y se arriba a otro, el trazo no es complejo. Lo que cuenta es la intensidad del recorrido.

Tres jóvenes mexicanos: El Charro, Gerardo y Pancho mudan –a través de las aguas violentas del Caribe– el velero Mi Negra de Key West a Cozumel. El trayecto está lleno de hostilidades y los navegantes tienen que vencer, como marineros de antaño, la avalancha que erige la naturaleza en mar y cielo. Es un desafío el camino a casa.

En las anotaciones del diario de navegación, van apareciendo paisajes de insólita maravilla, recuentos históricos, evocaciones íntimas del narrador, reflexiones filosóficas, explicaciones técnicas, y el rumor del mar que traza un ritmo imaginario en la travesía y se transpira sensorialmente en cada página. El viaje se vuelve guerra.

En su prosa, Francisco armoniza oraciones demasiado largas con periodos breves, amplios juegos metafóricos con relatos secos, descripciones científicas con diálogos coloquiales. Olas, relámpagos, vientos, lluvias… se disputan el curso del velero con tres audaces y nada heroicos tripulantes, quienes experimentan nostalgias y miedos.

“Navegamos ya con un pequeño foque llamado tormentín, manteniéndonos delante del viento. Las olas se levantan tres metros y rompen sobre la cubierta, empapándonos continuamente. Los impermeables no nos protegen más y el agua se nos cuela por el cuello. La luz del faro de Loggerhead Key brilla con intensidad a estribor y distinguimos luces de embarcaciones de abrigo. ¡Qué desesperación…!”

¿Qué diferencia puede existir entre los marinos antiguos y estos muchachos desamparados en medio de las aguas, solos con su brújula? El viaje de Mi Negra es por ello igualmente un retorno al pasado, una prueba que refuerza la idea del valor de Cristóbal Colón, Francisco de Magallanes, Enrique (El Navegante) y todos aquellos intrépidos que desafiaron los océanos con una certeza más subjetiva que científica.

En sus líneas, Francisco sublima el amor a la vida, tal vez por ese roce tan cercano con la muerte. El perfume de la tierra, la imagen de una mujer enamorada, la solidaridad de la gente de mar… tienen un peso que las palabras no pueden definir en su torpeza. Se repite, sin querer, la Odisea, y allá en la isla de las golondrinas aguarda, con un niño en la marea interior de su vientre, una Penélope contemporánea.

Como a los tripulantes de Kon Tiki, en el océano Pacífico, a los viajeros de Mi Negra –un velero calafateado para la californiana Bahía de San Francisco–, les motiva experimentar el riesgo y la continuidad de la historia náutica en esa (siempre extraña) fusión del hombre con el mar. El relato de Francisco Contreras tiene un sabor veraz y resume todo un compendio anímico y didáctico, escrito a su vez con gracia.

“A las 19:00 horas pasamos de largo el Cabo San Antonio y nos internamos en las aguas profundas del Canal de Yucatán. Este es uno de los lugares de mayor tráfico de buques del Caribe. Las líneas de carga y pasaje de Centroamérica a los puertos del Golfo de México y de la Florida pasan por aquí. En las primeras horas de la noche, avistamos dos cruceros en ruta a Cozumel. Son edificios flotantes iluminando el horizonte: el New Amsterdam y el Queen of Bermuda. Sonrío pensando que compartimos las mismas olas y destino…”

Pese a ser un diario, el libro posee la tríada clásica del cuento: exposición, nudo y desenlace. En la parte central, la más fuerte, las tensiones crecen continuamente y van desde las acciones derivadas de la contingencia hasta la zozobra emotiva, y los augurios mezclados del mal tiempo y la mente. Como en las epopeyas de la antigüedad y en las novelas rosa, rescatadas por la televisión mercantil, el final es radiante.

“Dentro de la cabina, los costados de la embarcación actúan como una caja de resonancia, y los silbidos y cantos se escuchan amplificados. Diana, mi gemela astral, es una silueta que me espera desde siempre recortada contra la costa de la isla. En su vientre, nuestro primer hijo a punto de irrumpir en el mundo. El moisés de mimbre ha llegado intacto. El Charro y yo tomamos turno para disfrutar la hermosa sinfonía de bienvenida a casa, un regalo del sueño demasiado real.”

Este Ulises moderno derrama en su discurso una serie de tropos cuya única función es ornamental. La poesía auténtica está en la médula del relato y no en su retórica vacía. Contreras demuestra poseer madera de narrador, cuya potencia –de enfilarse hacia otras vertientes del actual arte narrativo– hallaría cauces de mayor dignidad.

A veces, los párrafos se cuelgan en su longitud, aunque con una inteligente armazón de oraciones subordinadas. Pese a ello, la narración testimonial fluye con cierto dinamismo, sobre todo en los pasajes donde predomina la espontaneidad. Esas parcelas son expresadas aquí con economía lingüística y precisión informativa.

Graduado de ingeniero industrial en la Ciudad de México, Francisco Contreras ha recorrido en pequeñas embarcaciones las costas de Panamá, Colombia y Venezuela. En 1989 ancló en la isla de las golondrinas y su mirada se ha vuelto hacia el interior de Quintana Roo, espacio pluriétnico que puede generar aún mucha literatura.

Sabemos que está leyendo textos de historia quintanarroense y que, en un mundo lleno de constantes asombros, cualquier día nos sorprende con su segunda obra literaria. Mi Negra ha danzado largo tiempo bajo el aire insular, y algunos domingos ha raptado a Francisco hacia el Caribe, donde al atardecer emergen cantos de sirenas.

Agustín Labrada (Holguín, Cuba, 1964). Escritor y periodista radicado en Cancún. Autor de, entre otros libros, de Saxofoneando (Premio Internacional de Poesía de La Arena, Perú, 2015), Teje sus voces la memoria (Premio de Creación de Ensayo de la Editorial Dante, México, 2010) y Botas rusas (Premio de Novela Corta de la Fundación MonteLeón, España, 2022).

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