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Opinión | “No aspires, oh alma mía, a la humildad absoluta, pero persiste en alcanzarla” / David Lara Catalán

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Por David Lara Catalán

En su libro “21 Lessons for the 21st Century”, (“21 Lecciones para el siglo XXI”), Yuval Noah Harari asienta un ejemplo acerca de alguna de las prácticas de los chimpancés. El ejemplo es parte del capítulo “Humildad” de este libro. Sin duda que estoy de acuerdo en que la humildad es la gran asignatura que debemos no sólo cursar sino también acreditar en estos tiempos.

El ejemplo va así: “En las bandas de chimpancés se espera que los miembros dominantes respeten los derechos de propiedad de los miembros más débiles. Si un pequeño chimpancé encuentra una banana, incluso el macho alfa por lo regular evitará robarla para él. Si rompe la regla probablemente perderá estatus. Los monos no solo evitan sacar ventaja de los miembros débiles del grupo, sino que algunas veces les ayudan de manera activa”. Me parece que es una gran lección.

Busco tomar este ejemplo solo como referencia de lo que la humildad puede hacer: respetar y colaborar. Sin duda, es posible que pueda hacer mucho más, pero me detengo en estos dos conceptos porque me parece que ahí yacen las bases para una convivencia humana mucho más integral y favorecedora del crecimiento que todos deseamos al pensar en una vida decente y con vidas humanas mayormente logradas. La humildad es lo opuesto a soberbia, a esa visión egocéntrica que nos impide colaborar y nos lleva a competir de manera por demás irracional.

La aguda competencia que genera una sociedad capitalista, que permea las aspiraciones más egoístas por alcanzar metas, reconocimiento, dinero, entre otras variables más, han generado una brecha inmensa entre lo que somos y lo que aspiramos llegar a ser.

En muchos ejemplos la insatisfacción es la constante dentro de esas personalidades que buscan poseer y poseer con tal de llenar un ego que siempre aspira a más, desde los likes en los diversos posts en redes sociales hasta la mejor casa o carro, no importando en absoluto el respeto y la colaboración en las relaciones humanas y sociales. Aún más complejo es esto cuando en el intento de estrechar esa brecha no alcanzamos a atisbar opciones más humanas, más éticas, y sí más próximas a la corrupción, al saqueo y al aprovechamiento de los más débiles.

El papel de la humildad

Ilustración: The New York Times

¿Qué papel habrá de jugar la humildad en este siglo? Si la traemos a la arena de las discusiones me parece que sería de gran importancia, porque nos permitiría reconocer un detalle de suma importancia: nuestra fragilidad. Con esto me quiero referir, a través de un par de ejemplos, a que no somos absolutos en nuestras opiniones y acciones.

Por ejemplo, la humildad intelectual: no sabemos de todo ni tenemos la única perspectiva válida al momento de las discusiones. Un poco de humildad cognoscitiva nos permitiría reconocer la riqueza que encierra la opinión de los demás. Lo que sabemos no necesariamente es mejor que lo que saben los demás, es diferente en fondo y forma, ya que no aprendemos de la misma manera ni al mismo tiempo. Descalificar a los demás porque no saben lo que yo sé es un claro ejemplo de intolerancia y soberbia.

Y qué tal la humildad moral. No sé quién nos ha dicho que somos el ejemplo para juzgar y someter a nuestros criterios morales las conductas de los demás. No creo que exista eso que pomposamente se llama “superioridad moral”. Todos los seres humanos estamos expuestos a fallar en nuestras conductas, a mostrar cierto nivel de incongruencia entre lo que decimos y lo que hacemos. Reconocernos falibles nos podría ofrecer una cierta sensibilidad para comprender al otro en su justa dimensión.

Ilustración: Illustration Works / Alamy Stock Photo

En fin, la humildad como virtud que nos permite aceptarnos frágiles y, sobre todo, inmersos en un mundo de infinitas posibilidades, dejando de lado nuestro egocentrismo, nos podría dar una mejor pauta de interacción, estoy seguro de que nos ahorraríamos muchos tropiezos y decepciones. Retomo para finalizar aquel verso de Píndaro que dice así: “No aspires oh alma mía a la vida inmortal, pero agota el campo de lo posible”. Si es posible parafrasearlo diría: “No aspires oh alma mía a la humildad absoluta, pero persiste en alcanzarla”.

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David Lara Catalán es maestro en Gestión Pública Aplicada del ITESM y diplomado en Filosofía UIA.

Es autor de La Melancolía en Tiempos de la Modernidad (2001), Apuntes Desde la Lejanía y Corriendo que es Gerundio.

Recibo con gusto sus opiniones en: dalarac@hotmail.com

 

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