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    Opinión | ¿Reelegirse o quedarse? La paradoja de la reelección municipal en Quintana Roo | Ignacio Alonso Velasco

    La reforma constitucional de 2025 ya no permitirá la reelección en los cargos a partir de 2030.

    La reelección municipal llegó para premiar a los buenos gobiernos. Una década después, México decidió eliminarla. Pero los datos de Quintana Roo dejan una pregunta incómoda: ¿fracasó la reelección o lo hicieron las reglas que debían controlarla?

    Por Ignacio Alonso Velasco

    Durante décadas nos enseñaron que en México la palabra reelección debía pronunciarse con cautela. Era casi un pecado político. Después de la Revolución, la no reelección se convirtió en uno de los principios más arraigados de nuestra cultura política. Hasta que en 2014 algo cambió.

    La Constitución abrió la posibilidad de que presidentes municipales, síndicos y regidores pudieran buscar la elección consecutiva. La idea parecía sencilla y, en principio, razonable: si un gobierno municipal había hecho bien las cosas, los ciudadanos tendrían la posibilidad de darle continuidad. Si había gobernado mal, tendrían la oportunidad de echarlo. Era, en otras palabras, poner la continuidad en manos del elector. Pero una cosa es diseñar una reforma y otra muy distinta es observar qué hacen los políticos con ella.

    En Quintana Roo tenemos ya suficiente distancia para hacer un primer balance. Los datos de los once municipios del estado muestran que la reelección municipal fue creciendo. Entre 2016-2018 y 2018-2021 se registraron 14 autoridades reelectas; entre 2018-2021 y 2021-2024 fueron 16; y entre 2021-2024 y 2024-2027 la cifra llegó a 25. No parece, entonces, que la reelección hubiera sido una simple anécdota electoral. Se estaba convirtiendo en una práctica cada vez más habitual.

    Benito Juárez es el ejemplo más evidente: pasó de cero reelecciones en el primer periodo analizado a seis en el segundo y nuevamente seis en el tercero. Puerto Morelos pasó de tres a una y después a cinco. Isla Mujeres, de tres a cero y posteriormente a tres. Hasta aquí, alguien podría decir: ¿y cuál es el problema? Ninguno, si estamos hablando de ciudadanos que, con plena libertad, decidieron mantener en el cargo a quienes consideraron que estaban haciendo un buen trabajo. El problema aparece cuando observamos cómo se utilizó la figura de la reelección.

    La Constitución no autorizó una permanencia indefinida ni una especie de juego de sillas dentro del ayuntamiento. La elección consecutiva debía ser para el mismo cargo, por un periodo adicional y bajo determinadas condiciones partidistas. Sin embargo, los datos muestran situaciones que cuestionan el espíritu —y en algunos casos el cumplimiento— de esas restricciones. Presidentes municipales que después ocuparon regidurías. Regidores que terminaron en la presidencia municipal. Síndicos que ascendieron a la presidencia. Funcionarios que acumularon tres o incluso cuatro administraciones consecutivas formando parte de un ayuntamiento. Entonces, quizá deberíamos formular la pregunta de otra manera. ¿La reelección permitió que los ciudadanos conservaran a sus buenos gobernantes o permitió que algunos políticos encontraran nuevas formas de permanecer en el poder?

    La diferencia no es menor porque reelegirse no debería significar simplemente seguir ahí. Debería significar regresar ante los ciudadanos, presentar resultados y decir: “Esto hice durante mi gobierno. Estos son mis resultados. Si consideran que merezco continuar, vuelvan a votar por mí”.

    Ese es el verdadero sentido democrático de la reelección. El problema aparece cuando la continuidad deja de depender exclusivamente de la evaluación ciudadana y comienza a apoyarse en estructuras partidistas, intercambios de posiciones o interpretaciones flexibles de las reglas. Y aquí encontramos otra paradoja.

    La reelección municipal comenzó a ganar terreno en Quintana Roo precisamente cuando el país decidió eliminarla. La reforma constitucional de 2025 hará desaparecer la posibilidad de la reelección inmediata y las elecciones de 2027 serán la última oportunidad para ejercerla en el estado.

    Después de diez años, México parece haber decidido que la experiencia no valió la pena. ¿Pero realmente fue la reelección la que fracasó? Yo no estaría tan seguro. Tal vez lo que fracasó fue nuestra capacidad para acompañarla de mejores mecanismos de rendición de cuentas. Tal vez el problema estuvo en una regulación que dejó espacios para que algunos actores políticos sortearan los límites establecidos. Tal vez también faltó algo todavía más importante: ciudadanos con información suficiente para valorar objetivamente el desempeño de sus gobiernos.

    Porque una democracia madura no debería tener miedo de que un buen gobernante vuelva a pedir el voto. Debería tener miedo, en cambio, de que un mal gobernante pueda permanecer en el poder sin que los ciudadanos tengan herramientas efectivas para impedirlo. Por eso resulta preocupante que la solución haya sido simplemente regresar a la prohibición. La no reelección tampoco garantiza gobiernos eficientes, honestos o transparentes.

    Solamente garantiza que, después de determinado tiempo, quien ocupa un cargo tendrá que abandonarlo. Y eso no necesariamente es lo mismo que mejorar la democracia.

    La experiencia quintanarroense debería servir para algo más que para contar cuántas personas se reeligieron. Debería servir para preguntarnos qué ocurrió con los gobiernos que continuaron, si realmente hubo continuidad de políticas públicas, si mejoraron los servicios municipales, si aumentó la rendición de cuentas y, sobre todo, si los ciudadanos utilizaron la posibilidad de reelegir como un mecanismo para premiar o castigar el desempeño de sus autoridades.

    Los números muestran que el fenómeno creció: de 14 autoridades reelectas en el primer ciclo a 25 en el último. Pero las cifras no nos dicen, por sí solas, si esos gobiernos fueron mejores. Ese es precisamente el debate que deberíamos tener antes de cerrar definitivamente la puerta. Porque quizá dentro de algunos años volveremos a preguntarnos por qué nuestros gobiernos municipales cambian constantemente de rumbo, por qué tantas políticas quedan inconclusas y por qué cada administración parece comenzar nuevamente desde cero. Y entonces quizá recordemos que alguna vez tuvimos una herramienta que permitía al ciudadano decirle a un gobernante: “Si hiciste bien tu trabajo, quédate.” Y también: “Si no lo hiciste, vete.” La pregunta que queda en el aire es si realmente supimos utilizarla. Porque una cosa es acabar con la reelección y otra, mucho más difícil, es construir una democracia capaz de premiar el buen gobierno y castigar el malo.

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