{"id":3518,"date":"2023-09-09T06:28:07","date_gmt":"2023-09-09T11:28:07","guid":{"rendered":"https:\/\/grupopiramide.com.mx\/vertice\/?p=3518"},"modified":"2023-09-07T18:28:32","modified_gmt":"2023-09-07T23:28:32","slug":"cuento-disparos-en-el-aula-alberto-guerra-naranjo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/grupopiramide.com.mx\/vertice\/literatura\/cuento-disparos-en-el-aula-alberto-guerra-naranjo\/","title":{"rendered":"Cuento | Disparos en el aula | Alberto Guerra Naranjo"},"content":{"rendered":"<h4><strong>Alberto Guerra Naranjo<\/strong><\/h4>\n<p>Los dos, profesor y estudiante, tienen una tiza en la mano. Uno, para escribir el t\u00edtulo de la clase en la pizarra, despu\u00e9s que todos se acomoden, y otro para, desde el fondo del aula, cuando el profesor se vuelva, lanzarla; que realice una larga par\u00e1bola y caiga <em>paf<\/em>, en cualquier zona de la verde madera. Ser\u00e1 la primera tiza lanzada por alguien desde el fondo del aula. Ser\u00e1 el primer profesor al que una tiza lanzada por alguien lo marcar\u00e1 por el resto de sus clases en la escuela. Ser\u00e1. Todo depende del instante en que se vuelva. Entonces, hoy, las clases de Historia, por primera vez, tendr\u00e1n otro sabor. Los ojos desorbitados del maestro en busca de la direcci\u00f3n de ese disparo, el rostro enrojecido sin saber d\u00f3nde ubica sus manos, d\u00f3nde clava la vista, qu\u00e9 palabras encuentra en el saco de palabras que usa todos los d\u00edas para comenzar las clases, pueden ser la consumaci\u00f3n de una victoria. Una victoria que para algunos estudiantes parecer\u00e1 inmediata, detenida en el momento en que la tiza caiga <em>paf<\/em>, pero que comenzar\u00eda all\u00ed, <em>paf<\/em>, para luego extenderse de estudiante en estudiante, y de estudiante a profesor, y de profesor a subdirector docente, y al o\u00eddo de la auxiliar de limpieza que trapear\u00eda al pasillo en ese instante, <em>paf<\/em>, y de ella a las empleadas de cocina, y de las empleadas al jardinero y de este, \u00bfno joda compadre, a Ramiro?, al chofer, y de todos al director, que quedar\u00e1 perplejo, <em>paf<\/em>, detr\u00e1s de su bur\u00f3, pensando, <em>paf<\/em>, que otra vez en la escuela, <em>paf<\/em>, <em>paf<\/em>, despu\u00e9s de a\u00f1os de control y de apaciguamiento, hay indicios de resquebrajar la disciplina. Esa ser\u00e1 la consumaci\u00f3n de la victoria, no s\u00f3lo que caiga, <em>paf<\/em>, sobre la verde madera. Es por ello que, aunque lo delate la frente sudorosa, Rogelio Guzm\u00e1n Zamora, Rogelito br\u00f3der para los allegados, espera con paciencia a que se vuelva y comience a escribir.<\/p>\n<p>Porque el profesor Ramiro, como buen profesor, escudri\u00f1a el m\u00ednimo detalle antes de pronunciar la primera palabra relacionada con la clase. Y espera a que los rezagados se detengan en la puerta y con cara de l\u00e1stima digan: Permiso, profe, es que est\u00e1bamos de limpieza en el albergue, y Ramiro s\u00f3lo los mira, hace un gesto e inclina la cabeza para que entren en puntillas; tambi\u00e9n espera a que los libros y las libretas est\u00e9n abiertos en la p\u00e1gina en que se hab\u00edan quedado en la \u00faltima clase, mientras los que afilan en un rinc\u00f3n del aula las puntas de sus l\u00e1pices miran de vez en vez para sus ojos en espera de las dos palabras que siempre dice el profesor en el inicio: Bien, comenzamos. Entonces, llega un silencio como de \u00e9xtasis por las frases que se escuchar\u00e1n, pero todav\u00eda es tiempo, no han pasado dos minutos desde que tocaron el timbre. Hay tiempo para decir: Pr\u00e9stame la cuchilla, \u00bfqui\u00e9n se sabe el horario de hoy, por favor?, \u00bfa qui\u00e9n le prest\u00e9 mi libreta de Matem\u00e1ticas ayer?, Profesor, justif\u00edqueme las ausencias, certificado m\u00e9dico, tome, reposo por setentaid\u00f3s horas. Todav\u00eda hay tiempo para que alguna estudiante se detenga en los zapatos de Ramiro, \u00bfViste?, son nuevos, ya era hora, o para que la tiza en la mano de Rogelio, desde el final del aula, se humedezca por la tensi\u00f3n nerviosa. Todo es cuesti\u00f3n de esperar, como mismo el profesor esper\u00f3, hace ya m\u00e1s de una semana, cuando, de guardia en el comedor, dej\u00f3 que Rogelito br\u00f3der tomara la bandeja, cuidado, los frijoles, cuidado, y se sentara casi victorioso en las hileras del medio a disfrutar de la segunda, me gan\u00e9 la segunda, y fuera discreto, sin que nadie lo notara al par\u00e1rsele al lado antes de que Guzm\u00e1n Zamora, n\u00famero veintisiete del grupo cuatro, tomara la cuchara para comer otra vez. Despu\u00e9s la pena, el No le da verg\u00fcenza, Guzm\u00e1n, todav\u00eda el comedor no ha terminado y usted. La mirada, todas las miradas y el silencio. Un raro silencio alrededor del profesor y el estudiante descubierto que no sabe qu\u00e9 hacer. Cucharas a media distancia entre bandejas y bocas; empleadas que han detenido el servicio en espera del desenlace de aquel espect\u00e1culo. Guzm\u00e1n Zamora, el br\u00f3der Guzm\u00e1n Zamora, que no sabe c\u00f3mo levantarse. \u00bfLevantarse? Decirle: No, profe, yo no he comido; pero con qu\u00e9 palabras, si \u00e9l no tiene un saco de palabras para cada situaci\u00f3n ni una mirada como esa que lo detiene y le impide levantarse, mantenerse sentado o comer. Vamos, Guzm\u00e1n, devuelva la bandeja. S\u00f3lo cinco palabras. El profesor Ramiro con s\u00f3lo cinco palabras puede destrozar el coraz\u00f3n de alguien ante much\u00edsimos ojos. El profesor Ramiro, con s\u00f3lo cinco palabras, puede hacer que las cucharas se detengan ante las bocas de todos los que comen. Puede lograr, endureciendo el rostro, que Rogelio Guzm\u00e1n Zamora se desplace a lo largo del comedor con la bandeja entre las manos y la deposite para otro que a\u00fan no ha comido. El profesor Ramiro, desde su posici\u00f3n, mantiene en vilo al comedor y logra el mismo silencio, aunque los estudiantes contin\u00faen en su faena, y el br\u00f3der Guzm\u00e1n, no llores br\u00f3der que t\u00fa eres hombre, recostado ahora en el lavamanos del albergue, se limpie las l\u00e1grimas. Olvida eso, br\u00f3der, olvida. Pero c\u00f3mo si \u00e9l es hombre y tiene jeva y todo el mundo, F\u00edjate bien, todo el mundo, siempre lo ha respetado y jam\u00e1s nadie, ni la vieja, que es lo que yo m\u00e1s quiero, le ha hecho pasar una verg\u00fcenza as\u00ed. Que todos te miren y t\u00fa pasando la verg\u00fcenza, que te marches como puedas de ese comedor y que la verg\u00fcenza vaya contigo escal\u00f3n por escal\u00f3n hasta llegar al dormitorio. Pero no llores, br\u00f3der, que los hombres no lloran. Echa para un lado la verg\u00fcenza, amarra la verg\u00fcenza a la pata de la cama de cualquier litera y no la dejes bajar, pero que se amarre bien, porque no es f\u00e1cil dejar a la verg\u00fcenza a un lado y volver a bajar los escalones muy serio, mientras los dem\u00e1s estrenan sus \u00faltimos pasillos en el baile o buscan el rinc\u00f3n m\u00e1s oscuro para conversar con sus muchachas sobre cosas tan importantes que solo podr\u00edan conversarse en un rinc\u00f3n oscuro. Ahora le cuenta discreto a Yeniley que el profesor Ramiro lo hab\u00eda hecho quedar mal delante de todo el mundo, Vaya, quise comer doble, pero eso no se va a quedar as\u00ed, seguro que me las paga. Bueno caballero, bailen, que no se diga, bailen. No, que va, nosotros vamos a conversar sobre cosas importantes. Yeniley y Rogelio conversando sobre cosas importantes en un lugar oscuro, sin olvidar Rogelio que la verg\u00fcenza, de todos modos, aunque est\u00e9 amarrada, lo estar\u00e1 siempre esperando cuando suba a dormir. La verg\u00fcenza.<\/p>\n<p>Bien, comenzamos. El profesor Ramiro ya est\u00e1 colocado frente a los estudiantes del grupo. Silencio, puro silencio. Le miran a los ojos y \u00e9l, un instante despu\u00e9s, realiza una pregunta, \u00bfAlguno de ustedes conoce qu\u00e9 significa reconcentraci\u00f3n? Murmullo. Cuestionamiento en alta voz. La palabra reconcentraci\u00f3n pocas veces en la vida, por no decir nunca, la han escuchado. No obstante, alg\u00fan audaz, en el momento en que nadie lo espera, levanta la mano. Es en la primera mesa de la fila del medio. Al final del aula Rogelio Guzm\u00e1n Zamora es capaz de meditar sobre la palabra. Concentraci\u00f3n s\u00ed la ha o\u00eddo: Todos a la plaza, hablar\u00e1 Fidel. Eso es concentraci\u00f3n. Cantar\u00e1 Silvio Rodr\u00edguez; aglutinaci\u00f3n de shorpanes y pul\u00f3veres con deseos de escuchar y corear. Concentraci\u00f3n en las paradas de las guaguas, en las pizzer\u00edas, en el punto de leche, en las tiendas de ropa, pero \u00bfreconcentraci\u00f3n? \u00bfA ver usted, qu\u00e9 entiende usted por reconcentraci\u00f3n? Silencio. Bueno, profe. Silencio. Concentrarse es acumular, como en las ecuaciones qu\u00edmicas. Silencio. Y reconcentrarse, pues, volverse a concentrar, pienso yo. Murmullo, risas y murmullo. El profesor tambi\u00e9n sonr\u00ede. Guzm\u00e1n Zamora no puede evitar que de sus labios se entreabra una mueca. Ramiro escucha opiniones, realiza m\u00e1s preguntas para acorralar un poco este concepto. Dice: \u00bfConocen ustedes en la Historia de Cuba alg\u00fan hecho llamado \u201cReconcentraci\u00f3n\u201d? Murmullo. Respuestas aventuradas; deseos de adivinar por intuici\u00f3n lo que se esconde detr\u00e1s de la palabra. En la clase de hoy, estudiaremos la reconcentraci\u00f3n, dice Ramiro. Rogelito br\u00f3der sabe que este es el momento. Ahora el profesor tiene que volverse para escribir el asunto de la clase en la pizarra. Haciendo una larga par\u00e1bola vendr\u00e1 la tiza desde el fondo, <em>paf<\/em>, a golpear cualquier parte de la verde madera. La mano de Rogelio est\u00e1 lista para lanzar, con el profesor vuelto de espaldas y escribiendo \u201cLa Reconcentraci\u00f3n de Valeriano Weyler\u201d; sin embargo, la mente se cuestiona por qu\u00e9 ahora hay fuerzas en la mano, pero poca disposici\u00f3n en el cerebro. Est\u00e1 a tiempo. Pero la palabra reconcentraci\u00f3n, reconcentraci\u00f3n, reconcentraci\u00f3n propicia que se piense en ella como lo hacen los dem\u00e1s. Y el br\u00f3der Ti\u00f1o, su socio, en la otra esquina del aula lo mira y con la mirada le dice: Dale, br\u00f3der, ahora o nunca. Pendejo. Soy un pendejo. Reconcentraci\u00f3n de pendejo. Y el Ti\u00f1o br\u00f3der desde la otra esquina, bajito, muy bajito: \u00bfPara eso amarramos la verg\u00fcenza, tu verg\u00fcenza, en la pata de la cama? Pendejo. Y el profesor, de frente a los alumnos, en espera de que escriban en sus libretas el asunto de la clase, va a hablar.<\/p>\n<p>Corr\u00eda el a\u00f1o mil ochocientos noventaiseis, dice Ramiro. Y de sus labios brota el galopar de los caballos venidos de Oriente. M\u00e1ximo G\u00f3mez y Antonio Maceo, generales de la tropa, apenas tienen tiempo de reposo. Vienen dejando su rastro de humo en el camino, provocado por la tea incendiaria. Fuego, que arda la ca\u00f1a, gritan los mambises en su avance hacia Occidente, mientras Mart\u00ednez Campos, otrora uno de los jefes favoritos de Espa\u00f1a, y ahora capit\u00e1n general, dando paseos desesperados alrededor de su silla de gobierno, casi da la guerra por perdida. De los labios del profesor tambi\u00e9n sale el barco que trae al marqu\u00e9s de Tenerife en sustituci\u00f3n de Campos y, de inmediato, todos ven c\u00f3mo don Valeriano Weyler, con los mismos pasos de desesperaci\u00f3n, dicta bandos a sus escribanos, cuyos ojos apenas se despegan de los pergaminos.<\/p>\n<p>\u2013Decidido siempre a que las leyes se cumplan \u2013dice Weyler alis\u00e1ndose el bigote y recostado a una de las ventanas del palacio\u2013, hago saber&#8230;<\/p>\n<p>Y de su boca, para plasmarse en aquellas hojas, corren los primeros mecanismos fascistas que conocer\u00e1 la humanidad moderna en esta parte del mundo: \u201cLa Reconcentraci\u00f3n\u201d. Arden los sembrados de los campesinos, hay fusilamientos de hombres en edad de combate por cualquier pretexto y reconcentraci\u00f3n en determinadas zonas de grandes cantidades de personas. Alambres de p\u00faas. Puestos y garitas de vigilantes. Desnutrici\u00f3n. Malaria. Violaciones y golpizas. La muerte de la forma m\u00e1s lenta que cualquiera en tiempo de guerra pudiese esperar. Valeriano Weyler y la muerte.<\/p>\n<p>S\u00f3lo la voz del profesor se deja escuchar. La palabra reconcentraci\u00f3n va tomando su forma, se redondea poco a poco en cada una de las mentes. Rogelio Guzm\u00e1n Zamora a\u00fan no est\u00e1 arrepentido, en cualquier momento puede lanzar la tiza. En cambio, su amigo, su br\u00f3der Ti\u00f1o no ha intercambiado otra mirada con Rogelio desde que comenz\u00f3 la clase. Es s\u00f3lo ojos para los labios del profesor. La mano de Rogelio, su frente, sus axilas, contin\u00faan sudando. Yeniley, en las primeras mesas, no imagina la idea que atraviesa la mente de su novio. El profesor habla y habla sobre la reconcentraci\u00f3n y tal parece que toda el aula es presa de las garras de Valeriano Weyler, porque de su saco de palabras puede escogerlas con calma y mantener el \u00e9xtasis de forma convincente, no s\u00f3lo en la clase, ni para derrotar a Rogelito en el comedor, sino tambi\u00e9n en la c\u00e1tedra, como ocurri\u00f3 la misma noche del incidente. Guzm\u00e1n Zamora le dijo: Oiga, profe, yo quiero hablar con usted. Diga, Rogelio. Lo que usted hizo no es de hombres. Y Ramiro lo mir\u00f3 a los ojos parecido a como lo hab\u00eda hecho unas horas antes y le dijo: Toma esta llave y esp\u00e9rame all\u00e1, se\u00f1alando hacia la c\u00e1tedra como si no hubiera ocurrido nada. Pero cuando Rogelito br\u00f3der tom\u00f3 las escaleras all\u00ed estaba Ti\u00f1o, socio Ti\u00f1o, cuenta conmigo, br\u00f3der, mi sangre, y si el verraco ese tiene l\u00edos contigo, conmigo los tiene tambi\u00e9n, as\u00ed que vamos. No, viejo, que esto es asunto de hombre a hombre. No. Hasta que llegaron a la puerta de la c\u00e1tedra y despu\u00e9s lleg\u00f3 Ramiro. Vamos, abran esa puerta. Y se abri\u00f3. Entraron. Ramiro entonces dijo: Bien, Rogelio Guzm\u00e1n Zamora. Que lo que usted me dijo no es de hombres. Y el Ti\u00f1o br\u00f3der al lado de su u\u00f1a y carne Rogelito, nerviosos los dos; nerviosos los tres. S\u00ed, los tres. Sepan una cosa, dijo Ramiro, no piensen que voy a pelear con ustedes. A los estudiantes lleg\u00f3 el desconcierto, agudizaron su aire felino dispuestos a saltar encima del profesor. Atm\u00f3sfera tensa, el Ti\u00f1o con los brazos cruzados pesta\u00f1eaba muy torpe. Si peleara con ustedes y venciera, dijo el maestro, todos me dir\u00edan abusador; pero si perdiera, ahora mismo tendr\u00eda que recoger mis cosas y marcharme porque me llamar\u00edan pendejo. Yo no soy ni abusador ni pendejo. Soy un hombre. Y luego les habl\u00f3 de la verdadera hombr\u00eda, del decoro y la honradez. Pero lo hizo con tanta sobriedad y mir\u00e1ndolos tan fijo a los ojos que Rogelio Guzm\u00e1n Zamora y el Ti\u00f1o, mantenidos en silencio, no tuvieron otra opci\u00f3n que reconocer cierta coherencia en aquellas palabras. Pero en el albergue vieron nuevamente a la verg\u00fcenza amarrada a la pata de la cama y se dijeron que de todas formas esto el profesor Ramiro lo tendr\u00eda que pagar.<\/p>\n<p>Pagar muy caro, muy caro, dec\u00edan los espa\u00f1oles, encima de cualquier hija de campesino que se resist\u00eda a soportar la violaci\u00f3n y era sostenida por soldados esperando turno, para despu\u00e9s que el jefe cumpliera su parte. Y les contar\u00e9, dice ahora Ramiro, un hecho poco comentado:<\/p>\n<p>En una de las fincas donde reconcentraban campesinos, por la noche, una cuadrilla de espa\u00f1oles trajo a un insurrecto. Estaba herido. Su brazo derecho, casi desprendido de un tajo de sable, era sostenido por un improvisado torniquete que no imped\u00eda que brotara la sangre. Atado al cuello y entre dos jinetes que con la soga lo manten\u00edan de pie por puro milagro, vino caminando todo el tramo. Al d\u00eda siguiente los guajiros lo vieron amarrado a un poste, lleno de fango hasta los tu\u00e9tanos y casi agonizante. Como todo el que se reconcentra est\u00e1 a un paso de la muerte, los espa\u00f1oles no opon\u00edan reparo ante la curiosidad por el nuevo visitante. Dejaron que la gente lo rodeara y que algunos le curasen el brazo con emplastos de hojas y ra\u00edces.<\/p>\n<p>\u2013\u00bfEs verdad que es usted insurrecto? \u2013le pregunt\u00f3 Jacinto Torres al herido.<\/p>\n<p>Jacinto era un muchacho de unos quince a\u00f1os que jam\u00e1s hab\u00eda tenido tiempo de andar m\u00e1s de treinta kil\u00f3metros a la redonda, porque desde temprano su principal ocupaci\u00f3n fueron las siembras. Conversar con un insurrecto era algo que nunca imagin\u00f3 ser\u00eda posible. Trajo agua, mir\u00f3 el brazo y descubri\u00f3 que en el semblante de aquel hombre solo se reflejaba el anuncio de la muerte.<\/p>\n<p>\u2013Soy mensajero \u2013dijo el hombre entre las fiebres y tambi\u00e9n cont\u00f3 que lo hab\u00edan sorprendido por casualidad y que pertenec\u00eda a las tropas del general Juan Bruno Zayas.<\/p>\n<p>Habl\u00f3 de su general como si aquel fuera lo m\u00e1s grande, dijo que era uno de los jefes m\u00e1s j\u00f3venes de la guerra, que pose\u00eda un porte fino y elegante y que los espa\u00f1oles s\u00f3lo de escuchar su nombre ya temblaban. \u00c9l sab\u00eda, dijo, que dentro de poco terminar\u00eda la guerra y era una l\u00e1stima que le tocara morir tan joven, pero no importaba, porque otra gente, como dec\u00eda su general, sabr\u00eda que ellos se hab\u00edan portado como hombres de su tierra y que nunca la hab\u00edan traicionado. Todo eso le dijo y a Jacinto Torres se le aguaron los ojos al verle m\u00e1s muerto que vivo y tan firme como el palo al que lo ataron.<\/p>\n<p>\u2013Profesor, \u00bfy no cont\u00f3 c\u00f3mo lo agarraron los espa\u00f1oles? \u2013pregunt\u00f3 Yeniley.<\/p>\n<p>\u2013Los espa\u00f1oles no saben que yo soy mensajero \u2013dijo el insurrecto.<\/p>\n<p>Cont\u00f3 que el General le hab\u00eda ordenado llevar un mensaje urgente a un regimiento del coronel Baldomero Acosta y en el camino lo tomaron preso.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s concluy\u00f3: \u201cSeg\u00fan los informes, ser\u00e1n atacados por sorpresa ma\u00f1ana por la noche.\u201d<\/p>\n<p>\u2013\u00bfMa\u00f1ana? \u2013dijo muy bajo, en la \u00faltima mesa del aula, Rogelio Guzm\u00e1n.<\/p>\n<p>\u2013Ma\u00f1ana\u00a0 reafirm\u00f3 el herido.<\/p>\n<p>Qued\u00e1ronse mirando el uno al otro. Las posibilidades de hacer algo por aquellos hombres eran m\u00e1s que remotas. Cada cincuenta metros una garita: en cada garita un espa\u00f1ol armado. Las cercas altas y con alambres que de s\u00f3lo tocarlos se sangraba, y en la puerta de entrada dos espa\u00f1oles. Nada pod\u00eda hacerse. Nada, seg\u00fan la l\u00f3gica com\u00fan. Adem\u00e1s, con la desnutrici\u00f3n que ten\u00eda Jacinto, pocos pasos podr\u00eda dar sin ser r\u00e1pidamente capturado.<\/p>\n<p>\u2013\u00bfC\u00f3mo avisarles? \u2013dijo el Ti\u00f1o br\u00f3der con la cara metida entre las palmas de las manos.<\/p>\n<p>\u2013\u00bfEstar\u00edas dispuesto a ir?<\/p>\n<p>\u2013S\u00ed \u2013dijo Yeniley.<\/p>\n<p>\u2013S\u00ed \u2013dijo Jacinto Torres, sosteni\u00e9ndole el rostro barbado al insurrecto.<\/p>\n<p>\u2013S\u00ed \u2013dijeron todos, sin decirlo, en toda el aula. \u00bfPero c\u00f3mo?<\/p>\n<p>Entonces, el herido pidi\u00f3 que se acercara y le habl\u00f3. Un rato despu\u00e9s, recostado a la pared de yaguas de un boh\u00edo, el muchacho lloraba con rabia por el acto doloroso que tendr\u00eda que realizar dentro de poco. Sab\u00eda que la pr\u00f3xima vez que viese al insurrecto, lo ver\u00eda muerto. Era la \u00fanica forma de hacer algo. Y el herido habl\u00f3 claro. Antes del anochecer, como hab\u00edan previsto, el muchacho se levant\u00f3 dispuesto a lo que le esperaba. Dentro del boh\u00edo, en un rinc\u00f3n, con ayuda de un pedazo de madera abri\u00f3 un hueco y extrajo una envoltura de yaguas. Desamarr\u00f3. Ten\u00eda guardada una bandera cubana hac\u00eda unos meses. La hab\u00eda entrado en el tumulto, cuando lo trajeron con toda su familia para ese lugar. Despu\u00e9s de enroll\u00e1rsela en el cuerpo y colocarse el camis\u00f3n encima, sali\u00f3 dispuesto a encontrarse con su amigo, su mejor amigo, que ya estar\u00eda muerto. Mientras caminaba iba pensando en lo que \u00e9ste le hab\u00eda dicho antes de despedirse.<\/p>\n<p>\u2013Sep\u00e1rate de m\u00ed unas horas \u2013dijo.<\/p>\n<p>Despu\u00e9s explic\u00f3 que de todas maneras si no se mor\u00eda lo mataban y con esa herida poco pod\u00eda durar; que otros camaradas, dentro de corto plazo, iban a ser masacrados por sorpresa, pero nosotros podemos hacer algo. Cerr\u00f3 sus ojos y con el brazo izquierdo se desat\u00f3 el torniquete: la sangre comenz\u00f3 a correr. Vete, le dijo. Y el muchacho corri\u00f3 a sentarse a llorar hasta que cayera la tarde.<\/p>\n<p>\u2013\u00bfPero c\u00f3mo saldr\u00eda, profesor? \u2013pregunt\u00f3 otra estudiante del aula.<\/p>\n<p>\u2013Aqu\u00ed no van a tenerme cuando muera \u2013recordaba Jacinto que le hab\u00eda dicho el insurrecto.<\/p>\n<p>\u2013Los espa\u00f1oles temen demasiado a la epidemia. Cuando me veas muerto corre y d\u00edselo al de la puerta. Enseguida te mandar\u00e1n con otro a que me suban a un caballo, despu\u00e9s ir\u00e1n con ustedes m\u00e1s o menos lejos para que me entierren; como es de noche, cuando sea el momento podr\u00e1s escapar. Que tengas mucha suerte.<\/p>\n<p>Suerte. Eso era lo que Jacinto Torres deseaba mientras en el camino sosten\u00eda las riendas del caballo. El otro cubano ven\u00eda varios pasos detr\u00e1s con un pico y una pala, junto a dos espa\u00f1oles con sus m\u00e1useres. Alejados lo suficiente del campo de reconcentraci\u00f3n, dijeron: Alto aqu\u00ed. Y a distancia, apuntando, ordenaron que bajasen al muerto.<\/p>\n<p>Rogelio a\u00fan con la tiza en la mano escucha. Est\u00e1 convencido de que en esta vida no todo es perfecto. Por eso insiste todav\u00eda en lanzar la tiza. Para otros, la perfecci\u00f3n del mundo podr\u00eda ser el profesor Ramiro, quien no se ablanda ni cuando cuida ex\u00e1menes y Margarita, la mejor hembra del aula, cruza y descruza sus muslos con intenci\u00f3n. Pero nadie es perfecto, dice Rogelio apretando la tiza, sino c\u00f3mo es posible que este mismo profesor, cuando est\u00e1 de guardia de milicia, orina las flores de las jardineras del pasillo por el s\u00f3lo capricho de no llegarse hasta el ba\u00f1o. \u00c9l lo ha visto, lleva varios d\u00edas sigui\u00e9ndole los pasos a Ramiro y sabe que no hay nadie perfecto: se merece un tizaso, piensa Rogelio.<\/p>\n<p>El pico se alza por encima de la tierra y los espa\u00f1oles, m\u00e1s confiados, comentan de su lejana aldea. Hablan de Galicia y Asturias y de que el calor y los mosquitos son insoportables, mientras una loma de tierra h\u00fameda se va levantando. El caballo resopla cerca del muerto y Jacinto Torres le dice a su compa\u00f1ero que trabaje ahora con la pala. Jacinto se sienta cerca del caballo. Jadea. Es demasiado esfuerzo para tantos d\u00edas de hambre. Los soldados siguen interesados en su conversaci\u00f3n. Jacinto desea suerte.<\/p>\n<p>\u2013Suerte \u2013dice Yeniley.<\/p>\n<p>\u2013Suerte \u2013repite Jacinto Torres y de un salto cae sobre el caballo y lo hinca con sus talones descalzos. Sorprendidos, los espa\u00f1oles gritan: Alto. Alto. Jacinto conmina a su compa\u00f1ero a que monte tambi\u00e9n, pero \u00e9ste le dice: Te van a matar, no seas loco, muchacho, mientras el caballo casi les vuela encima a los dos hombres que apuntan, pasa raudo y se aleja entre los disparos y la noche.<\/p>\n<p>\u2013\u00bfEntonces, logr\u00f3 escapar? \u2013pregunta el Ti\u00f1o br\u00f3der, preocupado all\u00e1 en el fondo.<\/p>\n<p>\u2013S\u00ed, me he escapado del campo \u2013dice Jacinto.<\/p>\n<p>Uno de los ayudantes del coronel Baldomero Acosta lo atiende y cura bajo el hombro la herida que comienza en la espalda y atraviesa el pecho.<\/p>\n<p>\u2013Hay que dar hierro para que desinfecte \u2013dice el ayudante.<\/p>\n<p>\u2013\u00bfHierro? \u2013pregunta Rogelio.<\/p>\n<p>\u2013S\u00ed.<\/p>\n<p>Al instante, un cuchillo al rojo vivo lo hace desmayar. Las tropas lograron irse, y Jacinto Torres, convaleciente a\u00fan, ard\u00eda en deseos de recuperarse para estrenar alguna vez el campo de batalla.<\/p>\n<p>Dentro de unos minutos el timbre anunciar\u00e1 el cambio de turnos. Nadie pregunta, es probable que algunos cuestionen si el hecho ocurri\u00f3 en realidad o si fue producto de la imaginaci\u00f3n del profesor para contagiarlos, pero no lo hacen. Ramiro dice que orientar\u00e1 el Estudio Individual y un ruido seco lo detiene. Todos miran. El ruido viene del fondo del aula, de la mesa donde se encuentra, solo, Rogelio Guzm\u00e1n. La mano le cuelga. Hay una tiza en el piso. Desplome del cuerpo de Rogelio sobre las libretas. Risas en el aula. Debe ser pura burla en la clase, mi clase, piensa el profesor. Malhumorado dice: Rogelio, no le basta con lo de hace una semana. Todos hacen silencio. El Ti\u00f1o br\u00f3der, u\u00f1a y carne de Rogelio, corre para donde su amigo. Dice: Tiene fatigas, profesor. El Ti\u00f1o se acuerda de la verg\u00fcenza cuando ve la tiza. Ll\u00e9venlo entonces para la enfermer\u00eda. Lo sostienen entre dos. Lentamente. Se retiran lentamente. Despu\u00e9s, el profesor, con la mirada, logra imponer silencio. Advierte que puede ser un chiste y que si es un chiste podr\u00e1 costar muy caro. Yeniley no sabe d\u00f3nde meter el rostro. Todos la miran, hasta el profesor. Ella pasa la vista entre las losas por no mirar a nadie. Silencio. El profesor dicta la primera pregunta del Estudio Individual. Yeniley dice: Profe, en el piso hay gotas de sangre. Todos miran. S\u00ed. Gotas de sangre. Llegan del puesto de Rogelio. El profesor corre hacia all\u00ed. Busca una cuchilla, algo con que haya podido cortarse. No. No hay rastro de cuchillas. En el puesto de Rogelio, Rogelito br\u00f3der para sus amigos, guardados en la maleta, est\u00e1n sus libros. Sus libros y una bandera, perforada por un disparo de fusil.<br \/>\n<strong><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"wp-image-3519 alignleft\" src=\"https:\/\/grupopiramide.com.mx\/vertice\/wp-content\/uploads\/2023\/09\/Alberto_Guerra_Naranjo.jpg\" alt=\"\" width=\"152\" height=\"191\" srcset=\"https:\/\/grupopiramide.com.mx\/vertice\/wp-content\/uploads\/2023\/09\/Alberto_Guerra_Naranjo.jpg 382w, https:\/\/grupopiramide.com.mx\/vertice\/wp-content\/uploads\/2023\/09\/Alberto_Guerra_Naranjo-48x60.jpg 48w\" sizes=\"auto, (max-width: 152px) 100vw, 152px\" \/>Alberto Guerra Naranjo<\/strong> (La Habana, Cuba,1961). Licenciado en Historia y Ciencias Sociales, guionista de cine y uno de los m\u00e1s importantes narradores cubanos de la actualidad. Son algunos de sus libros <em>Disparos en el aula<\/em>, <em>Apor\u00edas de la feria<\/em>, <em>Blasfemia del escriba<\/em> y <em>La soledad del tiempo<\/em>.<\/p>\n<p>Si le\u00edste este cuento, tal vez te interese leer:<\/p>\n<h6 class=\"entry-title\"><a href=\"https:\/\/grupopiramide.com.mx\/vertice\/literatura\/cuento-los-fines-de-semana-carlos-martin-briceno\/#:~:text=LITERATURA-,Cuento%20%7C%20Los%20fines%20de%20semana%20%7C%20Carlos%20Mart%C3%ADn%20Brice%C3%B1o,-ACTUALIZADA%20EL\">Cuento | Los fines de semana | Carlos Mart\u00edn Brice\u00f1o<\/a><\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Alberto Guerra Naranjo Los dos, profesor y estudiante, tienen una tiza en la mano. 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