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    Naderías totales | El dedo meñique de Lula da Silva para mantener a la izquierda en Brasil ante el avance de la derecha en América

    Luiz Inácio Lula da Silva durante el debate previo a la elección se vio como un boxeador que saca sus mejores golpes ante un rival que jamás se ha asoleado trabajando o sacando adelante a una familia numerosa, como fue su historia infantil.

    En el último debate, Flávio Bolsonaro cometió el error de llamar “nueve dedos” a Luiz Inácio Lula da Silva, lo que le permitió a éste desplegar un argumento sólido a favor de la clase trabajadora, que ha sufrido abusos por jornadas excesivas.

    Por Luciano Núñez

    Faltaban dos días para la elección en Brasil, en la que se definiría quién gobernaría la segunda economía más grande de América: Lula o la derecha, la izquierda o Bolsonaro. El debate era crucial, dado que el desempate llegaba en una segunda vuelta. Y fue el dedo meñique de Lula —el que perdió trabajando a los 17 años— el que inclinó la balanza para ganar por 4 puntos, cuando en la primera vuelta había perdido por 1.87 puntos porcentuales. Una remontada épica, como calificó la prensa internacional.

    El debate

    Seguramente habrá muchos factores para explicar la gran remontada, pero aquí me gustaría analizar el debate, en el que entendí desde el viernes que Lula ya había ganado.

    Así como Andrés Manuel López Obrador cometió, para muchos comunicadores políticos, el grave error de decirle a Felipe Calderón “Cállate, chachalaca”, Flávio Bolsonaro —hijo del expresidente Jair, que está preso— le dijo despectivamente “nueve dedos” al actual presidente. Fue su tumba. Porque le permitió a Lula articular un discurso que nadie mejor que él puede hacer: porque fue un obrero, porque en ese terreno nadie le gana y porque hay millones de trabajadores en Brasil que no solo pierden dedos, sino el sudor y el alma en trabajos abusivos. Esos ciudadanos seguramente tomaron revancha por aquella referencia que tanto dolió a los brasileños que mueven la economía.

    Miliciano

    «No voy a permitir que un miliciano me llame ‘nueve dedos’, no lo voy a permitir”, dijo enérgico y alzado como un gallo de pelea, y recordó que perdió su dedo trabajando. “Tuve que trabajar de noche. No tuve más remedio. No voy a permitir que me vuelva a llamar así”.

    El presidente tiene 81 años y se vio como un boxeador que saca sus mejores golpes ante un rival que jamás se ha asoleado trabajando o sacando adelante a una familia numerosa, como fue la historia infantil de Da Silva.

    «Si hay alguien aquí, en este público, que sabe lo que es el mundo del trabajo, soy yo. Si hay alguien que perdió un dedo a los 17 años, fui yo”, remarcó, y aprovechó para contrastar que su rival es alguien que nunca trabajó en la vida y cuyo primer empleo fue un favor conseguido por su padre.

    Lo que siguió fue exigir que Bolsonaro se disculpara, lo cual este hizo en un tono rígido y descolocado, abatido por la contundencia de la argumentación del octogenario. El remate fue crucial para cerrar el hilo argumental: “El pueblo trabajador lo está viendo. Millones de trabajadores se accidentan por irresponsabilidad patronal que obliga a la gente a soportar largas jornadas solo para tener algo que comer”.

    Los dedos de Lagos

    El momento recuerda al “dedo de Lagos”, en alusión a Ricardo Lagos en Chile, en el año 1988, cuando el político intervino en un programa de televisión. Dio un giro a la cámara y, levantando el índice, apuntó fijamente como si le hablara al dictador Augusto Pinochet para emplazarlo por los crímenes y la falta de libertades: «Usted me va a excusar, Raquel. ¡Hablo por 15 años de silencio! Y me parece indispensable que el país sepa que, si se vota ‘No’, el país vuelve a una democracia donde todos vamos a ser escuchados».

    La campaña del No —recreada en la magnífica película de Gael García Bernal— recuerda el hito que permitió a Chile celebrar elecciones. La victoria del «No» en el plebiscito del 5 de octubre de 1988 impidió la continuidad de Pinochet en el poder por ocho años más y permitió iniciar la transición democrática.

    Difícil panorama

    Por estos días, mientras las derechas se expanden por el mapa de América (Estados Unidos, Argentina, Colombia, Chile, Perú, Ecuador y Paraguay) y de Europa (con Alemania, Italia y el avance en España y Portugal), el triunfo épico de Lula le da un respiro y un contrapeso al continente, con México y Brasil sosteniendo la bandera de la izquierda, aun a pesar de la intervención foránea y digital ampliamente señalada.

    Sin duda, el mundo está dividido y polarizado; gobernar Brasil con un margen tan frágil no será una tarea sencilla.

    Veremos si el meñique de Lula sigue resistiendo y dando aire a esta remontada de la izquierda, para poder construir en un continente pintado de rojo una narrativa humanista y popular que privilegie a los más de 60 millones de trabajadores que votaron por Lula y su dignidad frente a la burla.

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