VIENDO CAER EL TIEMPO
A José Martí
Viendo caer el tiempo,
la alameda devuelve tus pasos como fin de la imagen,
ahora que la ceniza se dispersa en el río
y sólo tus palabras lo trascienden.
Palabras que se marcan en la niebla.
Se confunden los signos
entre el arco que lanza su verdad
y un hombre eternizado en lo más verde.
No es el mar nuestra casa,
aunque nos sea dada la sal todos los días.
Más pavoroso que esas aguas es pensar en el tiempo,
su círculo que se rompe en tu voz,
y avanzamos por ella
y soñamos algunas claridades.
Viendo caer las tardes al filo de la nada,
intentamos llegar a tu humildad
y borrar para siempre los homenajes mudos.
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Tampoco yo he encontrado un signo
para indagar qué somos,
qué dejamos de ser,
qué arboleda beberá nuestra sequía;
ni al cerrar este cofre
en cuya cima se dibuja un mapa
con su trono, su ardiente litoral y su tragedia.
El ocaso se me ahonda en el pecho
y hace lenta la magia
de recordar tu cuerpo enrojeciendo el llano.
Veo caer el tiempo
conque viajan los trenes y es ya nuestra costumbre,
como esperar así por un milagro
mientras nos transfigura la profecía
de ese viento letal,
que nos condena a ver
cómo se adensa en tu nación de vidrio la penumbra.
LA HISTORIA ES UN PAÍS QUE SE REPITE
A Eliseo Diego
Es así que de pronto ignoramos qué hacer, cuando los perros mudos no cesan de ladrar: la Historia es un país que se repite. Qué nostalgia tan honda nos conmueve, como el primer día en la alucinación del terco genovés sobre estas piedras. Del Paso de los Vientos al Cabo San Antonio, desde Fernando e Isabel hasta la eternidad, lo profetizado jamás holló el umbral que a los hombres les fue negado por el cielo.
El general Maceo hace flamear su luz, ha guerreado cien noches con su propio fantasma. De nada vale que a su paso se alcen las palomas, tras el Quijote va y pesa su silencio. Qué soledades esos pueblos tan nuestros, qué penumbra sin dioses en medio del relámpago. Es así que todo es insalvable, hasta el murmullo distante del origen, y oficiar limpiamente es ya la única pureza, para no arrepentirnos ante la oscura madre que deja por herencia su fe entre los abismos.
HABLANDO AL FARAÓN
Mi señor,
los hebreos preguntaron por su origen
y les hacían cocer ladrillos
hasta multiplicarse en granos de ceniza.
Los he visto huir de madrugada,
con sus ovejas iban alegres hacia el mar.
Sentí vergüenza de tu ley,
escondí mis flechas y oré bajo los dátiles
para que no muriesen entre las rojas aguas.
Qué ansiedad tendrían
para irse con sus niños a través del desierto.
He sido también un poco errante
de una estrella a otra estrella sobre Egipto
y confieso que hallaron en Jehová
la dicha que tu sol les negaba.
Déjame conocer la tierra prometida,
no vi llover el pan en los desiertos,
ignoro el color del estío y los valles lejanos.
Déjame partir y contaré la historia,
sólo así confiaré en tu santidad
y Egipto no será juzgado un país de muertos.
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Agustín Labrada. Escritor de origen cubano residente en Cancún, autor de los poemarios La soledad se hizo relámpago, Viajero del asombro y La vasta lejanía; la antología poética de la Generación de los Ochenta Jugando a juegos prohibidos; los libros de periodismo cultural Palabra de la frontera, Más se perdió en la guerra, Un paseo por el Paraíso, Seis caminos y Ellas están de paso, y los de ensayos Teje sus voces la memoria, y Padura y el Nuevo Periodismo.

