Agustín Labrada
Playa Soledad, relato de Carlos Hurtado Azuara –aparecido en la colección Cuadernos de Cancún– es un cuadro de la decadencia y la marginalidad compartida junto al mar de Tulum: una mujer, gringa de vieja estirpe hippie, finaliza sus días entre amigos aventureros, artesanía de sobrevida, drogas y una música que en un tiempo fue bandera universal y ya comienza a arruinarse en el olvido.
Entre la descripción marina, se detalla con relativa síntesis el deterioro moral del entorno humano de la protagonista, quien –víctima de una profunda crisis espiritual– actúa en una suerte de adolescencia aletargada y sombría. El sueño rebelde de los años sesenta se estrella contra los muros de la ley del dinero, y en esa disímil modernidad sólo otean almas desesperadas y huecas.
Carlos inicia la narración describiendo un ambiente pesaroso, donde las acciones –a tono con la sicología de la heroína– transcurren lentamente, como en el cine humanista europeo, y se dan ligeras retrospectivas en un vano intento por encontrar –en el fondo del recuerdo– un instante luminoso de biografía personal, para concluir en la certeza aterradora de que la gringa es sólo un maniquí.
“Esa soledad que, a decir de ella misma, la empujó a vagar por tantos años y por tantos lugares hasta lograr ya no ser ella, sino otra, otra sí misma incapaz de conseguir algún calor humano o alguna cosa cualquiera que fuera más allá de diluirse en el líquido de un mismo estilo de vida que interiormente repudiaba, pero al que su suerte se aferraba con una euforia vertiginosa…”, escribe el autor.
Podríamos tal vez reprocharle a Hurtado su dilatada exposición, donde el tiempo suele ser aparentemente ambiguo, pero sin esas descripciones no se atisbaría entonces la maraña sicológica de la protagonista, a través de la cual se retrata un núcleo social que crea un limbo paralelo a la realidad, aunque para retener esa fantasía tenga que recurrir –por sórdidos pasajes– a la droga.
La gringa sólo halla aliento en sus pinturas exóticas sobre camisetas para turistas, en los colores que se confunden con nuevos arcoiris nacidos en su alucinación. Ni siquiera el sexo, convertido en ritual fársico, le anima, y recurre al alcohol como escape fugaz de su incontrolable existencia. Contrasta aquí el paisaje físico, de innegable hermosura, con los precipicios emotivos del personaje.
Carlos Hurtado secciona su historia en cuatro partes y elige una final-sorpresa, de impacto: uno de los hippies dinosaurios, en medio de su embriaguez alcohólica, entra en la palapa donde vive la gringa, la viola sin que ella ofrezca resistencia y se marcha al amanecer. Horas más tarde llega la autoridad y descubre, junto con los vecinos, que la cincuentona mujer lleva dos días muerta.
Confluyente, el relato reúne caracteres controversiales como la prosa del británico Charles Dickens que, según el periodista norteamericano Truman Capote: “A medida que escribía, se moría de risa con su propio humor y derramaba lágrimas sobre la página cuando uno de sus personajes moría.” Drama y humor: una sola baraja cuyas figuras son espejos de una realidad matizada por la indiferencia.
Carlos Hurtado maneja un realismo dramático que toca a toda una zona generacional cuyo espíritu inadaptable, aunado a la incapacidad evolutiva, fue un obstáculo para que pudiesen trascender su tiempo histórico. Soñadores perpetuos que equivocaron, desde hace décadas, los caminos para acercarse a la utopía de la libertad. Próximo al relato negro, Playa Soledad es fiel a su nombre.
Agustín Labrada (Holguín, Cuba, 1964). Escritor y periodista radicado en Cancún. Autor de, entre otros libros, de Saxofoneando (Premio Internacional de Poesía de La Arena, Perú, 2015), Teje sus voces la memoria (Premio de Creación de Ensayo de la Editorial Dante, México, 2010) y Botas rusas (Premio de Novela Corta de la Fundación MonteLeón, España, 2022).
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