Por Ignacio Alonso Velasco

En mi calidad de Presidente de Mexicanos de Corazón, A. C. es inevitable que escriba una columna de opinión con respecto a la reforma constitucional que se acaba de aprobar, la cual distingue entre dos categorías diferentes de mexicanos, la que engloba a quienes tienen una sola nacionalidad y aquélla a la que pertenecemos quienes contamos con más de una.

La iniciativa de ley que presentó nuestra Presidenta de la República, Claudia Sheinbaum, contó con una amplia mayoría de votos tanto en el Congreso de la Unión como en las legislaturas locales. Y no solo eso, sino que cuenta con la simpatía de la opinión pública en general. Esto es lo más triste y es precisamente al pueblo mexicano a quien dedico estas letras.

Quiero explicar algo obvio, que nadie elige en dónde nacer, ni la familia, ni muchas de las circunstancias que encontramos cuando llegamos al mundo. El punto de partida de nuestra vida no lo elegimos, entonces, ¿sería justo premiarnos o castigarnos por ello?

Les quiero hablar de mi experiencia personal. Yo nací en España, lo cual no decidí, pero mucho años después ocurrió algo distinto. Tuve la oportunidad de venir a vivir a México, país en el que construí mi vida. Aquí he trabajado dando clases, he encontrado amigos, he formado parte de una comunidad… y llegó un momento en el que hice algo que sí fue mi decisión: elegí ser mexicano. Lamentablemente descubrí que había algunos lugares de la vida pública en los que la regla decía, en esencia: “Tú no puedes entrar por aquí”. Y me pregunté: ¿Por qué?, ¿acaso hice algo malo?, ¿no cumplo con mis obligaciones?

Imaginemos por un momento un país inventado en el que hay dos personas ciudadanas que trabajan, cumplen las leyes, pagan impuestos, pueden votar…, pero resulta que existe una puerta para acceder a determinadas responsabilidades públicas por la que una de esas dos personas puede entrar y la otra no por la simple razón de que una nació dentro del país y la otra, fuera.

Ahora ubiquemos a ambos personajes en México y vamos a ponerles nombre. Ella se llama Ana, es nacida en México, y él es Leo, quien es mexicano naturalizado. A lo largo de su vida, los dos estudian, trabajan, cumplen las leyes, se preparan y alcanzan la capacidad para desempeñar determinado trabajo. Llega el día en el que aparece una oportunidad laboral, si ambos son mexicanos y los dos pueden realizar ese trabajo, ¿quién debería tener la oportunidad de proponerse para desempeñarlo? Yo pienso que ambos para luego elegir a quien esté mejor preparado.

Igualdad no significa que todas las personas seamos iguales en todo y eso está bien. El problema aparece cuando utilizamos una diferencia que no tiene que ver con nuestra capacidad para decir: “Tú vales menos” o “Tú no puedes intentarlo”. Por eso quiero que recuerden que ser diferentes no significa valer diferente.

Ahora, imagínese, querido lector, que usted encuentra una regla que considera injusta. En esa situación tendría tres opciones a elegir: 1. Resignarse, 2. Enojarse y 3. Buscar ayuda, investigar y tratar de cambiar esa regla. Yo opino que cambiar algo que consideramos injusto no se logra gritando más fuerte que los demás, ni tampoco desobedeciendo esa regla que no nos gusta. Lo mejor es investigar, dialogar, organizarnos y utilizar los mecanismos que existen para proponer cambios. Y por eso es que me puse a estudiar, revisé las constituciones de todas las entidades federativas de México para saber dónde aparecían esas puertas cerradas y qué justificación había para ello, porque antes de defender una opinión hay que investigar y así tener buenos argumentos.

La preocupación que tenía con respecto a la discriminación que sufrimos las personas mexicanas por naturalización dejó de ser personal cuando aparecieron otros individuos que también habían nacido en lugares diferentes a México y que compartían mi misma idea: si somos mexicanos, queremos participar como mexicanos. Y así fue cómo nació la asociación civil Mexicanos de Corazón. Y aprendí una importante lección, que una persona puede iniciar el camino, pero en comunidad se puede llegar mucho más lejos.

Y así, después de investigar, organizarnos, proponer y dialogar, conseguimos cambiar normas en Quintana Roo y algunas puertas empezaron a abrirse. Eso es hacer ciudadanía, no solamente debemos votar, también tenemos que participar responsablemente para mejorar nuestra comunidad. Participar sirve, no siempre se gana, ni se consigue exactamente lo que se quiere, pero una sociedad puede cambiar cuando las personas participan de manera responsable. Y no hace falta ser diputado o abogado ni esperar a ser una persona muy importante. Podemos empezar aprendiendo a preguntar: ¿esto es justo?, ¿por qué existe esta regla?, ¿cómo podríamos hacerlo mejor?

Quiero finalizar preguntándote, ¿somos solamente del lugar en donde nacemos… o también somos de los lugares en donde nos hacemos? Considero que el lugar del que somos oriundos forma parte de nuestra historia, pero también nos construyen los lugares en donde vivimos, las personas con las que convivimos, las comunidades a las que contribuimos y las decisiones que tomamos. En mi caso, yo no elegí nacer en España, pero sí puede decidir hacer de México parte de mi vida. Ahora quiero que respondas a la pregunta que formulé en el título de esta columna.

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