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Opinión | Arquitectura de la Crueldad | Nutre tu vida | Ana Patricia Ojeda Villanueva


Por Ana Patricia Ojeda Villanueva

La investigación de José Ovejero (2012), donde examina conceptos como la “crueldad gratuita”, la “crueldad ética”, la “narrativa del conflicto”, la “empatía”, y sus trampas anestésicas, invita a concluir que “estudiar la crueldad es no apartar la mirada de lo humano”, analizando sobre todo la exposición de ésta en el arte y las respuestas sociales ante ello.

Es entonces la crueldad parte de nuestro ser? O es como propone el autor una vía para salvarnos de la indiferencia, los convencionalismos y la autocomplacencia?

Decir que sí, decir a medias, responder con frases pre hechas y con modos automáticos es muchas veces considerada la norma en los encuentros; la -buena- regulación social, en donde el disimulo puede hacer espacio al desdén, a los pequeños actos de hostilidad, sin que el agravio se rebose en la evidencia, y a esto llamarle educación.

Cuando ante eso se señala el desdén, se cuestionan las actitudes debajo de la forma, se increpa respecto a las pequeñas cosas, esas que en general se prefiere no mirar, entonces puede aparecer la molestia, el insulto, “la defensa” ante el “ataque” de una mirada que no se decide impasible.

Crueldad le llaman al testimonio que no sustenta el convencionalismo, que decide nombrar lo que se prefiere callado, muchas veces se señala a gritos, con enojo y “violencia”, precisamente para señalar la -violencia- de no asentir y no consentir, juzgando y pidiendo, vociferando y exigiendo, exigencias justas por ser más comunes, no necesariamente más auténticas ni más nutricias.

“Crueldad que nos salve de la banalidad”, dice Ovejero.

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