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Como preso hospitalario he tenido la oportunidad de leer dos grandes obras de Hannah Arendt, Desobediencia Civil, de la editorial Alianza, Madrid, siendo reimpreso por segunda ocasión en 2026; y Entre el pasado y el futuro, ocho ejercicios sobre la reflexión política, Ed. Austral de 2016. Una gran variedad de autores de filosofía del derecho y teoría del estado la citaban constantemente, entre ellos, uno de mis favoritos como lo es Andrés Rosler.
Sus letras son como balas que penetran todo escudo de ideal democrático, destruyendo el estado de derecho como si se tratara de un pastel de tres pisos, referente a los tres poderes o tres niveles de gobierno. A quienes tratamos de construir un andamiaje jurídico serio para darle certeza o seguridad jurídica a las personas (no uso el término pueblo, dado que los tratados internacionales ratificados por mi país se refieren a los seres humanos que habitan un territorio que conforma un Estado, como personas).
“Ningún acto delictivo, tendrá consecuencias legales”
Por ejemplo, Arendt te recibe con frases como: “En la sociedad actual, ni los delincuentes en potencia (es decir, los delincuentes, no profesionales o que no pertenecen a una organización delictiva), ni los ciudadanos que respetan la ley, necesitan estudios muy elaborados para saber que probablemente, es decir, previsiblemente, ningún acto delictivo, tendrá consecuencias legales”.
Un argumento que he escuchado en cualquier lugar y que se ha convertido en una verdad social, la Ley no funciona más. De allí la descomposición social que nos lleva de vuelta a los tiempos del Leviatán y la urgencia de retomar la estrategia contractualista.
Pero de qué sirve. De que sirve crear sanciones y normas, si la autoridad encargada de garantizar el castigo o el cumplimiento no realiza su función. Aquí es donde se rompe la teoría de Luigi Ferrajoli y su máxima garantista se hace una realidad. Sin órganos eficaces que cumplan y hagan cumplir la norma, el estado de derecho simplemente no es posible.
Este argumento se complementa con la búsqueda del tesoro, del estado de derecho, de la democracia, que nunca llegan.
Espejismo
La autora lo plantea de manera fulminante: “La historia de las revoluciones desde el verano de 1776 en Philadelphia y el verano de 1789 en París, hasta el otoño de 1956, en Budapest, que políticamente explica la historia recóndita de la época moderna, se pueden narrar bajo la forma de una parábola, como el cuento, en el que el tesoro de la edad dorada, bajo la circunstancias más diversas aparece abrupta e inesperadamente y desaparece otra vez, en distintas condiciones misteriosas, como si se tratara de un espejismo”.
Hoy es nuevamente es París, es Madrid, es Albania, es Roma e incluso Brasil. Todos ellos nos están dando una muestra que lo escrito por Hannah Arendt sobre la parábola de ese tesoro que nunca llega.
De esa garantía de la norma que nunca se cumple por una autoridad incompetente. Del estado de derecho que no se materializa porque todos hemos normalizado ver a la justicia como una simulación de hecho, es una realidad. Vivimos pues en una ficción. En la matrix. Hasta que queramos finalmente despertar y exigir que cumpla verdaderamente con la Ley, que se cumpla con ese contractualismo planteado desde los tiempos de Hobbes.
Mientras, la vida seguirá, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido.