{"id":1076,"date":"2021-05-30T07:47:59","date_gmt":"2021-05-30T12:47:59","guid":{"rendered":"https:\/\/vertice.grupopiramide.com.mx\/?p=1076"},"modified":"2021-05-30T07:47:59","modified_gmt":"2021-05-30T12:47:59","slug":"fragmento-de-nueva-novela-del-narrador-quintanarroense-mario-perez-aguilar","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/grupopiramide.com.mx\/vertice\/literatura\/novela\/fragmento-de-nueva-novela-del-narrador-quintanarroense-mario-perez-aguilar\/","title":{"rendered":"Novela | Razones para atravesar umbrales [Fragmento], de Mario P\u00e9rez Aguilar"},"content":{"rendered":"<p><a href=\"https:\/\/grupopiramide.com.mx\/vertice\/wp-content\/uploads\/2021\/05\/umbrales.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"aligncenter size-full wp-image-1077\" src=\"https:\/\/grupopiramide.com.mx\/vertice\/wp-content\/uploads\/2021\/05\/umbrales.jpg\" alt=\"Mario P\u00e9rez Aguilar\" width=\"800\" height=\"623\" srcset=\"https:\/\/grupopiramide.com.mx\/vertice\/wp-content\/uploads\/2021\/05\/umbrales.jpg 800w, https:\/\/grupopiramide.com.mx\/vertice\/wp-content\/uploads\/2021\/05\/umbrales-768x598.jpg 768w, https:\/\/grupopiramide.com.mx\/vertice\/wp-content\/uploads\/2021\/05\/umbrales-600x467.jpg 600w\" sizes=\"auto, (max-width: 800px) 100vw, 800px\" \/><\/a><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>La notoriedad del novelista\u00a0<strong>Mario P\u00e9rez Aguilar<\/strong> en la narrativa quintanarroense es, a todas luces, incuestionable. Por tal motivo, celebramos compartirles un fragmento del cap\u00edtulo 2 de su nueva novela, la cual tentativamente lleva el nombre que titula esta entrada: &#8220;Razones para atravesar umbrales&#8221;, y que pronto, sin duda, se unir\u00e1 a la escasa pero prometedora lista de novelas escritas desde o sobre <strong>Quintana Roo<\/strong>.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><strong>Cap\u00edtulo 2 <\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><strong>(Fragmento)<\/strong><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Los ojos apenas entreabiertos de <strong>Hazael<\/strong> daban la impresi\u00f3n de que estaba profundamente dormido en la habitaci\u00f3n 2140 del hospital Galenia en el centro de la ciudad. A <strong>Osmaira<\/strong> no le agradaba verlo as\u00ed y se acerc\u00f3 para cerr\u00e1rselos con la punta de los dedos: entonces el cuerpo por fin pareci\u00f3 estar listo para entrar a la siguiente dimensi\u00f3n. De una cosa sin embargo estaba segura: la muerte es un sitio del que ning\u00fan pasajero regresa, y Hazael, por supuesto, no regresar\u00eda jam\u00e1s. De pie junto a la cama observaba el cuerpo tendido con esas manos entra\u00f1ables reposando a los costados, manos cuidadas, suaves, u\u00f1as acostumbradas al manicure, manos de mago. Se esforzaba por llorar; las l\u00e1grimas sin embargo, por alguna raz\u00f3n que no entend\u00eda, se le negaban. Parecer\u00eda que se reservaban para cuando estuviera en el velorio o en el sepelio; o tal vez se debiera al efecto de sus amores pausados y dif\u00edciles de anta\u00f1o, tocados con frecuencia por augurios azarosos: no estaba segura cu\u00e1l era el motivo por el que las l\u00e1grimas se negaban, pero deb\u00eda estar all\u00ed, junto a \u00e9l, en su \u00faltima despedida.<\/p>\n<p>Recorri\u00f3 con la vista el cuerpo del hombre al que am\u00f3 con todas sus fuerzas. Lo recordaba como un ser extraordinario, padre ejemplar, excelente marido y amigo de casi toda la ciudad; eficaz en las finanzas y un genio en los negocios. A veces se le pasaban las copas y hablaba de m\u00e1s, pero al d\u00eda siguiente regresaba a la ecuanimidad y al trabajo. No hubo un solo d\u00eda que no trabajara porque \u00e9l mismo dec\u00eda que su m\u00e9todo era sencillo: trabajar de lunes a domingo diez horas al d\u00eda, dormir ocho y disfrutar las restantes. Fue feliz a su lado. Despu\u00e9s del bachillerato, los cursos de orientaci\u00f3n vocacional en la capital de la rep\u00fablica fueron malos y ef\u00edmeros para ella y no decidi\u00f3 nada sino hasta que estuvo aqu\u00ed, en el estival extremo norte del caribe mexicano. <strong>Hazael la ten\u00eda apantallada con sus conocimientos contables y financieros<\/strong>, y ella a\u00f1oraba hacer una carrera, no s\u00f3lo para hablar el mismo idioma con el marido, sino tambi\u00e9n para ser independiente. En 2004, a catorce a\u00f1os de casada, se inscribi\u00f3 en la carrera de medicina en la <strong>Universidad An\u00e1huac<\/strong>, suponiendo que eso le quitar\u00eda lo bruta.<\/p>\n<p>Las voces de los m\u00e9dicos llegaban a ella como un eco distante que se aproximaba por el pasillo. Ella y sus hijos hab\u00edan tenido una atenci\u00f3n muy humana, demasiado humana por parte de los m\u00e9dicos e instrumentistas. Ante la irreversibilidad del proceso patol\u00f3gico les hicieron ver la imposibilidad de recuperaci\u00f3n de Hazael. Estuvieron los tres acompa\u00f1ados de los m\u00e9dicos y las enfermeras junto a la cama del enfermo. Las expectativas de vida terminaban y quedaban s\u00f3lo las expectativas de muerte, por lo que fueron muy sutiles en explicarles el proceso y de entrar en ellos para compartir su dolor y sufrimiento. Estando Hazael a\u00fan en vida, aunque no pod\u00eda escucharlos, los hicieron pasar de uno en uno a darle su adi\u00f3s para siempre. Luego lo besaron con cari\u00f1o y dejaron a los m\u00e9dicos que hicieran su trabajo. El doctor le dijo a Osmaira que lo llevar\u00eda al cuarto para que tuviera un bien morir y ella pudiera estar con \u00e9l, acompa\u00f1arlo hasta el final. As\u00ed lo hizo y lo sinti\u00f3 morir en la habitaci\u00f3n vac\u00eda.\u00a0 Minutos despu\u00e9s lleg\u00f3 la enfermera acompa\u00f1ada del doctor y confirmaron el deceso. Arreglar\u00edan la habitaci\u00f3n, seg\u00fan le dijo el m\u00e9dico, para que estuvieran con \u00e9l por un momento antes de llevarlo al tanatorio, prepararlo y entregarlo a la funeraria. Fue cuando Osmaira record\u00f3 su promesa: se sent\u00f3 en la silla junto a \u00e9l, sac\u00f3 el celular de la bolsa que llevaba colgada al hombro y le envi\u00f3 el WhatSapp a Marcelo. Observ\u00f3 que \u00e9l no lo le\u00eda a\u00fan; \u201ctal vez est\u00e9 ocupado\u201d. <strong>Ella en realidad no era nadie, as\u00ed se sent\u00eda: una bur\u00f3crata m\u00e1s, una asalariada<\/strong>; como no fuera a partir de ese momento la viuda de uno de los empresarios m\u00e1s prominentes de la ciudad, impulsor del turismo y de las buenas pr\u00e1cticas financieras. Record\u00f3 que cuando lo conoci\u00f3 estaba en el segundo a\u00f1o del bachillerato y \u00e9l tambi\u00e9n era un don nadie porque apenas hab\u00eda salido de la universidad y ni trabajo ten\u00eda.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Osmaira hab\u00eda nacido en 1972 y crecido en casa de sus abuelos sobre el <strong>anillo perif\u00e9rico<\/strong> en <strong>la colonia Vicente Guerrero<\/strong>, en el oriente de la capital del pa\u00eds. Era una casa peque\u00f1a, de dos plantas, pero infinitamente bella. Adem\u00e1s, su abuelo era muy trabajador y no se durmi\u00f3 en sus laureles: con los a\u00f1os ampli\u00f3 tanto la casa que en sus \u00e9pocas de mayor congestionamiento vivieron en ella \u00e9l y su esposa, diez de sus doce hijos y siete nietos. Eran diecinueve que manten\u00edan la casa como si fuera un mercado: llena de ruidos, silbidos, m\u00fasica y baile. Desde luego que hab\u00eda algunos pleitos y coscorrones espor\u00e1dicos: despu\u00e9s de todo es bien sabido que familia significa tambi\u00e9n comidilla de la buena y empacharse de chismes. Con todo, su infancia fue muy entretenida. Todos los a\u00f1os iba de vacaciones con sus hermanos y primos al pueblo donde nacieron los abuelos: <strong>Zapotl\u00e1n de Ju\u00e1rez<\/strong>, en el estado de <strong>Hidalgo<\/strong>. All\u00ed donde tal vez se asentaron anta\u00f1o, durante el auge minero, algunos inmigrantes ingleses y franceses, o donde anduvieron perdidos al tiempo que explotaban las minas de <strong>Real del Monte<\/strong> o de <strong>Pachuca<\/strong>, o fueron tal vez franceses que se quedaron despu\u00e9s de la batalla de 1862. Ellos heredar\u00edan a Osmaira esos ojos verdiazules, porque muchas personas le han dicho que cuando est\u00e1 cerca de la vegetaci\u00f3n o en el jard\u00edn, se le ven verdes; pero cuando est\u00e1 cerca del mar, se le ven azules. Y s\u00f3lo a ella, porque los hermanos tienen los ojos negros. Entonces piensa que tal vez se debe a su pap\u00e1, a quien no conoci\u00f3 ni por boca de su madre. Su hermana y el hermano tambi\u00e9n tienen el suyo, que tampoco vive con su mam\u00e1 y parece que tambi\u00e9n desapareci\u00f3 del mapa. Tal vez hasta sus apellidos raros provienen de aquellos europeos anglosajones, incluidos los espa\u00f1oletes.<\/p>\n<p>Fue feliz viviendo sus vacaciones en ese campo fr\u00edo, seco y abrasador. <strong>Le gustaba correr cerca de los matorrales que hac\u00edan circunferencias y rodeaban la casa de los abuelos<\/strong>. Parec\u00eda que entre ellos hab\u00eda distancias equidistantes, como si fueran dibujadas por un ni\u00f1o precoz y puestos en el mapa del mundo. Ve\u00edan correr las ardillas, los zorrillos, los coyotes, los conejos. Cuando los animales deten\u00edan su carrera para tomar algo del suelo, ellos deten\u00edan tambi\u00e9n sus pasos; los ojos de los animales se topaban con los suyos, y entonces se\u00a0estremec\u00edan. Las patas de estos animales son distintas, los conejos tienen u\u00f1as, los zorrillos tienen cinco dedos, el coyote patas y los conejos patas delanteras de cuatro dedos. Se hicieron expertos en identificar las huellas. En los d\u00edas que el abuelo perd\u00eda a un conejo, ah\u00ed se iba con los primos y hermanos a recorrer las llanuras y los peque\u00f1os bosques siguiendo las huellas de los animales hasta encontrar al del abuelo perdido: era una gran diversi\u00f3n; despu\u00e9s de todo mucha gente sabe que j\u00fabilo, significa re\u00edr.<\/p>\n<p>En el pueblo hab\u00eda m\u00e1s animales que personas; si hoy son como veinte mil habitantes, a principios de los ochenta del siglo pasado, eran como siete mil. Siempre se topaban con las mismas caras. Osmaira recuerda que en aquel tiempo el <strong>presidente municipal<\/strong> era<strong> Felipe Becerra Vargas<\/strong> y luego entr\u00f3 <strong>Cutberto G\u00f3mez<\/strong> de Lucio; y eso porque el abuelo estaba al tanto de la pol\u00edtica del pueblo. Ayudaban a los abuelos en las labores del campo: le\u00f1ateaban, cosechaban el frijol, el ma\u00edz y la cebada. Al menos cargaban las cubetas y las pon\u00edan debajo de las ubres para orde\u00f1ar las vacas. Lo que m\u00e1s le gustaba eran las nopaleras y los manzanares. Los nopales por su sabor y las manzanas por su olor. Pod\u00eda pasarse d\u00edas enteros echada al pie de los manzanares por el \u00fanico placer de respirar por los poros su aroma. A veces iban a la zona arqueol\u00f3gica Patria y al cerro del Colorado.<\/p>\n<p>Estudi\u00f3 en la <strong>escuela primaria Benito Ju\u00e1rez<\/strong> y en la secundaria t\u00e9cnica cincuenta y ocho de la <strong>unidad habitacional Vicente Guerrero<\/strong>. Tuvo muchos amigos; hizo bullying y tambi\u00e9n lo sufri\u00f3, pero nunca perdi\u00f3 la esperanza de ser ella. Esperanza en el sentido de tener un estado de \u00e1nimo optimista en el que lo que aspiraba o deseaba, era posible. Esperanza en mantener expectativas positivas respecto aquello que era favorable y correspond\u00eda a sus deseos; a saber: vivir con su madre, salir corriendo del centro del pa\u00eds hacia d\u00f3nde fuera y terminar una carrera profesional; tal vez tambi\u00e9n incluy\u00f3 ser madre soltera, pero de eso no est\u00e1 muy segura. En los d\u00edas que la atrapaba la desiluci\u00f3n tomaba a la esperanza como un asidero para no caer en el des\u00e1nimo y perder de vista aquello que ansiaba alcanzar. Sus esperanzas no eran vanas: no se las dejaba al azar, a la inactividad, a la espera o al olvido. De ning\u00fan modo; su veh\u00edculo era la acci\u00f3n: estudiar, ir con su madre a Coyoac\u00e1n apenas tuviera la m\u00ednima oportunidad, preguntar y averiguar (no hab\u00eda internet a\u00fan) lo m\u00e1s que pudiera respecto a los sitios en los que le hubiera gustado vivir, particularmente en el sureste del pa\u00eds, atra\u00edda tal vez por su historia, sus vestigios arqueol\u00f3gicos, su vegetaci\u00f3n y el sonido de sus voces; el norte nunca le atrajo mucho. Hab\u00eda conocido en fotograf\u00edas el color del mar caribe y algunas noches, antes de dormir, se enfrascaba a platicar con \u00e9l: \u00abcierro los ojos y te veo\u2014le dec\u00eda\u2014. Casi puedo tocarte.\u00bb Era como si guardara su caja de pandora; como si hubiera sido tan \u00e1gil como lo fue <strong>Pandora<\/strong>,<strong> la cu\u00f1ada de Prometeo<\/strong>, que al abrir la caja la cerr\u00f3 tan r\u00e1pido de nuevo, que todos los males se salieron y s\u00f3lo qued\u00f3 atrapada la esperanza.<\/p>\n<p>Sus abuelos la llevaban con frecuencia a la parroquia del <strong>Sagrado Coraz\u00f3n de Jes\u00fas<\/strong>; luego, all\u00e1 en la capital, cuando fue m\u00e1s grande, se alej\u00f3 un poco de la religi\u00f3n; pero all\u00ed, en <strong>Zapotl\u00e1n de Ju\u00e1rez<\/strong>, la imagen de la sant\u00edsima virgen era la receptora de sus ruegos de\u00a0 esperanza, en ese caso de la vida eterna, agrupando las virtudes que divulgaba <strong>Santo Tom\u00e1s de Aquino<\/strong> de alcanzar los medios para llegar a ella. El l\u00f3bulo frontal de su cerebro, en conjunto con otras redes de car\u00e1cter psicoemocional, configuraron el circuito de sus esperanzas. Estaba tan aferrada a ellas como prescrita a una esperanza de una vida muy larga (y ella a\u00fan espera que en realidad se cumpla; al morir el marido ten\u00eda cuarenta y siete y espera negociar el centenario con quien tenga que hacerlo: tal vez\u2014como dicen algunas gentes de nuestra moderna civilizaci\u00f3n\u2014 ser lo que comemos, y negociar entonces con lo que se eche a la boca). Con el tiempo se han ido llenando sus esperanzas con cosas que corresponden a sus expectativas, a excepci\u00f3n de que no fue madre soltera: cay\u00f3 en los mareos del enamoramiento y es madre de dos hijos.<\/p>\n<p>En el pueblo jugaban en el parque central, frente al palacio municipal de doce ventanales arcados y su reloj vigilante de los l\u00e1nguidos tiempos polvorientos, en su curioso kiosco, a nivel de piso, de techo abovedado, soportado por seis columnas lisas, y en su plaza terrosa. Terminaban sucios hasta los p\u00e1rpados. Los zapatitos de charol de Osmaira no aguantaban y los calcetines blancos con ribetes y borlas en sus orillas rara vez quedaban servibles para otra puesta. La abuela se romp\u00eda el lomo sobre el lavadero y muchas veces los calcetines se deshicieron en sus manos mientras los tallaba en la tarja corrugada de cemento. Entonces Osmaira lloraba como desesperada al ver rotos y para la basura aquellos peque\u00f1os adornos de sus pies flacos y desnutridos. Su hermana lloraba igual por los suyos y las primas ni qu\u00e9 decir: se soltaba entonces una lloradera de espanto por las tardes luminosas, y hasta el viento fr\u00edo se arrugaba<strong>.<\/strong> <strong>La casa se volv\u00eda una especie de lamento: doce o trece ni\u00f1as llorando al mismo tiempo.<\/strong> Empero, el llanto suele ser reparador, y recobraban fuerzas para saltar otra vez entre el polvo frente al reloj eterno del palacio municipal.<\/p>\n<p>A los diecis\u00e9is a\u00f1os se cumpli\u00f3 su primera esperanza: su madre la llev\u00f3 a vivir con ella a<strong> Coyoac\u00e1n<\/strong>. A diferencia de lo que ocurri\u00f3 con sus abuelos, lleg\u00f3 a un departamento compartido con los hermanos. De cualquier modo se sinti\u00f3 feliz: estaba con su madre y justo enfrente del colegio de bachilleres cuatro en el que se inscribi\u00f3 enseguida. Si deb\u00eda hacer una carrera era necesario cursar antes el bachillerato. Era a\u00fan la \u00e9poca en que la comunicaci\u00f3n con su madre era dif\u00edcil para los tres hermanos. Nadie sab\u00eda a ciencia cierta lo que hab\u00eda pasado en el coraz\u00f3n de su madre antes de que ellos nacieran: hab\u00eda tenido tres hijos y dos parejas, nunca se cas\u00f3 y viv\u00eda sola. Daba la impresi\u00f3n de que los hijos llegaron casi a la buena de dios. Lo indispensable nunca se hab\u00eda dicho: \u201c\u00bfC\u00f3mo se llaman los padres?, \u00bfde d\u00f3nde vinieron?,\u00a0 \u00bfa d\u00f3nde fueron?, \u00bfd\u00f3nde trabajan?, \u00bferan altos, chaparros, morenos, latinos, blancos, negros, de ojos caf\u00e9s, verdes, azules?, \u00bfd\u00f3nde viven?, etc\u00e9tera, etc\u00e9tera\u201d; a la postre nunca supieron y la exasperaci\u00f3n de los hijos, sobre todo la de la hermana mayor, nunca se contuvo y a\u00fan hoy en d\u00eda el trato con su madre es lejano y complicado. Por su parte, desde el d\u00eda en que puso un pie en la casa, Osmaira utiliz\u00f3 lo que tuvo a su alcance para mejorar la relaci\u00f3n y comprenderla; dec\u00eda que ser\u00eda paciente como una tortuga, y en realidad lo hab\u00eda sido; aunque tambi\u00e9n por lo mismo se cas\u00f3 apenas tuvo la oportunidad: hacer su vida era lo primero y componer la relaci\u00f3n con su madre lo segundo, siempre y cuando la tortuga que llevaba dentro se lo permitiera. <strong>Fue la \u00e9poca tambi\u00e9n en que empez\u00f3 a convertir en una obsesi\u00f3n a los umbrales<\/strong>; tanto como la parte inferior de los escalones de una puerta, como el punto exacto en que un est\u00edmulo ocasiona la transmisi\u00f3n de un impulso nervioso: pasar la vida a otro estadio. Los convirti\u00f3 en un concepto que vive con ella hasta ahora y que inici\u00f3 el d\u00eda en que escuch\u00f3 a su maestro de historia universal hablar sobre los portones de la antig\u00fcedad, de las compuertas feudales del medioevo y de las puertas de cristal de la \u00e9poca moderna. Para ella desde entonces las puertas han representado l\u00edmites, alteraciones, curiosidad, inc\u00f3gnitas, fronteras, precipicios, inicio o fin, entrada o salida, encerrar, huir, volar. <strong>Palabras con las que ha caracterizado a los umbrales: el alf\u00e9izar o el vano de la puerta.<\/strong> Podr\u00eda inclusive no haber puerta, s\u00f3lo una se\u00f1al, un letrero, una cinta, una raya pintada en el camino. Las fronteras entre pa\u00edses o incluso entre estados son puertas, umbrales imaginarios al ser representados \u00fanicamente por un letrero en la carretera. Nuestros pasos est\u00e1n condicionados a esos umbrales, a esas se\u00f1ales: unas puertas dan libertad, otras, sometimiento.<\/p>\n<p>La idea de los umbrales contribuy\u00f3 sobremanera para que, muchos a\u00f1os despu\u00e9s, <strong>Marcelo se aferrara a su relaci\u00f3n con ella: estas ideas apasionaron tanto la pluma del escribidor desconocido que hubiera sido un idiota si las dejaba ir.<\/strong> En sus primeras conversaciones a \u00e9l se le ocurri\u00f3 decir: \u00abComo las ventanas.\u00bb Pero ella ten\u00eda una idea muy precisa en relaci\u00f3n a \u201csus puertas\u201d.\u00a0 Le aclar\u00f3 que no era posible sacar una silla y ponerla bajo el marco de la ventana y sentarse. Eso s\u00f3lo pod\u00eda hacerse bajo el marco de la puerta. Sentarse a descansar, a reponer fuerzas, a ver la gente caminar, a saludar a los vecinos, a tejer, a leer un libro. Las personas que sacan su silla en el umbral regresan a su pasado remoto en la provincia, a sus pueblos. En la casa de su madre no lo pudo hacer por tratarse de un departamento y la vista del pasillo no era muy agradable. Pocas veces lo hizo en casa de los abuelos sobre el perif\u00e9rico, porque si bien es de dos niveles con una planta baja a orilla de la calle, el congestionamiento vehicular de la lateral de la gran v\u00eda es de casi todo el d\u00eda, y s\u00f3lo pudo ver pasar los b\u00f3lidos apresurados, sucios. <strong>Los capitalinos<\/strong> si ven a alguien sentado en su puerta se r\u00eden de \u00e9l, le sacan la lengua y podr\u00eda ser que hasta los ojos. En casa de los abuelos, en <strong>Zapotl\u00e1n de Ju\u00e1rez<\/strong>, siempre estuvo bajo el marco de la puerta conversando, comiendo manzanas, criticando a los vecinos, haciendo maldades de adultos e insultando en lo bajo a los chiquillos traviesos que se burlaban de sus calcetines percudidos.<\/p>\n<p>Las puertas no son obst\u00e1culos, son l\u00edmites, fronteras, un paso a otra cosa. Entonces Marcelo, a unos a\u00f1os de haberla conocido, le comentaba que ser\u00eda como el pont\u00f3n del <strong>r\u00edo Hondo<\/strong> en el culo del mundo, frontera con <strong>Honduras Brit\u00e1nica<\/strong>. \u00abDe \u00e9ste lado\u2014le dec\u00eda\u2014son artesan\u00edas, celadores panzones, agua de coco, dulces ponteduro, <strong>el hablar aporreado de los peninsulares<\/strong>. Pero una vez cruzado el r\u00edo, a solo veinte pasos, el mundo cambia: negros monumentales, algunos de ojos verdes y fornidos, mulatas nalgonas, un ingl\u00e9s criollo imposible de entender (aunque m\u00e1s cercano al brit\u00e1nico que al americano), olor a levadura, pastos infinitos, carreteras sinuosas bordeadas de pastizales, casitas de madera construidas al centro del solar rodeadas de cercas blancas de madera, panes gordos y olorosos, marcos con la fotograf\u00eda de la reina Isabel colgados en las paredes de la sala de las casas, un olor y un sabor diferente.\u00bb Confirmaba la incertidumbre que supon\u00eda cruzar una frontera, dar un paso hacia adelante en un umbral: conocer el mundo abriendo y cerrando puertas. Para Osmaira la vida era un pasadizo lleno de puertas en las paredes laterales, unas buenas, otras malas. Era dif\u00edcil saber qu\u00e9 puerta abrir o en cu\u00e1l tocar. Hab\u00eda que estudiar mucho las posibles consecuencias. Descifrar qu\u00e9 puertas atravesar era de los m\u00e1s dif\u00edcil y muchas personas fracasaban. Para ella a eso se deb\u00eda la pobreza y la falta de oportunidades. \u00abNo nos han ense\u00f1ado a abrir las puertas, las buenas puertas.\u00bb A eso tambi\u00e9n se deb\u00eda la violencia, los homicidios de todos los d\u00edas, la impunidad, las cat\u00e1strofes antropog\u00e9nicas, las epidemias y pandemias: \u00abPor alguna puerta debi\u00f3 haber salido el virus, o por alguna puerta debi\u00f3 haber entrado al primer cuerpo humano\u00bb, dec\u00eda. Algunos a\u00f1os despu\u00e9s de conocer <strong>la historia de Macario<\/strong> y sus decisiones, hab\u00eda de recordarle a Marcelo sus incontables discusiones sobre aquel tema de los umbrales: <strong>\u00bfQu\u00e9 puertas hab\u00eda tocado y abierto Macario?<\/strong> \u00bfCu\u00e1les puertas nunca lleg\u00f3 a tocar porque no se le dio la gana? \u00bfLas puertas para \u00e9l representar\u00edan encierros y caminos para la preparaci\u00f3n de delitos, o s\u00f3lo ser\u00edan castigos para pagar culpas? Las puertas y los umbrales de Osmaria ser\u00edan el centro de las largas conversaciones que tendr\u00eda con su querido Marcelo.<\/p>\n<p>Viviendo en Coyoac\u00e1n se reencontr\u00f3 con su madre y la vida le cambi\u00f3. Era ya una adolescente, los a\u00f1os de ni\u00f1ita juguetona hab\u00edan terminado y muy pronto empez\u00f3 a enfrentar una vida de adulto. En un principio era com\u00fan que salieran juntas al <strong>centro de Coyoac\u00e1n<\/strong> en donde no s\u00f3lo los esquites y los elotes de la plaza Hidalgo las esperaban, sino tambi\u00e9n la parroquia <strong>San Juan Bautista<\/strong> y el <strong>museo Frida Kalho<\/strong>. Alguna vez Osmaira quiso ir al <strong>Museo Casa Le\u00f3n Trotsky<\/strong>, pero su madre se opuso: para ella era un sitio en el que se hab\u00eda cometido un asesinato y eso la pon\u00eda nerviosa. Al final fueron, pero no entraron, s\u00f3lo la vieron desde fuera y regresaron a casa.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><strong>Tambi\u00e9n te puede interesar:<\/strong><\/p>\n<blockquote class=\"wp-embedded-content\" data-secret=\"pUIssKUs0G\"><p><a href=\"https:\/\/grupopiramide.com.mx\/vertice\/literatura\/cuento\/cuento-quintanarroense-carranza-de-mario-perez-aguilar\/\">Cuento | Carranza, de Mario P\u00e9rez Aguilar<\/a><\/p><\/blockquote>\n<p><iframe loading=\"lazy\" class=\"wp-embedded-content\" sandbox=\"allow-scripts\" security=\"restricted\" style=\"position: absolute; clip: rect(1px, 1px, 1px, 1px);\" title=\"&#8220;Cuento | Carranza, de Mario P\u00e9rez Aguilar&#8221; &#8212; V\u00e9rtice\" src=\"https:\/\/grupopiramide.com.mx\/vertice\/literatura\/cuento\/cuento-quintanarroense-carranza-de-mario-perez-aguilar\/embed\/#?secret=xUYvYHv3xF#?secret=pUIssKUs0G\" data-secret=\"pUIssKUs0G\" width=\"600\" height=\"338\" frameborder=\"0\" marginwidth=\"0\" marginheight=\"0\" scrolling=\"no\"><\/iframe><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>Tres cosas Osmaira no perdonaba cuando sal\u00edan: los pozoles del mercado atr\u00e1s de la <strong>parroquia San Juan Bautista<\/strong>, los helados junto a la <strong>plaza Hidalgo<\/strong> y el caf\u00e9 <strong>El Jarocho en Allende con Cuauht\u00e9moc<\/strong>. Apenas bajaban del cami\u00f3n en la plaza, los pozoles de todos los colores les llamaban con sus aromas, el humeante caldo con garbanzos y el olor de la carne de cerdo o de pollo se pegaba en sus narices y las conduc\u00eda por el camino apropiado a\u00fan con los ojos cerrados. En ese sitio tambi\u00e9n les llamaban con su humareda los tacos de lengua y trompa. Tal vez fue en la \u00e9poca en que sus or\u00edgenes gen\u00e9ticos se retorc\u00edan de angustia por lo que significaba tantos l\u00edpidos. Los helados de m\u00faltiples sabores contribu\u00edan sobremanera con este proceso, aunque los que m\u00e1s solicitaba la peque\u00f1a y bella Osmaira eran los de pistache, de pi\u00f1\u00f3n, aguacate y el ex\u00f3tico de p\u00e9talos de rosa\u2014elaborado con huevo, az\u00facar, vainilla y p\u00e9talos de rosas rosados o rojos. Solangel, su madre, no se iba de la helader\u00eda si no com\u00eda uno de pulque y otro de chile jalape\u00f1o. Parec\u00eda su raci\u00f3n: le explicaba a la hija que si no lo hac\u00eda no dorm\u00eda en una semana; no pod\u00eda deshacerse de esos sabores si no los com\u00eda en el instante en que el cuerpo lo ped\u00eda. \u00ab\u00bfC\u00f3mo si se tratara de una atracci\u00f3n sexual?, le preguntaba la hija, y se mor\u00edan de risa. Despu\u00e9s de los helados no se lo perdonar\u00edan si no iban al caf\u00e9. Para Solangel eran obligados sus expresos americanos con una dona de az\u00facar, y a Osmaira no le faltaba su capuchino fr\u00edo con su dona de chocolate. Con el tiempo El Jarocho recibi\u00f3 varios <strong>Awards\u00a0<\/strong> internacionales como el <strong>Bizz Award 2006 a la Excelencia Empresarial<\/strong> (Nueva York), y la <strong>Estrella de Oro al M\u00e9rito Empresarial<\/strong> por la <strong>Worldwide Marketing Organization de Holanda<\/strong>. Hoy en d\u00eda el caf\u00e9 sigue dando batalla y satisfacci\u00f3n a los chilangos.<\/p>\n<p>Los fines de semana, por la ma\u00f1ana,\u00a0 las mujeres no estaban satisfechas si no agarraban el cami\u00f3n en <strong>Rosa Mar\u00eda Sequeira<\/strong> hasta avenida <strong>Taxque\u00f1a<\/strong> para dirigirse luego al\u00a0 mercado de Coyoac\u00e1n\u00a0 a comer quesadillas, sopes y tostadas de pata. No hab\u00eda lugar en todo el pa\u00eds en donde los hicieran igual. La harina de ma\u00edz elaborada en nixtamal y la manteca de cerdo de los sopes, los frijoles y la carne se deshac\u00edan en la boca de las mujeres. Las quesadillas de huitlacoche y sesos eran las que m\u00e1s ped\u00eda Osmaira, pensando tal vez en que aquello podr\u00eda aligerar su aprendizaje de c\u00e1lculo integral y diferencial en el colegio de bachilleres. Estaba segura que aquello le estaba haciendo m\u00e1s redondas las piernas y las caderas pero no pod\u00eda parar. Luego iban caminando a la capilla de la Conchita, atr\u00e1s del mercado de comida, cerca de la parroquia San Juan Bautista. All\u00ed Solangel se arrobaba por varios minutos frente al altar mayor mientras la hija esperaba sentada en una de las banquitas met\u00e1licas de la placita frente a la iglesia. Osmaira nunca le pregunt\u00f3 a su madre por qu\u00e9 todos los s\u00e1bados y por qu\u00e9 en esa iglesia iba puntualmente a arreglar asuntos con la divinidad. \u00bfSu vida anterior se lo ped\u00eda? \u00bfLo hab\u00eda prometido a alguien? Nunca supo. La hija era, y ha sido siempre, una esc\u00e9ptica respecto al valor de las promesas (a menos de que dependieran de ella en un cien por ciento), y no le pregunt\u00f3 siquiera si era creyente o no. Respetaba el libre albedr\u00edo y las decisiones de la madre. A ella no le importaba porque se entreten\u00eda viendo las palomas de castilla revoloteando en las copas de los \u00e1rboles y echando cagadas por donde quiera. Algunos s\u00e1bados los viveros de Coyoac\u00e1n recib\u00edan la visita de las mujeres enfundadas en sendas vestimentas deportivas, pants y chamarras, caminando y trotando por los pasillos terrosos del parque. Atravesaban por el auditorio al aire libre, el \u00e1rea de las compostas, por el semillero y cerca de un gran humedal que se extend\u00eda desde los altos cedros y nogales; las sombras alargadas de casta\u00f1as, fresnos, palmas, peras y pinos cobijaban su paso; eran observadas y canturreadas por m\u00faltiples ojos y picos de carpinteros, colibr\u00edes, azulejos y gavilanes volando sobre sus cabezas. Las ardillas eran las m\u00e1s visibles atravesando pasillos y subiendo y bajando por los \u00e1rboles, comiendo nueces. Esas salidas fueron el primer paso para ir uniendo sus vidas hasta entonces desperdigadas. El segundo paso lo dar\u00eda Osmaria muchos a\u00f1os despu\u00e9s, cuando su hija Ariadna hab\u00eda llegado a la adolescencia, ella cumpl\u00eda treinta y dos a\u00f1os, y experimentaba entonces un tipo de cari\u00f1o distinto; una forma diferente de entender a su madre.<\/p>\n<p><strong>El Hijo del Cuervo<\/strong> fue de sus bares favoritos cuando se acercaba a los dieciocho y las salidas con su madre se hicieron m\u00e1s espor\u00e1dicas. Comenz\u00f3 yendo con la hermana, que para entonces ya andaba por casarse. Era un lugar de copas, <strong>m\u00fasica y cultura<\/strong> que desde 1986 transformar\u00eda el coraz\u00f3n de<strong> Coyoac\u00e1n<\/strong>. O\u00edan <strong>rock alternativo<\/strong>, <strong>Jazz<\/strong>, <strong>electro pop<\/strong> y <strong>metal<\/strong>. A ella le gustaba la cerveza artesanal o su cl\u00e1sico kalimotxo (un coctel de vino tinto, hielo y refresco de cola o cerveza). Algunas veces se emborrach\u00f3 entre tequilas y rones. Su ubicaci\u00f3n a la orilla del Jard\u00edn Centenario, casi frente a la fuente de los coyotes, les deba seguridad. Adem\u00e1s, eran otros tiempos: estaba por ser, o era ya, presidente, <strong>Carlos Salinas de Gortari<\/strong> y la negociaci\u00f3n con los narcos era evidente: hab\u00eda pocos asesinatos, las guerras entre bandas enemigas eran escasas, las rutas del trasiego de droga a trav\u00e9s de toda la rep\u00fablica hacia los<strong> Estados Unidos<\/strong> se desconoc\u00eda, los \u00edndices de drogadicci\u00f3n en el pa\u00eds eran bajos, y la extorsi\u00f3n, el derecho de piso y los secuestros no eran negocios abiertos: hab\u00edan muy pocos y aislados. Luego Osmaira empez\u00f3 a ir al Hijo del Cuervo con sus amigas de bachilleres. Casi cumpl\u00edan con una rutina: se sentaban en la terraza (donde se manten\u00eda la esencia del Coyo: llegaba a\u00fan el aroma del copal y el trasiego de los puestos sabatinos de los hippies y artesanos); luego, despu\u00e9s de algunas cervezas y botanas, entraban y se perd\u00edan en una de sus esquinas favoritas desde donde se observaba todo el ambiente del bar. Adela, una de sus mejores amigas, fue la primera que vio a Hazael sentado en la barra de la cantina. Lo vio de espaldas, estaba solo y llevaba una chamarra de cuero, parec\u00eda de ternera o de chivo. Fumaba cigarro tras cigarro y tomaba tequila del bueno. Adela code\u00f3 a la amiga: \u00abMira lo que est\u00e1 sentado ah\u00ed.\u00bb Ella volte\u00f3 y aquello no le pareci\u00f3 gran cosa: el pelo hirsuto, las patillas largas, una especie de animal lampi\u00f1o, su cabeza parec\u00eda como un huevo puesto sobre un cuerpo regordete, los ojos algo saltones, unas entradas de calvicie prematura. Sus facciones no eran muy agraciadas y as\u00ed se lo dijo a la amiga. Adela insisti\u00f3 y dijo que iba al ba\u00f1o a ver si pasaba algo. Hab\u00edan dos mujeres m\u00e1s en el grupo y entre ellas y Osmaira siguieron una pl\u00e1tica a gritos sobre los modales del maestro de qu\u00edmica: pareciera que el sujeto buscaba el premio nobel construyendo una teor\u00eda de algo que nadie entend\u00eda. Al explicar las tablas de equivalencia, palidec\u00eda, tanto por teorizar en exceso y volcarse en nombres de autores y fechas de sus descubrimientos, como por los accesos de tos que le sobreven\u00edan de tanto esfuerzo de las neuronas. Adem\u00e1s, durante ese frenes\u00ed de perderse en pasadizos insondables, se despistaba entre los metales y los no metales y confund\u00eda la simbolog\u00eda del sodio con la del silicio, la del calcio con la del cloro, o la del n\u00edquel con la del nitr\u00f3geno. Cuando alguno de los alumnos lo sacaba de balance con la groser\u00eda de levantar la mano para hacer una pregunta, pon\u00eda los ojos por encima de los lentes, lo miraba como si estuviera en otro mundo y hac\u00eda un movimiento de cabeza de abajo hacia arriba (como preguntando: \u00bfqiubo?, \u00bfpasa algo?, \u00bftienes que irte?) El alumno le hac\u00eda ver que se hab\u00eda equivocado con los s\u00edmbolos del sodio y el silicio o con los del n\u00edquel y el nitr\u00f3geno. Entonces rotaba la cabeza de manera muy lenta unos cuarenta y cinco grados hasta estar de cara frente al pizarr\u00f3n repleto de cifras, signos y garabatos; se tocaba la barbilla observ\u00e1ndolo con detenimiento, se mov\u00eda en diferentes \u00e1ngulos (tal vez porque el pizarr\u00f3n, en algunas posiciones, brillaba por el efecto de la luz entrando por las ventanas abiertas), se rascaba la cabeza por sobre las orejas (la nuca m\u00e1s bien se la acariciaba porque ya estaba lisa, con apenas unos cabellos lacios recostados en la brillante calva), se bajaba de la tarima para ampliar su perspectiva, luego volv\u00eda a subir y se acercaba a aquel sector de la pizarra donde parec\u00eda estar el error, pegaba las narices tan cerca del pizarr\u00f3n que pod\u00eda sentir el olor del marcador sobre la superficie; y as\u00ed, de espaldas al grupo, de repente, dejaba escapar de su garganta algo que parec\u00eda un grito incontrolable de lujuria: \u00ab\u00a1<strong>ARROZ, AQU\u00cd EST\u00c1 EL INTRUSO!<\/strong>\u00bb. Las primeras veces toda la clase hab\u00eda estallado en risotadas, algunos se retorcieron en serio y hubo hasta quienes salieron del sal\u00f3n para re\u00edrse a gusto. Conforme pas\u00f3 el semestre, cuando ocurr\u00eda alg\u00fan error, el alumno que lo descubr\u00eda, simplemente se pon\u00eda de pie, tomaba el marcador del escritorio y sin decir palabra correg\u00eda los datos. Todo esto porque en las primeras tres veces que ocurri\u00f3 aquello, despu\u00e9s de vociferar su grito acostumbrado y de las consiguientes risotadas, le pidi\u00f3 al alumno que hab\u00eda descubierto el error pasar a realizar la correcci\u00f3n. De modo que los alumnos se hab\u00edan acostumbrado y cambiaron el hecho de retorcerse a carcajadas por esbozar una sonrisa, pasar al frente y hacer las correcciones sin que mediaran palabras ni instrucciones del profesor. No obstante aquello, el acad\u00e9mico continu\u00f3 profundizando en los an\u00e1lisis te\u00f3ricos buscando encontrar sus propios temas de investigaci\u00f3n: deseaba en un futuro ser postulado para ese premio internacional que muchos buscan y pocos reciben. Ellos, sus alumnos, opinaban diferente: pensaban que si el profesor era postulado para algo, ser\u00eda para recibir su pensi\u00f3n e irse a descansar a su casa.<\/p>\n<p>Del profesor de qu\u00edmica pasaron al de matem\u00e1ticas. Pero a \u00e9ste no por lo que sab\u00eda o no sab\u00eda, sino por su semblante: con sus lentes y cara de tortuga se parec\u00eda al p<strong>ersonaje Donatello<\/strong> de las <strong>tortugas Ninja<\/strong>. Desde el primer d\u00eda de clases, su nombre de Roberto fue cambiado por el de Donatello. Al hablar de \u00e9l los alumnos se refer\u00edan a Donatello por aqu\u00ed a Donatello por all\u00e1: era su estigma. En la mesa del bar recordaron muertas de risa que hab\u00eda sido \u00e9l el culpable de su apelativo: en el primer d\u00eda de clases les inform\u00f3 que su deporte favorito era el karate y que hab\u00eda llegado a ser cinta negra. Apenas terminada la frase, hizo un movimiento de esos en el que se lanza la patada para dar en la cara del contrario y caer al piso parado. Todos se sorprendieron de su agilidad, y de la sorpresa pasaron a la broma: \u00abeste es Donatello, no hay duda.\u00bb<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p style=\"text-align: center;\">****<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<h5><a href=\"https:\/\/grupopiramide.com.mx\/vertice\/wp-content\/uploads\/2020\/12\/marioperez.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\" wp-image-462 alignleft\" src=\"https:\/\/grupopiramide.com.mx\/vertice\/wp-content\/uploads\/2020\/12\/marioperez.jpg\" alt=\"\" width=\"115\" height=\"139\" \/><\/a><\/h5>\n<p><strong>Mario P\u00e9rez Aguilar<\/strong> (Chetumal, 1954) es economista por la Universidad Nacional Aut\u00f3noma de M\u00e9xico y Maestro en Ciencias por la Universidad de Michigan, USA. Es autor de los libros de cuentos El motivo de Benjam\u00edn (1996) y La historia que viene (2005), y de las novelas Los artificios del agua turbia (1995), Tercera llamada (1997), Por aqu\u00ed se dan muy bien los muertos (2000), Luna Menguante, historia de un asesinato (2014) y Las mujeres del profesor (2020). Obtuvo menci\u00f3n honor\u00edfica en el concurso de cuento \u201cComo el mar que regresa\u201d en 1999 con su cuento \u201cEl juez vencido\u201d. Ha sido becario del PECDA para escribir \u201cLas mujeres del profesor\u201d y \u201cLuna Menguante\u201d, servidor p\u00fablico por m\u00e1s de 40 a\u00f1os y docente en materia econ\u00f3mica en varias universidades. Actualmente vive en Canc\u00fan.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>&nbsp; La notoriedad del novelista\u00a0Mario P\u00e9rez Aguilar en la narrativa quintanarroense es, a todas luces, incuestionable. 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