
Luciano Núñez
La amistad con Rafael Santiago Campos nació sin rostro. Hace casi 20 años intercambiamos mensajes por mail, cuando yo buscaba un trabajo en Cancún. Y sus respuestas fueron tan escuetas como entusiastas. Y me lancé con todo y familia a esta aventura turquesa, sin saber quién me estaba dando una oportunidad en un periódico joven y de nombre extraño: Quequi.
No existían las redes sociales y sólo encontré algunos artículos en la entonces todavía limitada internet. Llegué a la redacción un día domingo y, apenas lo conocí, me dio un abrazo fraterno que me hizo sentir como en casa. “No pensé que te lanzaras”, me dijo sonriente y con su clásica camisa a cuadros.
Pensé que el trabajo no existía y, cuando vio mi sorpresa en la cara, me dijo que comenzaba al día siguiente. Y esa misma semana comenzamos en su oficina una ceremonia de café y literatura después de los avances del día. Confieso que le robamos muchas horas de trabajo al periódico, porque eran horas y horas hablando de Balzac, Enrique Molina (poeta que tanto amaba) y Borges. Me regaló un libro de Balzac: Ilusiones perdidas y le obsequié otro de Andrés Rivera: La revolución es un sueño eterno, en el que la historia traía una partida de ajedrez que él repitió, una por una, fiel a su obsesión con los detalles que también lo ataba por horas a los códices mayas.
Por eso digo que le robábamos “horas hombres” al periódico, al que también le ofrecimos todo nuestro talento y sudor. Con el paso de los meses las ecuaciones económicas no daban para mí y tuve que echar mano a mis ahorros. Pensé de inmediato en dar la vuelta para Argentina. Le comenté el asunto a Rafa y me subió el sueldo al doble. Pasé en cuestión de días de pobre a «clasemediero». El dueño del rotativo, Pepe Gómez, también supo ayudarme con la compra de mi primer auto, y a cambio, hacíamos un equipo que crecía y levantaba comentarios en el mapa quintanarroense. Notas exclusivas, reportajes y camaradería como pocas veces la he visto, con amigas y amigos que todavía conservo.
La vida literaria
Salía cada mañana a trabajar pensando más en el café con literatura con Rafa que en el ciclo de noticias que se repiten como un juego siniestro en la monotonía de la vida. Llegó para mí una etapa de gobierno en la que nuestros caminos se separaron, pero siempre mantuvimos contacto, tanto que continuamos con los asados, que habíamos comenzado con una épica borrachera en mi cumpleaños, y coincidimos con un grupo de amigos y novias que, con los años, se fueron disipando, como suele suceder en esta costa donde las pisadas se borran fácilmente. Dejó el café y el tequila por una vida más tranquila con su nueva pareja en ese entonces. De su vida íntima supe que había perdido años atrás a su esposa en un accidente de autos y que fue un gran dolor que nunca llegó a superar. Era un hombre muy culto y de un panorama global como pocas veces he conocido.
Años después escribí mi novela Magnificens Cancún y tomé varios de sus aspectos y enseñanzas para crear un personaje al que llamé Molina, como su admirado poeta argentino.
Me regaló un elogioso comentario que atesoro con sumo cariño y logré ver concluida su obra mayor como escritor: El Último Canek, de más de 500 páginas, ademas de leer su libro anterior sobre la mente, El creyente, que tiene enorme caudal de datos y otros textos de gran valía histórica, como Breve historia de Santiago Tuxtla y La masacre mayor. Como periodista fue tan duro como inteligente y exigente con su equipo de trabajo, al que supo también enseñar los entresijos del oficio. Se transformaba a la hora de armar el periódico y me tocó volver al Quequi en el año 2013, ciclo en el que congeniamos nuevamente para fortalecer el periódico de Pepe. A veces nos cruzábamos y discutíamos temas, pero siempre el afecto nos volvió a unir y a hermanar.
En esta liga puedes leer la entrevista a Rafael Santiago con motivo de su obra El último Canek.
Vino la pandemia y se llevó gran parte de su energía: enfermó y estuvo muy grave. Meses después nos vimos para entrevistarlo por su libro y su semblante parecía el de un hombre que venía de una guerra. En esa época muchos perdimos a seres amados. Sin embargo, fue un encuentro sumamente significativo para mí, porque pude agradecerle lo que hizo por mi y mi carrera en Cancún, con todas las páginas que abrió generosamente para mis textos periodísticos. Me dio gusto conocer sus nuevos proyectos, porque había renunciado al periódico en el que compartimos tanto. Así es el engranaje de las empresas: cuando una pieza cumple su ciclo viene otra, y así lo entendió él con toda humildad.
No hizo más que levantar la cabeza, su mente brillante y seguir trabajando. A otra cosa.
Meses atrás nos tomamos un café en el que lo ví con más bríos y entusiasmado con volver al periodismo de investigación, armamos proyectos hasta que llegó una nueva invitación del Tabasco Hoy, donde en sus años formativos había desarrollado una carrera sumamente fructífera. Allí se lució dando cobertura al movimiento Zapatista, en los años 90, y otros temas que le valieron dos premios estatales de periodismo con coberturas en Estados Unidos.
Nada mal para un ingeniero que torció su destino hacia el mundo de las palabras, las noticias y la literatura. Lo hiciste de maravilla y con el corazón siempre.
Días atrás, quizás dos semanas, me llamó por teléfono para buscar mi opinión sobre un tema y fue una despedida breve, incierta: cuando ni sospechas lo que puede ocurrir a quien te llama. Días después un infarto detuvo su generoso corazón y su mente luminosa se fue apagando como se apagan todas las cosas hermosas en la vida.
Le sobrevive su hija Candy y deja un gran vacío entre colegas y amigos que disfrutamos de su sabiduría, su generosidad y su compañía.
Recordaré plenamente aquella sonrisa amplia y su rostro curtido (que no había conocido al inicio de esta amistad, y que tanto tuvo que ver en mi vida por estas costas borrosas) y que continuará allí mientras tenga intacta la memoria. Adiós Rafa. Dejamos la última charla pendiente y una página más por escribir…
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