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Opinión | Una sociedad más justa exige mucho más de la utopía que del mesianismo

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David Lara Catalán

 

Dice Elías Canetti en su libro “Crowds and Power” (Masa y poder. 1960) respecto a los atributos de las multitudes: “La multitud necesita una dirección. Está en movimiento y se mueve hacia un objetivo. La dirección es común a todos sus miembros, fortalece el sentimiento de igualdad (…) La dirección es esencial para la continuidad de la muchedumbre. Su constante miedo a desintegrarse significa que aceptará cualquier objetivo. Una muchedumbre existe mientras tenga un objetivo no alcanzado”.

Dosis de irracionalidad 

Busco en estas líneas presentar a la utopía y el mesianismo como parte del imaginario individual y colectivo occidental. Ambas comparten buenas dosis de irracionalidad, así como una visión que surge y se desarrolla al margen del pensamiento histórico. Éste es un “pensamiento saturado de experiencia llamado a criticar al pensamiento utópico”. (Habermas). Sin embargo, el pensamiento utópico conlleva un elemento de gran relevancia en la historia humana: “alumbra espacios de posibilidad que apuntan más allá de las continuidades históricas”.

Este alumbramiento es el que diferencia, según lo entiendo, a la propia utopía de su sentido irracional y ahistórico, por un lado, pero también le distingue fuertemente del sentido mesiánico que permea gran parte de nuestras prácticas cotidianas. Ambas yacen en el imaginario, pero el pensamiento utópico, en su mejor versión, alimenta una visión que excluye la existencia de un único mundo posible y con esto abre la acción humana a la posibilidad de imaginar y construir otros mundos posibles. El mesianismo, por su parte, es unívoco: este mundo que vivimos es el único mundo posible en tanto no lleguemos a ese momento de redención universal.

Lo cual, además, contribuye a la cimentación de una visión pasiva, acrítica, sobre todo incapaz de aceptar la existencia de otros mundos, otras formas de hacer y diseñar no solo ese mundo subjetivo sino también y de modo primordial ese mundo de la intersubjetividad en donde se recrea cultura, así como también nuestras cosmovisiones.

Versión secular del mesianismo 

El mesianismo, además, no sólo es una figura religiosa, también en su versión secularizada tiene forma e impacta sobremanera a las multitudes. Las propias categorías marxistas, por ejemplo, que señalaban a los modos de producción como una vertical que habrían de concluir en la desaparición del capitalismo e instaurar el comunismo como modo de producción, ha sido hasta ahora una idea mesiánica y ahistórica que debía dar paso a la propiedad comunal de los medios de producción.

La frustración y el enojo, individual y social, que ocurre cuando no se cumplen las promesas del mesianismo son tan radicales que las posturas que defienden a ultranza tales esquemas se vuelven en agresiones e insultos que dan paso al fanatismo y a la intolerancia. Todo lo que contradice esta visión es absurda o irracional o burguesa.
Debo reconocer que existe, aunque sea solo en el imaginario, esa fuerte idea de emancipación, de liberación de las cadenas que nos atan ya sean económicas o ideológicas, ya sean sociales o de lo que en un sentido mucho más amplio recrea eso que se denomina la sociedad del trabajo. Sin duda, aspiramos a una vida mejor, a favorecer a los más pobres, a buscar salidas a problemáticas como lo son el feminicidio, abuso de menores, desigualdad, delincuencia organizada, corrupción. A muchos les encantaría, además, ver caer a todos aquellos que han sido señalados por corrupción o algún otro delito, sería el triunfo de la justicia, porque habrá que decirlo, la justicia nos interesa, aunque sea solo la justicia que queremos para nosotros y no precisamente la de todos. Es esa justicia que caza exactamente con aquello de lo que somos partidarios, ya sea por despecho o rencor, incluso por sólo trivialidad.

Más utopía y menos mesianismo 


Sin embargo, una sociedad más justa o equitativa exige mucho más de la utopía que del mesianismo. Ese rasgo de la utopía que cree que es posible crear un mundo diferente al definido. Empero, una sociedad más justa o equitativa exige mucho más de la utopía que del mesianismo, es decir, de ese rasgo de la utopía que considera que es posible crear un mundo diferente al establecido. Una utopía que, contrariamente al mesianismo, exige colaboración y participación, requiere de aquello que Searle denomina “intenciones en acción” y no sólo de “intenciones previas” que en muchas ocasiones están cargadas de emotividad y fiereza, pero al mismo tiempo de esterilidad. La utopía que podríamos esperar, en nuestra época, es aquella que alumbre el camino de la acción responsable y seria, capaz de trascender a la cultura de eslóganes que sólo aparecen de modo coyuntural pero que son ineficientes a la hora de mostrar los resultados de la acción social.

Hagamos de la justicia un estandarte que trascienda lo electoral

Por ejemplo algunos casos: sin duda importa la vida de los negros, pero también importa la vida de los latinos y de los de raza blanca así de cualquier otra. Sí importan las mujeres y los niños, pero también importan los hombres y ancianos. Es claro que importa acabar con la corrupción de la vida pública, pero entonces hagamos de la justicia un estandarte que trascienda lo electoral. También es urgente reducir cada vez más la pobreza, más no desde la perspectiva de pensar en los pobres porque son votos el día de las elecciones que ya se avecinan.
La más deseable utopía bien podría ser aquella que nos permita contar con vidas logradas, es decir sujetos conscientes y responsables de sus acciones, instituciones fuertes capaces de responder de modo objetivo a las problemáticas sociales que vivimos de modo cotidiano. Esa utopía necesariamente es acción humana colaboradora y no el acto pasivo intrínseco al mesianismo que espera que alguien venga a resolver aquellas que son nuestras grandes quejas y lamentos. Entre el mesianismo y la utopía, me quedo definitivamente con la utopía capaz de crear otros mundos y trascender lo trasnochado de las historias en las que muchos persisten en mantener.

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David Lara Catalán es maestro en Gestión Pública Aplicada del ITESM y diplomado en Filosofía UIA.

Es autor de La Melancolía en Tiempos de la Modernidad (2001), Apuntes Desde la Lejanía y Corriendo que es Gerundio.

Recibo con gusto sus opiniones en: dalarac@hotmail.com

 

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