{"id":2821,"date":"2023-05-27T06:13:23","date_gmt":"2023-05-27T11:13:23","guid":{"rendered":"https:\/\/grupopiramide.com.mx\/vertice\/?p=2821"},"modified":"2023-05-11T12:41:07","modified_gmt":"2023-05-11T17:41:07","slug":"cuento-el-instrumento-de-dios","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/grupopiramide.com.mx\/vertice\/literatura\/cuento-el-instrumento-de-dios\/","title":{"rendered":"Cuento | El instrumento de Dios"},"content":{"rendered":"<h4><strong>Carlos Mart\u00edn Brice\u00f1o<\/strong><\/h4>\n<p style=\"text-align: right;\">Para mi hermano Enrique<\/p>\n<p style=\"text-align: right;\">\u2014\u00bfQu\u00e9 es lo que me trae aqu\u00ed? \u2014pregunt\u00f3 la vieja por segunda vez.<\/p>\n<p style=\"text-align: right;\">\u2014Una buena pieza&#8230;; una pitillera&#8230;de plata&#8230;v\u00e9ala.<\/p>\n<p style=\"text-align: right;\">Fiodor Dostoyevski<\/p>\n<p>Una vez que termina, guarda el form\u00f3n chorreante en el malet\u00edn de cuero, sale de la casa cerrando tras de s\u00ed la puerta. La calle est\u00e1 vac\u00eda; es una de esas tardes de verano en que el calor quema con fuerza y obliga a todos a buscar refugio en sus hogares. Ya casi es la hora del almuerzo. Avanza r\u00e1pido, con la cabeza gacha; un zumbido ensordecedor llena sus o\u00eddos; el trayecto le parece interminable, trata de no pisar las l\u00edneas divisorias que decoran la acera de concreto, como si actuara para un p\u00fablico parapetado tras los miri\u00f1aques polvorientos de los inmuebles. Justo antes de llegar a la cantina, una mujer mayor, con amabilidad, le saluda; \u00e9l, no hace caso (ella contar\u00e1 despu\u00e9s que en ese instante vio en el reflejo de su mirada al mismo diablo).<\/p>\n<p>Ya en el bar, va derecho al ba\u00f1o; bajo el chorro de agua del lavabo, brazos y manos pierden las manchas de sangre secas por el sol de agosto; desecha la camisa (su esposa siempre coloca en el malet\u00edn una muda limpia por si acaso) y se alinea el pelo con los dedos mojados; en ese instante empieza a escuchar el fragor del sitio: el murmullo de los parroquianos, el chocar de botellas sobre mesas de metal, la risa inconfundible del propietario y al dueto cantando un corrido.<\/p>\n<p>Bebe la primera cerveza de golpe, como si el acto infundiera vida; ni siquiera tiene que pedir las siguientes, ya lo conocen: cuatro coronas y enseguida el desempance: ron con Coca-cola, tres o cuatro a lo sumo, sin botana; as\u00ed ha sido cada viernes desde hace m\u00e1s de cinco a\u00f1os. Pero hoy es martes; va por el sexto ron y a\u00fan no pide la cuenta.<\/p>\n<p>Le traen un plato de oreja de puerco en salpic\u00f3n. Con los dedos coge uno de los trozos rosados y lo engulle lentamente. No est\u00e1 acostumbrado a comer cuando toma; no obstante, tiene tanta hambre que, poco despu\u00e9s, del guiso s\u00f3lo queda el caldo.<\/p>\n<p>Un muchacho flaco y moreno se le acerca; carga una bandeja con mazapanes, cocadas y merengues.<\/p>\n<p>\u2014Para contentar a la do\u00f1a, patr\u00f3n \u2014le dice, gui\u00f1\u00e1ndole un ojo, y coloca los dulces sobre la mesa.<\/p>\n<p>A trav\u00e9s de la bruma del octavo trago, repasa con la mirada la mercanc\u00eda y reh\u00fasa la oferta, moviendo la cabeza de un lado a otro.<\/p>\n<p>Poco a poco, las mesas van quedando solas. Ha entrado la noche. De un momento a otro le traer\u00e1n la cuenta. Tendr\u00e1 que salir de este sitio donde se halla tan a gusto. Ahora mismo se encuentra absorto en la contemplaci\u00f3n de sus manos callosas, como queriendo encontrar una explicaci\u00f3n. Observa las rugosidades que se forman en los nudillos, el color p\u00e1lido de las palmas y el anillo de casado que transporta por instantes su mente a otra parte; luego entrecruza los dedos y pierde la mirada en el vac\u00edo.<\/p>\n<p>Cuando los uniformados entran, s\u00f3lo quedan dos mesas con vida: la de un par de viejos borrachos y la de \u00e9l. De inmediato lo reconocen. La descripci\u00f3n de la sirvienta de los Povedano fue exacta. All\u00ed est\u00e1, sin oponer resistencia, dej\u00e1ndose llevar suavemente como una marioneta ante la mirada at\u00f3nita del cantinero.<\/p>\n<p>No te explicas c\u00f3mo se enteraron tus compa\u00f1eras antes que t\u00fa. Unos dicen que fue por boca del conserje. Otros le echaron la culpa a las secretarias. Recuerdas que, al d\u00eda siguiente, escuchaste a tu t\u00eda, furiosa, reclamarle por tel\u00e9fono a la madre superiora su falta de cuidado para manejar la situaci\u00f3n. La verdad, cualquiera pudo haber sido: la noticia corri\u00f3 con rapidez. Se trataba de un acontecimiento inusual. El psic\u00f3logo coment\u00f3 que, aunque no fue la mejor manera de informarte, debes superarlo regresando al mismo colegio y s\u00f3lo as\u00ed podr\u00e1s vencer las pesadillas que te impiden dormir. Pero nada en el mundo te har\u00e1 volver. Prefieres perder el curso escolar y dedicarte por entero a ver televisi\u00f3n. Al menos, as\u00ed no te das cuenta de que es de noche. Ya est\u00e1s hastiada de tanto llorar. Lo \u00fanico que quisieras es sacarte de la mente esa tonada del piano y la escena en que, frente a todas, en medio de cuchicheos, la madre superiora detiene la clase de m\u00fasica para hacerte el anuncio de la desgracia.<\/p>\n<p>El doctor Povedano lo dijo muchas veces: \u201cNo hay en toda M\u00e9rida mejor ebanista que Roberto.\u201d Y era cierto. Bajo el cuidado de sus manos, el mueble de madera m\u00e1s viejo recobraba la gallard\u00eda perdida entre capas de maltrato. Daba gusto verlo trabajar. Hasta se relam\u00eda los labios cuando lijaba las piezas. No hab\u00eda clavo que se le resistiera: entraban a la primera, sin da\u00f1ar el punto elegido. Y qu\u00e9 decir de sus acabados; ya fuera escoplo, lija o form\u00f3n, no se deten\u00eda hasta lograr el efecto deseado; luego ven\u00edan las caricias, como si se tratara de una mujer\u00a0 hermosa.<\/p>\n<p>\u201cAy, don Roberto \u2014dec\u00eda la sirvienta de los Povedano\u2014 si no fuera usted casado&#8230;, ya quisiera me trataran igual que a la c\u00f3moda.\u201d<\/p>\n<p>Por aquel tiempo nadie hubiera imaginado al carpintero capaz de algo as\u00ed. No es lo mismo, comentar\u00edan los vecinos del rumbo, aborrecer a una persona, que desear su muerte. Y es que, salvo su familia, todo el barrio ten\u00eda motivos suficientes para odiar al doctor Povedano.<\/p>\n<p>Lo del agio comenz\u00f3 de pura casualidad. Dicen que la culpa fue de la gente que le daba sus alhajas en prenda cuando no ten\u00edan para la consulta. Eso de seguro lo mal acostumbr\u00f3. Con el paso de los a\u00f1os, se hizo de un considerable lote de joyas que vendi\u00f3 a muy buen precio. Al ver la ganancia, decidi\u00f3 dedicarse de lleno al negocio de prestar dinero al inter\u00e9s.<\/p>\n<p>Nunca abandon\u00f3 su consultorio. Al contrario: jam\u00e1s tuvo tanta clientela. Y c\u00f3mo no, alegaban otros m\u00e9dicos menos afortunados que \u00e9l, los enfermos que van con Povedano, buscan alivio por partida doble, as\u00ed no se vale.<\/p>\n<p>Por eso fue expulsado de la Asociaci\u00f3n M\u00e9dica. Incluso se habl\u00f3 de promover el retiro de su c\u00e9dula profesional. El rechazo de sus colegas lo sumi\u00f3 en una depresi\u00f3n que s\u00f3lo encontr\u00f3 alivio en la acumulaci\u00f3n de propiedades. Y si antes se tentaba el coraz\u00f3n para arrebatar objetos depositados en prenda, ahora hac\u00eda cuanto estuviera en sus manos para quedarse con ellos.<\/p>\n<p>Desempleados, viudas, madres solteras, ricos venidos a menos y todo el que no fuera capaz de sostener el pago de intereses, desfilaban por el consultorio pidiendo clemencia. La respuesta era siempre la misma: \u00bfAcaso te puse una pistola en la sien para obligarte a firmar los pagar\u00e9s?<\/p>\n<p>Roberto nunca pens\u00f3 necesitar de \u00e9l. Bien lo conoc\u00eda. Durante a\u00f1os dio mantenimiento a los muebles de aquella casa. Le aterraba la idea de encontrarse en lugar de alguno de los individuos que hac\u00edan fila en el consultorio del doctor Povedano. Pero nadie espera, de un d\u00eda para otro, hallar a su hijo enfermo, postrado en cama.<\/p>\n<p>De m\u00e1s est\u00e1 narrar la forma en que se dieron las cosas. Baste saber que Roberto no pudo cumplir con las obligaciones adquiridas y, antes de diciembre, su peque\u00f1a casa pas\u00f3 a formar parte de la fortuna de los Povedano.<\/p>\n<p>Unos piensan que lo plane\u00f3 de antemano. Sin embargo, no fue as\u00ed. La sirvienta confirm\u00f3 que ella llam\u00f3 al carpintero para arreglar las mecedoras de petatillo. Y eso era lo que Roberto estaba haciendo cuando le avisaron que el due\u00f1o de la casa quer\u00eda hablar con \u00e9l. Se encamin\u00f3 confiado. No esperaba tener que enfrentar esa situaci\u00f3n tan pronto. A\u00fan faltaba un mes para finalizar el a\u00f1o.<\/p>\n<p>Lo encontr\u00f3 solo, almorzando en el comedor y permaneci\u00f3 de pie, del otro lado de la mesa. Transcurrieron varios minutos antes de que cruzaran las primeras palabras. \u00danicamente se escuchaba el chirriar de los cubiertos sobre el plato al cortar la carne y el ruido del abanico de techo. Dos veces tosi\u00f3 Roberto para romper el silencio. Cuando el doctor comenz\u00f3 a hablar, lo hizo con la boca llena, sin levantar siquiera la mirada. Fue directo al grano. Le dijo que ma\u00f1ana tendr\u00eda que desocupar su casa en vista de que no estaba al d\u00eda con los pagos. Las palabras retumbaron con tal fuerza en la cabeza del carpintero que la vista se le nubl\u00f3. Tuvo que aferrarse al respaldo de una silla para no caer. De nada sirvi\u00f3 suplicar. \u00bfAcaso \u2014inquiri\u00f3 molesto el agiotista\u2014 te puse una pistola en la sien para firmar los pagar\u00e9s?<\/p>\n<p>Roberto escuch\u00f3 la pregunta a lo lejos. Su cuerpo continuaba all\u00ed, pero su mente era otra, no era suya, ahora pertenec\u00eda a todos los desgraciados que esperaban cita con el doctor Povedano; supuso que lo hab\u00edan elegido como instrumento de venganza; \u00e9l era el dedo de Dios. Sinti\u00f3 que bajo el brazo derecho algo lo lastimaba. Era el form\u00f3n que, por descuido, olvid\u00f3 dejar junto a los muebles.<\/p>\n<p>Esta, se dijo, debe ser la se\u00f1al.<\/p>\n<p>Entonces asest\u00f3 sin misericordia los primeros golpes. Un zumbido sordo le llen\u00f3 los o\u00eddos. El cuerpo del doctor fue ti\u00f1\u00e9ndose de rojo a medida que el filo de la herramienta se le incrustaba. Nervios y tu\u00e9tano quedaron al descubierto emulando las vetas de la madera. En el cuarto de atr\u00e1s yac\u00eda enferma de ci\u00e1tica la anciana esposa de Povedano. S\u00f3lo acert\u00f3 a juntar las palmas de las manos en se\u00f1al de s\u00faplica antes de ser degollada. Chorros de sangre escurrieron por las s\u00e1banas hasta el piso. La \u00faltima v\u00edctima lleg\u00f3 puntual a encontrarse con la muerte. Una gripe con calentura le mand\u00f3 m\u00e1s temprano que de costumbre a casa. Era la hija mayor del doctor Povedano. Aquella que le hab\u00eda dado tambi\u00e9n una nieta. Fue la \u00fanica que opuso resistencia. Peque\u00f1os mechones de pelo arrancados de ra\u00edz al asesino fueron hallados junto a su cad\u00e1ver.<\/p>\n<p>Cuando termin\u00f3, Roberto Paredes guard\u00f3 el form\u00f3n chorreante en el malet\u00edn de cuero y sali\u00f3 al sol del mediod\u00eda cerrando tras de s\u00ed la puerta.<\/p>\n<p><strong><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"wp-image-2822 alignleft\" src=\"https:\/\/grupopiramide.com.mx\/vertice\/wp-content\/uploads\/2023\/05\/Carlos-Martin-Briceno-1.jpg\" alt=\"\" width=\"122\" height=\"162\" srcset=\"https:\/\/grupopiramide.com.mx\/vertice\/wp-content\/uploads\/2023\/05\/Carlos-Martin-Briceno-1.jpg 768w, https:\/\/grupopiramide.com.mx\/vertice\/wp-content\/uploads\/2023\/05\/Carlos-Martin-Briceno-1-45x60.jpg 45w, https:\/\/grupopiramide.com.mx\/vertice\/wp-content\/uploads\/2023\/05\/Carlos-Martin-Briceno-1-600x800.jpg 600w\" sizes=\"auto, (max-width: 122px) 100vw, 122px\" \/>Carlos Mart\u00edn Brice\u00f1o<\/strong> (M\u00e9rida, M\u00e9xico, 1966). Narrador y rese\u00f1ista literario. Entre sus obras figuran la novela <em>La muerte del Ruise\u00f1or<\/em> y los libros de cuentos <em>Al final de la vigilia<\/em>, <em>Los m\u00e1rtires del Freeway y otras historias<\/em>, <em>Ca\u00edda libre<\/em>, <em>Montezuma\u2019s Revenge<\/em>\u2026<\/p>\n<p>Si le\u00edste este cuento, tal vez te interese leer:<\/p>\n<h6 class=\"entry-title\"><a href=\"https:\/\/grupopiramide.com.mx\/vertice\/literatura\/cuento-como-un-fantasma\/\" rel=\"bookmark\">Cuento | Como un fantasma<\/a><\/h6>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Carlos Mart\u00edn Brice\u00f1o Para mi hermano Enrique \u2014\u00bfQu\u00e9 es lo que me trae aqu\u00ed? \u2014pregunt\u00f3 la vieja por segunda vez. \u2014Una buena pieza&#8230;; una pitillera&#8230;de &hellip; <\/p>\n","protected":false},"author":5,"featured_media":2823,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[7,1,560],"tags":[886,150,909,669],"class_list":["post-2821","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-cuento","category-letras","category-literatura","tag-carlos-martin-briceno","tag-cuento","tag-el-instrumento-de-dios","tag-merida","latest_post"],"yoast_head":"<!-- This site is optimized with the Yoast SEO plugin v28.2 - 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