
La palabra kakistocracia significa el poder de los peores; es la antítesis del concepto de aristocracia de Platón y Aristóteles. Para ellos, quienes debían de gobernar eran los aristócratas en el sentido de ser ellos los mejores ejemplos de sabiduría, experiencia y virtud.
Desde luego que siempre será polémico considerar quiénes son los mejores o los más aptos para gobernar y cómo, además, podrían desenvolver su sabiduría en términos prácticos con decisiones más próximas hacia una idea de justicia y equidad; pero, al menos, representa un intento por diseñar y dar forma a una forma de gobierno más enfocado en el interés público que en el privado. Esta idea de Platón y Aristóteles tiene más de dos mil años; y ya es tan lejana la idea, así como la oportunidad de vivir la experiencia de que los diferentes gobiernos en el mundo se manejen con prudencia, sabiduría y respeto para sus gobernados. Los ejemplos sobran por doquier.
Pobreza ciudadana
Sin embargo, la fuerza que arrastra la idea de kakistocracia podría residir más que en los gobernantes, en los gobernados que les aplauden y vitorean como si fueran héroes de guerra, en esos gobernados que creen a pies juntillas las promesas de redención que los políticos y gobernantes hacen a diario.
Cómo explicar que la pobreza ciudadana no es solo económica sino sobre todo mental, cultural y educativa. La indiferencia y la apatía de los gobernados, sumados a las conveniencias que tiene recibir migajas, limosnas o prebendas, han corrompido la ya muy histórica – ¿y anacrónica?- idea de ciudadanía, es decir, esa idea ligada a la mayoría de edad que tanto representa salir de un estado de tutelaje como bien reclamaba Kant.
“Cuau”
Hace apenas unos días, durante el debate en el Congreso de la Unión del caso Cuauhtémoc Blanco, varias legisladoras y, seguramente legisladores, parecían convencidas y convencidos de votar por quitarle el fuero y de que fuera juzgado el exgobernador de Morelos por el delito que se le acusa.
Varios señalan amenazas en su contra, represalias, amenazas y, probablemente, el retiro de algunas prebendas. Desistieron y los resultados quedan claros: no hay fuero que quitar ni delito que juzgar.
¿Qué pesa más entonces en las voluntades y decisiones políticas? ¿Seguir viviendo dentro de la nómina? ¿Y la dignidad? ¿Es esto un ejemplo de kakistocracia? Lamentablemente sí y no es más que un pequeño botón.
De alguna manera, este caso trae a colación el concepto de «banalidad del mal” acuñado por la filósofa alemana Hannah Arendt, en el sentido de cómo la kakistocracia tiende a trivializar las responsabilidades humanas sin detenerse a pensar en las consecuencias éticas y morales de sus decisiones.
No faltarán las voces, empero, que dirán “viva la kakistocracia y los kakistócratas». Y otros más lo celebrarán y gritarán al unísono: ¡viva!