En Quintana Roo, tanto la líder del PAN como de Movimiento Ciudadano, se auto-propusieron para continuar su vida política en el Congreso del Estado, salvo el líder del PRI, que prefirió mantenerse en el llano.

Antes, durante y después de las elecciones, la oposición de Quintana Roo ha expuesto su falta de ideas, coherencia, transformación y, lo más calamitoso, honor.
La primera definición de honor de la Real Academia Española dice que el honor es la “Cualidad moral que lleva al cumplimiento de los propios deberes respecto del prójimo y de uno mismo”.
Vale siempre recordar la escena de Troya, cuando el poderoso Aquiles derrota a Héctor y, una vez terminada la épica batalla, el vencedor permite que Príamo pueda darle un entierro a su hijo, un digno guerrero y merecedor de todos los honores: defendió con valor y con la vida su cuidad. En Japón el deshonor se paga con el seppuku o harakiri.
No se trata, desde luego, de extremos como la muerte, simplemente una derrota tan estrepitosa como la del PRD, que ni alcanzó el mínimo de los votos, y la deslucida campaña del PAN-PRI, así como el emergente candidato que presentó Movimiento Ciudadano, de última hora, conllevarían a un profundo análisis post-derrota.
Derrotados serán parte del poder
Sin embargo, vemos que sus líderes han quedado como parte adiposa del poder. Gran parte de los responsables de tan deslucida derrota, ahora los veremos como diputados y diputadas federales, senadores y senadores, y, en el ámbito local, salvo el PRI, serán nada más y nada menos que los “referentes de la oposición”. Vaya premio.
Es decir, seguirán formando parte de este sistema que premia la derrota, siempre y cuando, siga siendo parte del engranaje acomodaticio para el ganador: una oposición que no piensa, que no tiene decoro y, menos aún, honor.
El PAN nacional ha sido el único partido que ha tenido algunas voces, aunque razonables y tibias, que han reclamado a Marko Cortés a que dé un paso al costado, después de llevar al partido —que tuvo dos presidencias de la república— a tan deplorable oferta y liderazgo.
En el ámbito local hizo candidato a Eduardo Martínez Arcila que no sabía más que ser plurinominal y acabó aplastado por su realidad electoral: jamás hubiera ganado una elección por pie propio.
Menos aún la líder del partido en Quintana Roo, Reina Tamayo, que como regidora votaba todo a favor de Morena y se esfumó de la campaña, como fuera un fantasma.
En el PRI, Pedro Flota tuvo el tino de no auto-asignarse la diputación, como el resto de los líderes de partidos, pero sólo hay que ver a Alito Moreno para saber de qué tipo de partido estamos hablando, o, a Manlio Fabio Beltrones, ya listo para asumir en el Senado de la República.
Movimiento Ciudadano tendrá al ex morenista, José Luis Pech, en la tribuna del Congreso de Quintana Roo, después de haber puesto clavos en el camino de sus propias candidaturas, en Othón P. Blanco y Tulum. Aún así, ¿le seguirá MC dando el liderazgo de su partido?
Ni qué decir del PRD, que intentó burdamente negociar candidaturas y se quedó con las manos vacías, mientras enderezaba juicios electorales a los medios de comunicación.
Así las cosas, no hemos escuchado, hasta ahora, a ningún dirigente que salva a decir algo así como: “Hemos fallado y damos un paso al costado para que nuevas generaciones asuman los liderazgos en Quintana Roo”.
O, “Hemos hecho lectura de lo que ha dicho la ciudadanía en las urnas y nos dedicaremos al hacer negocios con todo lo que el erario público nos ha dado en todos estos años”. Nada. Menos aún: “Nos dedicaremos a estudiar para ver qué podemos proponer de aquí a tres años”. Cero.
Ningún aporte
La ruta seguramente será buscar armar partidos locales nuevos, bajo la misma calamidad ideológica y, seguir buscando una grieta por donde el poder se filtre a sus bolsillos. No aportan como oposición ni una rendija de luz.
El único mérito que les cabe es no haber claudicado ante la marea de la 4T, que ha acogido, por cierto, con gran júbilo a gran parte de la oposición: llámese PRI (sobre todo), PAN y PRD.
Como consuelo, si es que lo hay, queda la insignificancia que estos líderes representarán en la próxima legislatura local, sin posibilidad alguna de acudir, como en el pasado, a condicionamientos para beneficio propio que le costaban al erario ríos (o maletas) de dinero.
La historia política los ha puesto en el lugar justo y en su justa dimensión.
Bajo este panorama basta esperar que la 4T tenga piedad de su hegemonía y no haga mal uso del ilimitado poder que los votos le han conferido.
Si observamos la historia reciente, fue el exceso lo que acabó con la poderosa dictadura perfecta. Para ello, tuvieron que pasar 71 años.